¿Tiene la ‘musicoterapia’ evidencia científica?

psicologia-tiene-la-musicoterapia-evidencia-científica-mente-y-ciencia

La música es una de las formas de expresión más antiguas de la humanidad, siendo considerada por muchas culturas como una entidad ligada a lo sobrenatural o lo divino. Las propiedades evocativas de sus ritmos y melodías son tan evidentes que esta ha sido utilizada a lo largo de la historia -y la prehistoria-, como parte de diversos rituales de sanación que buscan combatir todo tipo de enfermedades. Debido a ello, distintos profesionales e investigadores contemporáneos han estudiado los efectos que la música tiene en nuestro organismo con la esperanza de emplearla con fines terapéuticos; desarrollando así una corriente llamada musicoterapia. Los defensores de dicha práctica aseguran que la música es una herramienta efectiva para el tratamiento de un gran número de afecciones físicas y psicológicas. Ante esta propuesta, se considera imprescindible determinar cuál es la evidencia científica que respalda esta disciplina tan popular entre profesionales y legos.

Contenidos relacionados:

¿En qué consiste la musicoterapia?

Una de las propiedades principales de la musicoterapia que dificulta la obtención de evidencia científica sobre su práctica es la vaguedad de su conceptualización. En términos generales, esta disciplina puede ser definida como el empleo de la música para alcanzar objetivos terapéuticos; esto es, la recuperación, conservación y mejoría de la salud mental y física (National Association for Music Therapy, citada por Bruscia, 2007). En realidad, la musicoterapia sería una combinación dinámica de muchas prácticas y disciplinas, involucrando métodos terapéuticos muy diversos con distintos niveles de reconocimiento y legitimidad; tales como la danzaterapia, el psicodrama o la arteterapia (Palacios, 2001).

Dicha imprecisión relativa no implica que cualquier uso de la música dentro del ámbito clínico puede ser considerado una forma de musicoterapia. Por el contrario, ésta se distingue por un componente relacional, en donde un terapeuta pone en marcha una metodología estructurada, basada en un modelo de intervención psicológica, con el fin de actuar frente a una problemática específica padecida por un individuo o grupo (Raglio, et.al 2014).

En sus inicios como práctica formal, la musicoterapia era utilizada principalmente para el tratamiento de trastornos de comunicación en niños y adolescentes. No obstante, en la actualidad, sus diversas modalidades se han empleado en otros numerosos campos. Entre los más destacados se encuentran los siguientes:

  • Técnica lúdica y de relajación.
  • Herramienta en el tratamiento de patologías psiquiátricas.
  • Terapias interpersonales.
  • Tratamiento de adicciones.
  • Educación especial.
  • Tratamientos psicomotores frente a diversas discapacidades.
  • En niños, niñas y adolescentes con problemas de conducta.
  • Para el mejoramiento de bloqueos en la comunicación.

(Ortega, et.al 2009).

Cabe señalar que el éxito o fracaso de estas estrategias es atribuido a ciertas variables específicas, tales como el tipo de música, la duración de las sesiones y la actitud del musicoterapeuta (García, Moreno, García, 2017).

Evidencia científica tras la musicoterapia

Desde las primeras comunidades prehistóricas, la música ha jugado un papel clave en el desarrollo del ser humano, formando parte de todos los ámbitos de su vida. Sus efectos sobre el estado de ánimo de las personas son innegables, propiedad que ha sido utilizada por artistas, religiosos y políticos para influir en la voluntad y conducta de las personas que los rodean. No obstante, fue hasta el siglo XIX cuando realmente comenzó a considerarse el uso de la música como un tratamiento terapéutico formal (Palacios, 2001).

A lo largo de los años, distintas disciplinas han determinado efectos específicos de la música sobre el organismo humano. Entre los descubrimientos más notables se encuentran los siguientes:

  • La música es capaz de activar circuitos corticosubcorticales y del sistema límbico, así como los sistemas de recompensa emocional, provocando sensaciones de bienestar y placer.
  • Algunos estudios han descubierto la influencia de la música sobre parámetros internos como la presión arterial o el ritmo cardiaco.
  • La música favorece la rehabilitación motora al estimular los circuitos cerebrales entre la corteza auditiva y la motora, a través del baile.
  • Existen estudios que documentan el efecto positivo de la música sobre la comunicación, el lenguaje y la memoria.
  • La música tiene efectos en el cerebro a nivel neuroquímico, influyendo en los circuitos de recompensa y placer, estrés y excitación, así como en las zonas encargadas del sistema inmune y las relaciones sociales.

