‘Complejo de Edipo’ y abuso sexual infantil

La teoría del 'complejo de Edipo' formulada por Freud, es un peligroso mito que ha servido para encubrir casos de abuso sexual infantil.

En su libro ‘Re-imaginar la psicología’, el psicólogo James Hillman, elogia a Sigmund Freud por haber hecho una psicología mitológica, no científica. Según Hillman, la genialidad de Freud estuvo en el carácter literario y fantasioso de su teorización. Desde el ‘complejo de Edipo’, ‘Eros’, ‘Tánatos’, ‘el niño perverso polimorfo’, así como todas las personificaciones de la teoría son mitos. No se trata de una teoría científica o empírica sobre el desarrollo infantil sino un relato literario. El psicoanálisis, según recoge este autor, es una “inmensa ficción sobre el alma humana“, y en eso radica no su defecto, sino su mérito. “Freud, conviene recordar, no ganó el Premio Nobel de medicina, sino el Premio Goethe de literatura” (Hillman, 1999, p. 85). Este relato de ficción que es el psicoanálisis, sobre todo la formulación teórica del ‘complejo de Edipo’ -elogiada por Hillman- ha tenido algunos efectos ciertamente no deseables. En este artículo realizamos un análisis crítico y fundamentado sobre cómo la teoría -el mito- del complejo de Edipo ha podido utilizarse para encubrir el abuso sexual infantil.

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La teoría del ‘complejo de Edipo’ y el encubrimiento del abuso sexual incestuoso

En los años 1970, la trabajadora social estadounidense Florence Rush (1977) alertó sobre cómo la teoría y mito del ‘complejo de Edipo’ había servido para encubrir el abuso sexual infantil. Rush sostuvo que Freud teorizó el ‘complejo de Edipo’ ignorando intencionalmente la evidencia de que sus pacientes, supuestamente ‘histéricas’, habían sido víctimas de abuso sexual. Para esto, Freud formuló su teoría de la sexualidad infantil, que sostenía que los niños y las niñas tenían fantasías sexuales incestuosas dirigidas hacia sus padres. Basándose en las cartas enviadas por Freud a su amigo Wilhelm Fliess -cartas que Freud quería que fueran destruidas, pero que fueron recuperadas y sacadas al público por la psicoanalista Marie Bonaparte-, Rush sostiene que Freud estaba al tanto de lo común que era el abuso sexual contra niñas cometido por sus padres y otros familiares. Sin embargo, Freud encubrió esto, remplazando su inicial teoría del trauma sexual -eufemísticamente llamada ‘teoría de la seducción’ en el psicoanálisis- por la teoría de la sexualidad infantil perverso-polimorfa, las fantasías infantiles y el complejo de Edipo. En palabras de Patrizia Romito:

“La nueva teoría de la histeria era mucho más aceptable: el trauma no consistía ya en una verdadera agresión sexual por parte de un adulto, sino en la proyección de las propias fantasías de los niños y niñas. El complejo de Edipo, según el cual cada niño desea tener una relación sexual con el progenitor del sexo opuesto –exactamente lo contrario de la teoría original sobre la etiología de la histeria– devino el fundamento inflexible del psicoanálisis. En la continuación de su carrera, ya Freud hablará siempre de ‘fantasías’, afirmando que los relatos de los pacientes acerca de violencias sexuales sufridas eran falsos, imaginados. La negación de Freud fue profunda y definitiva.

Por ejemplo, en 1931, trató de oponerse a la publicación del ensayo ‘Confusión de lenguas entre adulto y niño’, en el que Sandor Ferenczi, su exalumno, sostenía la frecuencia del incesto y sus consecuencias devastadoras. A la muerte de Ferenczi, en 1933, Ernest Jones, alumno y biógrafo de Freud, obtuvo del propio Freud el consentimiento para destruir la traducción inglesa del ensayo. Una traducción inglesa del trabajo de Ferenczi fue publicada solo en 1949. Una sombra posterior fue lanzada sobre el asunto por el hecho de que Jones fue acusado repetidamente de abusos sexuales sobre pacientes e incluso sobre niñas.” (Romito, 2007, p. 160)

La misma tesis de Rush fue sostenida por otro estadounidense, Jeffrey Masson, en su libro de ‘The assault on truth’ (1984), que ha sido traducido al español como ‘El asalto a la verdad’ y como ‘La realidad escamoteada’. Allí, Masson asevera que, contrario a la postura de Freud respecto de que no hay grandes diferencias entre los efectos de un abuso sexual fantaseado y uno ocurrido en la realidad, en verdad la diferencia es enorme (Donaldson, 1996; Masson, 1984).

