La regulación emocional se ha convertido en uno de los conceptos más utilizados dentro de la psicología contemporánea y, al mismo tiempo, en uno de los más difundidos fuera del ámbito científico. En la actualidad, es frecuente encontrar publicaciones en redes sociales, libros de autoayuda y discursos motivacionales que presentan la regulación emocional como la capacidad de eliminar emociones desagradables, mantener una actitud positiva o ejercer un control absoluto sobre los estados afectivos. Sin embargo, estas interpretaciones simplifican un fenómeno psicológico complejo y, en ocasiones, contradicen el conocimiento acumulado por décadas de investigación experimental y clínica. Desde la ciencia psicológica, las emociones cumplen funciones adaptativas esenciales relacionadas con la supervivencia, la toma de decisiones, la interacción social y el aprendizaje, por lo que su objetivo no consiste en ser reprimidas o sustituidas, sino comprendidas dentro de los contextos en los que aparecen (Gross, 1998; Gross, 2015).
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La investigación sobre regulación emocional ha mostrado que las personas pueden influir en la aparición, intensidad, duración y expresión de sus emociones mediante una amplia variedad de estrategias, algunas de las cuales favorecen el bienestar y otras pueden incrementar el malestar dependiendo del contexto (Gross, 2015). Este hallazgo ha sido incorporado de formas distintas por diversos modelos terapéuticos, incluyendo la terapia dialéctica conductual (DBT) y la terapia de aceptación y compromiso (ACT), aunque ambas difieren significativamente en la manera de conceptualizar el papel de las emociones y de la regulación.
¿Qué significa realmente la regulación emocional?
Desde la investigación científica, la regulación emocional se define como el conjunto de procesos mediante los cuales las personas influyen en las emociones que experimentan, en los momentos en que aparecen, en la forma en que las interpretan y en cómo las expresan o actúan a partir de ellas (Gross, 1998). Esta definición no implica que las emociones deban ser reducidas, eliminadas o sustituidas por estados afectivos considerados positivos. Por el contrario, la perspectiva experimental entiende las emociones como sistemas dinámicos que proporcionan información relevante sobre la relación entre la persona y su ambiente. La función de la regulación consiste, por tanto, en modificar la respuesta emocional cuando hacerlo resulta útil para alcanzar determinados objetivos, mantener relaciones sociales adecuadas o responder eficazmente a las demandas del contexto.
Desde la psicología clínica, la regulación emocional también se ha estudiado como un componente relevante en diversos problemas psicológicos. Dificultades persistentes para identificar emociones, tolerar experiencias afectivas intensas o modificar conductas impulsivas pueden aparecer asociadas a distintos trastornos, aunque la investigación actual evita considerar la desregulación emocional como una simple falta de control personal (Berking, Whitley, 2014). Más bien, se entiende como un patrón aprendido de interacción entre emociones, pensamientos, conductas y circunstancias ambientales. Por ello, la intervención psicológica basada en evidencia no busca enseñar a las personas a dejar de sentir emociones negativas, sino ampliar su repertorio de respuestas para relacionarse con ellas de manera más flexible y funcional.
La regulación emocional desde la terapia dialéctica conductual
La terapia dialéctica conductual (DBT) incorporó la regulación emocional como uno de sus componentes centrales debido a la importancia que tienen las emociones intensas y las conductas impulsivas en las dificultades clínicas de muchos pacientes (Linehan, 1993). Sin embargo, desde este modelo, regular las emociones no significa ejercer un control rígido sobre ellas ni impedir que aparezcan. La regulación emocional se entiende como un conjunto de habilidades orientadas a comprender las emociones, reducir la vulnerabilidad ante estados afectivos extremos, modificar respuestas desadaptativas y actuar de manera efectiva incluso cuando las emociones son intensas.
Desde la perspectiva de la DBT, las emociones no son consideradas problemas en sí mismas, sino respuestas que cumplen funciones dentro de un contexto determinado. Una emoción proporciona información sobre una situación, prepara tendencias de acción y puede influir en la interacción con otras personas. El problema aparece cuando las respuestas emocionales son demasiado intensas, prolongadas, frecuentes o conducen a conductas que generan consecuencias negativas a largo plazo. Por ello, la intervención no busca eliminar emociones como la tristeza, la ira o el miedo, sino desarrollar capacidades para experimentarlas sin quedar dominado por ellas (Linehan, 2015).