(Ortega, et.al 2009; Bruscia, 2007; Raglio, et.al 2014; García, Moreno, García, 2017).

Campos en los que existe evidencia científica de la efectividad de la musicoterapia

La práctica de la musicoterapia está basada en la evidencia científica que existe acerca de los efectos de la música sobre distintas zonas del cerebro. No obstante, la forma en que esta información es interpretada y traducida en métodos prácticos frente a diversos padecimientos y situaciones, es muy distinta en cada caso. Considerando la gran cantidad de técnicas y enfoques que engloba la musicoterapia, es muy importante analizar la manera en que dichos efectos de la música son aplicados en cada situación.  

A continuación, se desarrollan algunos de los campos en los que la música ha sido utilizada como herramienta terapéutica con éxito.

Evidencia científica en el tratamiento del deterioro cognitivo a través de la musicoterapia

  • Alzheimer: sesiones de música clásica o familiar a los pacientes con el fin de estimular recuerdos. Esto ha logrado una mejoría considerable en el estado cognitivo y emocional de pacientes con trastorno leve y moderado; aumentando la memoria y la orientación, y disminuyendo síntomas ansiosos y depresivos. No obstante, la duración de este efecto es imprecisa. Además, la exposición a canciones familiares a los pacientes ha logrado promover la conversación fluida y la capacidad de lenguaje.
  • Otras demencias: se utiliza improvisación musical con el fin de estimular las facultades cognitivas de los pacientes. Se ha observado reducción significativa de síntomas y complicaciones psicológicas, como la agitación, el estrés y la depresión, así como un aumento en las habilidades de interacción y comunicación.

(Kern, 2010; Raglio, et.al 2014; Sánchez, et.al 2017; García, Moreno, García, 2017).

Evidencia científica tras la musicoterapia en educación especial

  • Trastornos del espectro autista: empleo de estrategias de enseñanza que involucren la escucha de música y la interpretación de canciones. Estas técnicas propician y mejoran la producción verbal y las respuestas independientes; apoyan las habilidades interpersonales como el contacto visual y la atención conjunta; estimulan el aprendizaje de conductas de autocuidado; e incitan el juego y la participación.
  • Retraso del desarrollo y trastornos de aprendizaje: uso de estrategias y técnicas de enseñanza que involucren música, baile y canciones. Los menores aprenden comportamientos sociales y motores adecuados, y el seguimiento de instrucciones. Además, se mejoran procesos como la comunicación, la imitación verbal y la memoria.
  • Trastornos psicomotores: desarrollo del control motor elemental y la coordinación sensoriomotora a través de ejercicios que involucran ritmo. Estas estrategias han logrado estimular la agilidad, el equilibrio y la coordinación corporal de los alumnos sometidos a esta terapia.
  • Dificultades de comunicación: uso del canto como una herramienta para mejorar el habla y lenguaje. Además, la música se utiliza como una vía alternativa de comunicación para aquellas niñas y niños que no pueden hablar.
  • Déficit de atención e hiperactividad: se utiliza la composición musical como una forma de ejercitar la atención en una tarea específica. Además, se utiliza el ritmo como una vía hacia la organización interna y el control de impulsos.
  • Déficits sensoriales: la composición musical grupal en niñas y niños con disminución auditiva, permite el desarrollo de mejores relaciones interpersonales, así como estimula la discriminación auditiva y el desarrollo del lenguaje. Por otro lado, las personas con déficit visual responden muy bien a estrategias que involucren música, ya que les permite disfrutar actividades en las que tienen plena competencia, satisfaciendo necesidades de tipo emocional.

(Ortega, et.al 2009; Kern, 2010).