‘Complejo de Edipo’ en versión femenina, según Freud

En la teoría freudiana, el ‘complejo de Edipo’ en su variante femenina, incluye el deseo de la niña -de todas las niñas de la especie humana de esa edad, unos 4 o 5 años- de ser penetradas por su padre y de darles un hijo, como compensación por la supuesta ‘envidia del pene’ que aparece a esa edad, toda una forma de apología del abuso sexual infantil, además responsabilizando a las víctimas. Supuestamente, según la teoría psicoanalítica, la niña, al principio, cree tener pene y su ‘masturbación’ es clitoridiana, pero luego pasa a aceptar su ‘carencia’ y su sexualidad pasa a centrarse en la vagina en lugar del clítoris; y busca tener un hijo de su padre porque equipara ‘hijo’ a ‘pene’:

No puedo explicarme esta sublevación de la niña pequeña contra el onanismo fálico si no es mediante el supuesto de que algún factor concurrente le vuelve acerbo el placer que le dispensaría esa práctica. Acaso no haga falta buscar muy lejos ese factor; podría ser la afrenta narcisista enlazada con la envidia del pene, el aviso de que a pesar de todo no puede habérselas en este punto con el varón y sería mejor abandonar la competencia con él. De esa manera, el conocimiento de la diferencia anatómica entre los sexos esfuerza a la niña pequeña a apartarse de la masculinidad y del onanismo masculino, y a encaminarse por nuevas vías que llevan al despliegue de la feminidad. Hasta ese momento no estuvo en juego el complejo de Edipo, ni había desempeñado papel alguno. Pero ahora la libido de la niña se desliza —solo cabe decir: a lo largo de la ecuación simbólica prefigurada pene = hijo— a una nueva posición. Resigna el deseo del pene para remplazarlo por el deseo de un hijo, y con este propósito toma al padre como objeto de amor. La madre pasa a ser objeto de los celos, y la niña deviene una pequeña mujer. Si me es lícito creer en comprobaciones analíticas aisladas, en esta nueva situación puede llegar a tener sensaciones corporales que han de apreciarse como un prematuro despertar del aparato genital femenino” (Freud, 1925/1992, p.274)

Para Freud y para los psicoanalistas el ‘complejo de Edipo’ en el niño y la niña son vivencias universales del ser humano, pues, según ellos y ellas, todos deseamos en la infancia tener relaciones sexuales con nuestros padres, otra alegoría del abuso sexual infantil. El lacaniano Oscar Masotta sostiene que el vínculo afectivo de las bebés mujeres con su madre es de tipo homosexual, y luego es reemplazado por el vínculo edípico con el padre. La niña, entonces, busca a su padre para que le dé un hijo (Masotta, 1976). Esta historia de ficción, que los psicoanalistas toman como una verdad objetiva y que se excusa con frecuencia por el vetusto desarrollo sociocultural de la época, no tiene nada de inofensiva.

Como señala Lammoglia (2005), la agresión sexual por un familiar suele tener efectos traumáticos mucho más graves que la agresión por un desconocido, porque la primera suele repetirse a lo largo del tiempo, por años. De las niñas agredidas, muchas resultan embarazadas por su padre, su hermano o su tío.

Psicoanálisis, catolicismo, posmodernismo y abuso sexual

Ciertamente, no es el psicoanálisis la única ideología que se ha prestado para encubrir el abuso sexual y otras formas de opresión. Es conocida la situación de la iglesia católica y sus muy numerosos casos de sacerdotes violadores alrededor del mundo. El obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, dijo en 2007 que “hay menores que desean el abuso e incluso te provocan” (Plaza, 2013).

Curiosamente, en su texto ‘El triunfo de la religión’, Lacan sostuvo que la única religión correcta es el catolicismo: “La verdadera religión es la romana (…) Hay una verdadera religión y esta es la cristiana.” (Lacan, 2005, pp. 80-81). Esta posición posiblemente esté relacionada con las postulaciones lacanianas sobre el significante ‘Nombre del Padre’, una especie de entidad trascendente que impone la ley, y que supuestamente evita el incesto madre-hijo.

En un libro sobre violencia intrafamiliar, el psiquiatra mexicano Lammoglia (2005) cita el testimonio de una mujer de 56 años que relata que creció en una familia adinerada y en una época conservadora, y que estudió en una escuela de monjas, donde aprendió que la primera obligación de un niño, después de la de amar a Dios, es amar a sus padres y hacer todo lo posible para darles en el gusto. Ella creció con miedo a quemarse en el infierno, así que le daba en el gusto a su papá que la violaba por las noches, y que le decía que no contara a nadie de esto, que sucedía en todas las familias, pero hablarlo era pecado. Su padre ya había muerto cuando ella supo qué era el abuso sexual infantil, y pudo reconocer en sí misma las consecuencias, como el hecho de que había intentado suicidarse con pastillas.