Un elemento distintivo del enfoque dialéctico es la combinación entre aceptación y cambio. La persona aprende a validar su experiencia emocional sin asumir que toda reacción emocional debe guiar automáticamente su conducta. Así, la regulación emocional en la DBT no equivale a suprimir sentimientos, sino a construir una relación más flexible con ellos, aumentando la capacidad de elegir respuestas eficaces en lugar de actuar exclusivamente bajo la influencia del estado emocional momentáneo (Linehan, 1993; Neacsiu et al., 2014).
La regulación emocional desde la terapia de aceptación y compromiso
La terapia de aceptación y compromiso (ACT) plantea una relación distinta con la regulación emocional respecto a los modelos psicológicos centrados principalmente en modificar, reducir o controlar los estados internos desagradables. Desde la perspectiva de la ciencia conductual contextual, la ACT no considera que las emociones negativas sean necesariamente problemas que deban ser corregidos, sino eventos psicológicos que pueden adquirir funciones diferentes dependiendo del contexto en el que ocurren y de la relación que la persona establece con ellos (Hayes et al., 1999). Por esta razón, la regulación emocional desde la ACT no se basa en lograr un estado emocional ideal, sino en desarrollar flexibilidad psicológica: la capacidad de actuar de acuerdo con valores personales mientras se experimentan pensamientos, recuerdos y emociones difíciles.
Un concepto fundamental dentro de la ACT es la evitación experiencial, entendida como la tendencia a intentar modificar la forma, frecuencia o intensidad de experiencias internas desagradables, incluso cuando estos esfuerzos generan consecuencias negativas a largo plazo (Hayes et al., 1996). Desde este enfoque, algunos intentos de regulación emocional pueden convertirse paradójicamente en fuentes de sufrimiento cuando la persona organiza su vida alrededor de evitar sentir ansiedad, tristeza, culpa o miedo. El problema no sería la presencia de una emoción intensa, sino la restricción conductual que aparece cuando controlar esa emoción se convierte en la principal meta de la conducta.
Desde esta perspectiva, una adecuada regulación emocional no significa sentirse tranquilo todo el tiempo ni eliminar estados afectivos negativos. Esto es, una persona psicológicamente flexible puede experimentar angustia, enojo o tristeza y, aun así, continuar realizando acciones importantes para su vida.
Cuando ‘regular’ significa controlar
Fuera del ámbito científico, el concepto de regulación emocional ha experimentado una transformación importante. Aunque originalmente se refiere a los procesos mediante los cuales las personas modifican sus respuestas emocionales de acuerdo con sus objetivos y circunstancias, en muchos discursos populares ha comenzado a utilizarse como sinónimo de control absoluto, eliminación del malestar o dominio permanente sobre las emociones. Esta interpretación simplificada puede generar una comprensión equivocada del funcionamiento psicológico humano, al presentar las emociones desagradables como fallos que deben corregirse en lugar de experiencias normales con funciones adaptativas.
Uno de los problemas principales de esta versión popularizada es la idea de que una persona emocionalmente competente debería permanecer tranquila, positiva y estable en todo momento. Bajo esta concepción, sentir ira, tristeza, miedo o ansiedad puede interpretarse como evidencia de una deficiente regulación emocional. Sin embargo, la investigación psicológica muestra que las emociones cumplen funciones relevantes y que incluso estados emocionales intensos pueden ser respuestas apropiadas ante determinadas situaciones (Gross, 2015). Asimismo, la ausencia total de emociones negativas no representa necesariamente salud psicológica; en algunos casos puede reflejar evitación, desconexión emocional o dificultades para responder adecuadamente al contexto.
Además, el uso excesivo del término puede convertir la regulación emocional en una exigencia individualista que ignora factores ambientales, sociales e históricos que influyen en la experiencia emocional. Desde una perspectiva contextual, las emociones no aparecen de manera aislada dentro de una persona, sino que están relacionadas con circunstancias de aprendizaje, relaciones interpersonales, condiciones de vida y consecuencias disponibles en el ambiente (Hayes et al., 1996). Por ello, atribuir todo malestar a una supuesta falta de regulación emocional puede desplazar la atención desde los problemas reales hacia una responsabilidad exclusivamente individual.
¿Toda regulación emocional es saludable?
En lugar de evaluar una respuesta únicamente por su forma aparente, el análisis funcional de la conducta examina la función que cumple una conducta dentro de un contexto determinado: qué circunstancias la anteceden, qué consecuencias produce y cómo afecta la relación de la persona con su ambiente. Bajo este enfoque, una estrategia de regulación emocional puede resultar útil en una situación específica, y problemática cuando se convierte en un patrón rígido o dominante.