Evidencia científica tras las técnicas de musicoterapia en hospitales

  • Oncología: en esta área se utiliza la música como una forma alternativa de combatir el estrés provocado por los cambios que la enfermedad y el tratamiento ocasionan. El objetivo es fortalecer los recursos psicológicos con los que las y los pacientes enfrentan el cáncer. Cabe resaltar que no existen resultados concluyentes de que la música logre disminuir el dolor.
  • Pacientes de cardiología: se somete a los pacientes a sesiones programadas de música tranquila (comúnmente elegida por ellos) o música sinfónica acompañada de sonidos de naturaleza, con el fin de combatir el estrés. Este ejercicio ha logrado regular la tasa de respiración y las pulsaciones; contribuyendo al proceso de rehabilitación de las y los enfermos. En algunos casos de bypass coronario, se reportó una disminución significativa del dolor al escuchar música, aunque los resultados aún no son concluyentes.
  • Neonatos: se ha comprobado que los estímulos auditivos rítmicos acompañados del sonido de la voz de la madre, tienen un efecto relajante en los recién nacidos.
  • Pacientes quirúrgicos: la música es utilizada para controlar la ansiedad de pacientes que van a someterse a una operación; así como de aquellos que se recuperan de un procedimiento quirúrgico para paliar el dolor. En este sentido, los resultados del control de síntomas ansiosos han presentado mucha mayor solidez, que la supuesta propiedad analgésica de la música.

(Ortega, et.al 2009).

Reservas sobre la legitimidad de la musicoterapia

Como se ha podido observar, la música ha probado ser una herramienta útil en el tratamiento de distintas afecciones. No obstante, esto no implica que la musicoterapia pueda ser considerada una disciplina terapéutica formal, completamente respaldada por la evidencia científica.

Una de las reservas más evidentes en torno a la validez de las técnicas empleadas en musicoterapia, es la gran cantidad de estrategias que engloba este término. Por un lado, tenemos programas estructurados llevados a cabo por un equipo de terapeutas entrenados en la materia; mientras que, al mismo tiempo, esta disciplina contempla también planes de intervención educativa que involucran la música como parte de una estrategia mayor, y que pueden ser practicados por psicólogos educativos, profesores u otro tipo de profesionales. Esto implica que, aunque muchas de estas estrategias arrojen resultados positivos, estas no pertenecen a un mismo orden, por lo que solo tienen en común el uso de la música como un medio para el tratamiento.

Por otro lado, en 2019, el ‘Observatorio contra las pseudociencias, Intrusismo y Sectas Sanitarias’ de la Organización Médica Colegial del Consejo General de los Colegios Oficiales de Medicina en España, incluyó la musicoterapia en el listado de ‘técnicas no convencionales con el sufijo ‘terapia’. El observatorio determinó que la musicoterapia era una práctica pseudoterapéutica por proponer la cura de enfermedades, el alivio de síntomas o la mejora de salud basada en criterios sin el respaldo de la evidencia disponible (Col·legi Oficial de Psicología de Catalunya, 2019). Sin embargo, la decisión generó cierta controversia y la Sección Clínica del Colegio de Psicología de Cataluña expresó públicamente su desacuerdo con la inclusión de la musicoterapia en esta relación de pseudoterapias, considerando que la Organización Médica Colegial no dio la oportunidad de aportar información contrastada para refutar dichas valoraciones (Col·legi Oficial de Psicología de Catalunya, 2019).

Conclusión

Finalmente, es preciso mencionar que muchos estudios que pretenden mostrar evidencias científicas sobre la musicoterapia, presentan serios problemas metodológicos; por lo que sus resultados no son enteramente concluyentes. En este sentido, muchos de los trabajos de investigación que buscan validar las estrategias de la musicoterapia presentan estudios de caso único, o bien, muestran demasiada flexibilidad en su plan de intervención (Ortega, et.al 2009). De esta forma, los datos recuperados de dichas investigaciones son solo válidos en contextos concretos.

Ante esta situación, y a pesar de los diversos éxitos reportados, es necesaria la integración de más trabajos de investigación en este campo que actúen con un rigor experimental más rígido (Kern, 2010). Solo a través de esta estrategia será posible que la musicoterapia alcance la solidez y unidad necesarias para ser considerada una corriente terapéutica formal y fundamentada.