Michel Foucault, filósofo francés, argumentó a favor de la libertad de los adultos para relacionarse sexualmente con niños de cualquier edad, basándose en la idea freudiana de ‘sexualidad infantil’ (Miller, 1996). Esto generó críticas a Foucault por parte de algunas autoras feministas (Deveaux, 1994; Plaza, 1981).

El incesto como violencia de género

Actualmente, sabemos que la mayoría de las víctimas de abuso sexual infantil intrafamiliar son niñas, y la mayoría de los perpetradores son varones (Bannister, 2012; Testa et al., 2011). De acuerdo a Garro Vargas (2012), en el incesto, el perpetrador es un varón en un 80 a 90% de los casos. El incesto padre-hija es mucho más frecuente que el incesto madre-hijo. Murillo (2012) señala que hay 35 casos de incesto padre-hija por cada 3 casos de incesto madre-hijo. Según Naylor et al. (2011), en los casos de abuso sexual por parte de hermanos, es probable que el perpetrador haya sido antes victimizado.

Efectos nocivos del abuso sexual para la salud y el desarrollo de la víctima

Existe un amplio corpus de investigación que demuestra que el abuso sexual en la infancia tiene efectos perjudiciales duraderos para la víctima en varias áreas, incluyendo la salud física, funcionamiento sexual y salud mental. Haber sido abusado o abusada aumenta la probabilidad de padecer depresión, baja autoestima, trastorno de estrés postraumático y otras patologías en la adultez, incluida la psicosis (Fisher et al., 2017; Herman, 2004; Lammoglia, 2005; Read et al., 2007; Testa et al., 2011).

Psicoanalistas opinan sobre el ‘complejo de Edipo’ y el abuso sexual

Algunos psicoanalistas han realizado un reconocimiento parcial del problema en su teoría. El psicoanalista Sebastián León (2013) reconoce que “en la historia del psicoanálisis, la desmentida de la realidad del abuso sexual ha sido no solo sistemática, sino también vergonzosa” (p. 166). La psicoanalista María Cecilia López relata 2 casos en los que otros psicoanalistas, basándose en la teoría del Edipo, descartaron la posibilidad de que niñas pequeñas hubiesen sido agredidas sexualmente. Ambas niñas sí habían sido abusadas:

“Hace un tiempo atrás, una psicóloga vino a pedirme que la ayudase a analizar unos dibujos de una de sus pacientitas de 5 años. Ella estaba algo confundida porque no sabía qué pensar; si bien la niña había venido dibujando pequeñas figuras montadas en lo que parecían penes gigantes, su supervisor, un renombrado psicoanalista, lo había adjudicado a fantasías propias de la etapa del Edipo… Lamentablemente, a veces resulta más fácil refugiarse en ciertas teorías malinterpretadas como dogmas que arriesgarse a ver la cruel realidad y hacer algo para modificarla.” (López, 2014, pp. 68-69)

Y en otra parte del mismo libro:

“Pepa era una niña de 4 años que amaba la literatura infantil. Conocía y podía recitar de memoria casi cualquier cuento y solía hablar de las distintas princesas integrándolas cotidianamente a sus juegos. Su mamá, una mujer de negocios divorciada hacía dos años de su marido -un empleado de su empresa- me había consultado preocupada porque hacía unos meses atrás su hija, con una actitud muy seria, en distintas oportunidades, le había dicho: ‘Me da asco chupar el pito’ “.

A raíz de este comentario, Pepa había comenzado a atenderse con una psicoanalista especializada en niños/as, quien luego de un par de sesiones supo tranquilizar los ánimos argumentando que dicho comentario no se debía a otra cosa más que una frase ‘típica’ de las niñas que estaban atravesando el Complejo de Edipo y que solían fantasear con distintas teorías sexuales. Al no quedar del todo convencida con dicha explicación, su madre decidió buscar otra psicóloga con el fin de realizarle otro psicodiagnóstico para cotejar el anterior. Finalmente, se pudo arribar a la conclusión de que Pepa había sido abusada por su progenitor mediante sexo buco-genital, manoseos, masturbaciones y eyaculación incluida” (López, 2014, p. 199).

Sin embargo, incluso psicoanalistas como León y López, pese a reconocer el rol de la teoría psicoanalítica como velo que encubre la realidad del abuso sexual, siguen creyendo que el complejo de Edipo existe (León, 2013; López, 2014).