Por ejemplo, evitar temporalmente una situación que genera miedo puede ser una forma efectiva de regular una respuesta emocional cuando permite prepararse mejor o prevenir un riesgo real. Sin embargo, si la evitación se convierte en la única forma de responder ante la ansiedad y conduce a una reducción progresiva de actividades importantes, puede mantener o incrementar las dificultades emocionales a largo plazo. De manera similar, distraerse, suprimir una expresión emocional o buscar cambiar un pensamiento pueden ser respuestas funcionales en determinados contextos, pero resultar contraproducentes cuando se utilizan exclusivamente para escapar de cualquier experiencia interna desagradable (Hayes et al., 1996).
Esta perspectiva cuestiona la idea popular de que una mejor regulación emocional implica tener mayor capacidad para disminuir la intensidad de las emociones. Una emoción intensa no constituye necesariamente un problema conductual; lo relevante es qué hace la persona con esa experiencia y cuáles son las consecuencias de sus respuestas. Desde el análisis funcional, la pregunta principal no sería ‘¿cómo puedo dejar de sentir esto?’, sino ‘¿qué respuesta ante esta emoción me acerca o me aleja de aquello que es importante en este contexto?’.
La regulación emocional como flexibilidad y no como control
Dentro de la investigación psicológica, la regulación emocional ha pasado de ser entendida como un proceso relacionado principalmente con el control de respuestas afectivas, a ser conceptualizada como un fenómeno complejo que involucra la interacción entre emociones, cogniciones, conductas y contexto. Esta evolución ha permitido abandonar una visión simplista en la que las emociones negativas son consideradas problemas que deben desaparecer. Desde los modelos contemporáneos, una adecuada regulación emocional no consiste en mantener un estado permanente de calma, eliminar la tristeza o evitar la aparición de ansiedad, sino en desarrollar capacidades para responder de manera eficaz ante diferentes experiencias internas y situaciones ambientales.
Por tanto, desde esta perspectiva, el objetivo de las terapias contextuales no es alcanzar una regulación emocional perfecta, entendida como la ausencia de emociones desagradables o una capacidad constante de autocontrol. Tal objetivo sería incompatible con la naturaleza dinámica de la vida psicológica. Las personas psicológicamente flexibles continúan experimentando miedo, frustración, tristeza o incertidumbre, pero poseen mayores recursos para actuar de acuerdo con sus objetivos incluso cuando estas emociones están presentes.
Por ello, el concepto científico de regulación emocional debe diferenciarse de su uso popular como sinónimo de control emocional absoluto. La salud psicológica no depende de sentir únicamente emociones agradables, sino de poder establecer una relación funcional con toda la variedad de experiencias emocionales humanas. En última instancia, muchas terapias contextuales buscan que las personas amplíen su repertorio conductual, aumenten su sensibilidad al contexto y desarrollen flexibilidad psicológica para elegir respuestas efectivas, en lugar de quedar limitadas por la necesidad constante de controlar lo que sienten.
Referencias:
- Berking, M., Whitley, B. (2014). Affect regulation training: A practitioners’ manual. Springer.
- Gross, J. (1998). The emerging field of emotion regulation: An integrative review. Review of General Psychology, 2(3), 271–299. emotion.wisc.edu
- Gross, J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1), 1–26. johnnietfeld.com
- Hayes, S., Strosahl, K., Wilson, K. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.
- Hayes, S., et al. (1996). Experiential avoidance and behavioral disorders: A functional dimensional approach to diagnosis and treatment. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 64(6), 1152–1168. grupoact.com.ar
- Hayes, S., Strosahl, K., Wilson, K. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.
- Linehan, M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.
- Linehan, M. (2015). DBT skills training manual (2nd ed.). Guilford Press.
- Neacsiu, et al. (2014). Dialectical behavior therapy skills for transdiagnostic emotion dysregulation: A pilot randomized controlled trial. Behaviour Research and Therapy, 59, 40–51. academia.edu
- Webb, T., Miles, E., Sheeran, P. (2012). Dealing with feeling: A meta-analysis of the effectiveness of strategies derived from the process model of emotion regulation. Psychological Bulletin, 138(4), 775–808. academia.edu
Créditos de imagen de portada: Foto de Leonardo Rodrigues