Referencias:

  • Bruscia, K. (2007) Musicoterapia: métodos y prácticas. Ciudad de México, México. Editorial Pax México.
  • Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya (2019). Pseudoterapias y Musicoterapia. psiara.cat
  • García, N., Moreno, R., García, J. (2017) Efecto de la musicoterapia como terapia no farmacológica en la enfermedad de Alzheimer. Revisión sistemática. Revista Neurología, volumen (65), número (12), pp. 529 – 538. medicinainterna.net.pe
  • Kern, P. (2010) Musicoterapia con niños pequeños con TEA y sus familias para una mejor calidad de vida. Music Therapy Consulting.  mail.musictherapyconsulting.com
  • Ortega, E., Esteban, L., Estévez, A., Alonso, D. (2009) Aplicaciones de la musicoterapia en educación especial y en los hospitales. European Journal of Education and Psychology, volumen (2), número (2). revistas.uautonoma.cl
  • Palacios, J. (2001) El concepto de musicoterapia a través de la historia. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, número (42), pp. 19-31. redalyc.org
  • Sánchez, T., Barranco, P., Millán, A.,  Fornies, M. (2017) La musicoterapia como indicador de mejora de la calidad de vida en un envejecimiento activo. Metas Enferm, volumen (20), número (7). pesquisa.bvsalud.org
  • Raglio, A., Filippi, S., Bellandi, D., Stramba, M. (2014) Global music approach to persons with dementia: evidence and practice. Clinical Interventions in Aging, volumen (9). researchgate.net

Definiciones en psicología desde el análisis funcional

psicologia-definiciones-en-psicologia-desde-el-analisis-funcional-mente-y-ciencia

El análisis funcional es una de las herramientas más importantes para la modificación conductual, ya que tiene como objetivo comprender las causas de problemas comportamentales existentes. De acuerdo a este enfoque, la conducta debe ser el objeto de estudio principal de la psicología; siendo su objetivo el descomponer e identificar aquellas unidades funcionales que la integran. Bajo esta perspectiva, definiciones propias de la psicología, como emoción, personalidad o asertividad, son considerados conceptos pseudoexplicativos que aluden de manera sesgada a secuencias de estímulos y respuestas que podrían ser mejor interpretadas a partir del análisis funcional (Froxán 2020).  

Contenidos relacionados:

¿Qué es el análisis funcional?

El objetivo principal del análisis o evaluación funcional es encontrar información que ayude al profesional a determinar las razones por las que un determinado problema de conducta está ocurriendo. Para ello, recopila información sobre los antecedentes y consecuencias relacionadas funcionalmente con la aparición de dicho conflicto (Miltenberger, 2013).

El análisis funcional considera la conducta como una secuencia continua sin principio, ni fin; donde los elementos que la conforman solo son respuestas o estímulos en virtud de la función que cumplen en un determinado momento y ante una respuesta particular. De esta forma, el estudio de una dimensión específica requiere la selección de la respuesta que se desea analizar (Froxán, 2020).

En términos concretos, un problema de conducta presenta determinados eventos antecedentes, así como va seguido por la exposición a reforzadores potenciales. Ante esto, este método experimental se sirve de la manipulación de las distintas variables antecedentes y consecuentes; con el fin de evaluar las posibles funciones del conflicto conductual que se requiere modificar. Tras esta evaluación, se utiliza la información obtenida para realizar algún tipo de intervención modificando los factores identificados; dando lugar a conductas alternativas más apropiadas (Miltenberger, 2013).

Como ya se ha expuesto, esta clase de evaluación experimental considera la conducta como el eje de la investigación e intervención clínica. Por tal motivo, fenómenos que otros enfoques de la psicología explican a través de definiciones de carácter vago o subjetivo, son vistos por el análisis funcional como una serie de conductas; cuya ocurrencia está en función de variables ambientales.

A continuación, se describirá la forma en que algunas definiciones propias de la psicología son descritas por el análisis funcional. Esto, con el fin de comprender el carácter práctico y metódico de esta metodología de intervención clínica.