La escritora Virginia Wolff fue abusada sexualmente por sus 2 medio hermanos en su niñez y al parecer hasta su adolescencia. Ella escribió varias veces en su diario de vida sobre estos episodios y cómo ella en su infancia no tuvo protección de parte de sus padres. Durante su vida, la depresión fue recurrente, y tuvo varios intentos de suicidio. Alice Miller (2006), que fue psicoanalista, pero después abandonó esta teoría, relata cómo Virginia Wolff se encontró en su adultez con la teoría de Freud sobre las supuestas fantasías ‘edípicas’ de los niños, y esto la hizo dudar de sus propios recuerdos sobre su victimización. Se suponía que Freud era el experto, por lo que Virginia Wolff se cuestionó a sí misma: ¿Acaso solo había imaginado esos episodios traumáticos de su niñez? Como toda persona que sufrió abusos sexuales, ella deseaba que eso nunca le hubiese ocurrido. Leer a Freud le hizo dudar y entrar en una crisis aun mayor, crisis que culminó en su suicidio (Miller, 2006).

¿Qué dice la ciencia sobre el ‘complejo de Edipo’?

En realidad, el vínculo afectivo de los niños y niñas con sus padres y madres no es sexual en modo alguno -al menos, no de parte del menor-. No hay motivos para, por ejemplo, atribuir un ‘goce sexual’ a los bebés cuando lactan del pecho materno. Bunge (2011) argumenta contra la idea psicoanalítica de sexualidad infantil, que el centro cerebral del placer sexual es el hipotálamo, y este está subdesarrollado en la infancia.

El apego afectivo y el sistema sexual son sistemas biológicos independientes entre sí, aunque interactúan en la adultez cuando las personas establecen vínculos amorosos. Como señala el etólogo y zoólogo austriaco Irenäus Eibl-Eibestfeldt (1972), “atribuir al hijo que abraza y besa a su madre deseos sexuales es sencillamente erróneo” (p. 151). Recientes estudios de neurociencia sobre el substrato cerebral del apego y el de la sexualidad ponen de manifiesto que son diferentes (Bartels & Zeki, 2000; Fisher et al., 2002).

Hay evidencia que indica que los niños y niñas tienen un mecanismo innato que impiden que sientan un deseo de tipo sexual dirigido a sus familiares. Además, este mecanismo innato que favorece la exogamia y la variabilidad genética, denominado el ‘efecto Westermarck’, está presente en varias especies de animales e incluso vegetales (Naranjo, 2009; Scalise Sugiyama, 2001).

Por tanto, el ‘tabú del incesto’, según la evidencia disponible, sería innato en los niños y niñas de varias especies, y no es una norma cultural impuesta por los padres a los niños, ni constituye el paso de la naturaleza a la cultura.

Conclusiones de la teoría del ‘complejo de Edipo’ y su relación con el abuso sexual

Sin caer en afán cientificista, es evidente que ciertas teorías y prácticas son yatrogénicas. La teoría del ‘complejo de Edipo’ ha servido para encubrir el abuso sexual infantil, y esto está documentado objetivamente, como en los dos casos relatados por la psicoanalista María Cecilia López, y en el caso de Virginia Wolff, estudiado por Alice Miller.

En términos generales, los vínculos afectivos antes de la pubertad no son de tipo sexual. Y después de la pubertad, solo algunos de ellos son de carácter sexual. No hay ninguna evidencia científica de que cuando nos relacionamos con amigos o amigas, por ejemplo, necesariamente el aprecio por ellos sea una expresión ‘inhibida’ de un impulso sexual.

En los casos en que los niños y niñas muestran conductas sexualizadas, es necesario indagar si han sido víctimas de abuso sexual.

Referencias:

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  • Deveaux, M. (1994). Feminism and empowerment. A critical reading of Foucault. Feminist Studies, 20, 2, 223-247.
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  • Herman, J. (2004). Trauma y recuperación. Madrid: Espasa Calpe.
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  • Testa, M., Hoffman, J. H., y Livingston, J. A. (2011) Intergenerational transmission of sexual victimization vulnerability as mediated via parenting. Child Abuse and Neglect, 35, 5, 363-371. Recuperado de www.ncbi.nlm.nih.gov
Stefano Gissi
Stefano Gissi
Licenciado en Psicología por la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Magíster en Filosofía de la Mente, el Lenguaje y la Cognición en la misma Universidad. Experiencia de trabajo como psicoterapeuta, atendiendo a población infantil, personas adultas y parejas.

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Licenciado en Psicología por la Universidad Alberto Hurtado (Chile). Magíster en Filosofía de la Mente, el Lenguaje y la Cognición en la misma Universidad. Experiencia de trabajo como psicoterapeuta, atendiendo a población infantil, personas adultas y parejas.