Definiciones de procesos básicos en psicología según el análisis funcional

  • Emoción (emocionarse): Para el análisis funcional, la emoción es un modelo conductual que reúne la predisposición a actuar de una forma en particular en función de una serie de circunstancias. Estas respuestas se encuentran determinadas por una historia de aprendizaje previa, que permite predecir este comportamiento. La respuesta etiquetada como emocional aplicada a una respuesta, ya sea motora, expresiva o fisiológica, dependerá tanto del tipo de estímulo (aversivo o apetitivo) como de la contingencia (positiva o negativa). Por ejemplo, un sonido muy intenso y repentino (EI aversivo) puede generar una respuesta calificada como miedo.
  • Motivación (operación motivadora): Desde esta postura, la motivación sería cualquier operación ambiental que afecta temporalmente la eficacia del reforzador; incrementando el poder evocador de los estímulos y alterando la frecuencia de las conductas asociadas a la aparición del mismo. De esta manera, la motivación es en sí misma un comportamiento, y no un estado subjetivo; esto es, una manipulación en el entorno que tiene un efecto sobre otro comportamiento determinado. Por ejemplo: dejar los cigarrillos en casa, obstaculizaría la conducta de fumar, disminuyendo potencialmente su frecuencia.
  • Pensamiento (pensar): De acuerdo al análisis funcional, el pensamiento es una conducta encubierta. Esto es, respuestas emitidas por las personas, pero que solo pueden ser observadas por ellas mismas. Frecuentemente, el pensamiento se percibiría a partir de conductas verbales; pero sería posible imaginar objetos y situaciones sin hacer uso de las palabras, estimulando cualquier modalidad sensorial de forma privada. Estas conductas son respuestas adquiridas a lo largo de una historia de aprendizaje, en función de las mismas variables que el resto del comportamiento. Por ejemplo, evocar la imagen de una hoja de papel ante la palabra ‘papel’.

(Pérez, et.al 2017; Froxán, 2020).

Definiciones en psicología clínica de acuerdo al análisis funcional

  • Creatividad: Son conductas emergentes que no pueden ser directamente explicadas por las contingencias a las que el sujeto ha sido sometido, ya que se presentan por primera vez sin haber sido reforzadas previamente. Su aparición es explicada por el análisis funcional en virtud de la posibilidad de generalización de las diferentes conductas aprendidas ante contextos novedosos. En este sentido, entre menos específicos hayan sido los estímulos que controlaron esa conducta, más generalizables serán las conductas aprendidas. Por otro lado, se considera que ninguna situación es del todo novedosa; por lo que la conducta creativa se desarrollará en virtud de los estímulos discriminativos presentes.
  • Personalidad: De acuerdo a este esquema, se considera un repertorio básico de comportamiento relativamente estable en el tiempo, presente en una amplia gama de situaciones estimulares. Su estabilidad se presenta en virtud de un reforzamiento constante de las respuestas que integran este repertorio; por lo que, según el análisis funcional, los patrones de conducta pueden cambiar en contextos diferentes o novedosos. Por ejemplo, una persona extrovertida que se muestra reservada en su primer día en un trabajo nuevo.  
  • Autoestima: De acuerdo al análisis funcional, la autoestima es un conjunto de verbalizaciones con las que las personas se describen a sí mismas, y que provocan una serie de emociones capaces de discriminar una secuencia de respuestas operantes de las que se anticipa un reforzador. Dichas verbalizaciones relacionan características físicas y conductas personales con una serie de adjetivos condicionados como apetitivos o aversivos.  De esta forma, se hablaría de una alta o baja autoestima, en razón del tipo de estímulos (apetitivos o negativos) a los que se está expuesto y su relación con el propio repertorio comportamental.

(Froxán, 2020).

Definiciones surgidas de la psicología explicadas por el análisis funcional

  • Resiliencia: De acuerdo al análisis funcional, la resiliencia es el resultado del uso de estrategias efectivas de afrontamiento frente a estímulos desagradables, con el propósito de eliminar las respuestas condicionadas asociadas a la tristeza, el malestar o el enfado; o bien, el inicio y mantenimiento de actividades reforzantes en situaciones en el que uno o varios estímulos que funcionaban como operaciones de establecimiento hayan desaparecido. El uso de este tipo de conductas se presenta en virtud del éxito que han tenido en situaciones similares. Un ejemplo de ello, es realizar ejercicio para sobrellevar una ruptura.
  • Asertividad: El análisis funcional reconoce como asertivo aquel comportamiento que, emitido en una situación de conflicto, reduce o impide la aparición de respuestas intensas y desagradables para todos los implicados. Estas conductas son capaces de expresar adecuadamente los deseos y opiniones del hablante, y su ejecución no se encuentra relacionada con la experimentación de respuestas de ansiedad, miedo y vergüenza.
  • Impulsividad: De acuerdo a este enfoque, es un patrón conductual que se caracteriza por una baja latencia de respuesta operante una vez que se presenta el estímulo discriminativo. Un comportamiento impulsivo es, además, aquel que se emite consistentemente con el fin de obtener el reforzador más inmediato, aun cuando existan otros de mayor calidad.
  • Apego: Según esta postura, el apego es una historia de intercambio de reforzadores entre dos personas que hacen que se condicione apetitivamente tanto la interacción como la persona en sí misma. La ‘persona significativa’ es un estímulo condicionado, y su proximidad provoca respuestas asociadas con sentimientos agradables. Debido a ello, ante situaciones desagradables, se busca la cercanía de esta persona para reducir el malestar e incrementar las respuestas agradables.

(Froxán, 2020).

Conclusión

Si bien el análisis funcional no pretende interpretar o traducir definiciones de otras posturas teóricas y prácticas en psicología a partir de sus propios principios, los promotores de este enfoque buscan explicar distintos fenómenos comúnmente observados en el ámbito clínico en términos conductuales o funcionales, evidenciando que determinadas terminologías podrían ser irrelevantes, innecesarias o circulares, careciendo de significado en si mismas.

Referencias:

  • Froxán, M. (2020) Análisis funcional de la conducta humana. Madrid, España. Ediciones Pirámide.
  • Miltenberger, R. (2013) Modificación de conducta: Principios y procedimientos (5a ed.). Ediciones Pirámide. academia.edu
  • Pérez, V., Gutiérrez, M., García, A., Gómez, J. (2017) Procesos Psicológicos Básicos. Un Análisis Funcional. Madrid, España. UNED. academia.edu

Relación entre el consumo de drogas y la esquizofrenia

psicologia-relacion-entre-el-consumo-de-drogas-y-la-esquizofrenia-mente-y-ciencia

La esquizofrenia es un trastorno mental que afecta a más de 21 millones de personas en todo el mundo. Este padecimiento puede repercutir seriamente en la vida de aquellos y aquellas que lo sufren; influyendo negativamente en sus relaciones personales y deteriorando su desempeño educativo y laboral (Organización Mundial de la Salud, 2019). Debido a ello, numerosos profesionales han analizado distintas variables biológicas y ambientales, en busca de indicios sobre su origen, prevención, control y tratamiento. Entre dichos factores, el consumo de drogas ha sido objeto de especial atención por parte de muchos investigadores, ya que se ha observado cierta prevalencia en consumo de sustancias en personas con esquizofrenia. Por tal motivo, es importante analizar el papel que el uso de estupefacientes legales e ilegales tiene en el desarrollo de esta enfermedad. Con ello, será posible dispersar algunos de los mitos que puedan generarse sobre esta relación.

Contenidos relacionados:

¿Qué es la esquizofrenia?

La esquizofrenia es una enfermedad mental que se caracteriza por la distorsión del pensamiento, de las emociones, el lenguaje, la conciencia de sí mismo y la conducta (Organización Mundial de la Salud, 2019). Entre sus síntomas más comunes se encuentran los siguientes:

  • Delirios: Creencias o sospechas erróneas persistentes que no son compartidas por las personas de la misma cultura, y que se mantienen aun frente a la evidencia de su falsedad (por ejemplo, experimentar algo que no se está viviendo; sospechar ser perseguido; o bien, pensar que se es alguien o algo que no se es).
  • Alucinaciones: Oír, ver, o percibir cosas que no existen.
  • Discurso desorganizado: lenguaje incoherente o no pertinente.
  • Alogia: disminución del lenguaje espontáneo.
  • Abulia: apatía que lleva a la inacción y la falta de decisiones.
  • Catatonia no explicada por algún desorden físico: incapacidad para moverse o para hacerlo de forma adecuada.
  • Ecolalia o ecopraxia: imitación de lo que el interlocutor dice o hace.

(American Psychiatric Association, 2013; Organización Mundial de la Salud, 2019).

De acuerdo a las distintas investigaciones realizadas sobre esta enfermedad, no existe un solo factor responsable de la esquizofrenia; por lo que se considera que ésta se genera por una combinación de factores genéticos y ambientales (Organización Mundial de la Salud, 2019).

La esquizofrenia, se encuentra asociada a una mayor posibilidad de morir de forma temprana por enfermedades cardiovasculares, metabólicas e infecciosas. Además, es fuente de estigmatización, discriminación, e incluso, violación de los derechos humanos de quienes la padecen. Desafortunadamente, aunque este trastorno es tratable a partir de farmacoterapia y apoyo psicosocial, la mayoría de las personas afectadas no recibe tratamiento debido a la falta de acceso a los servicios de salud y a la ignorancia y mitos que rodean esta condición (Organización Mundial de la Salud, 2019).

¿El consumo de drogas produce esquizofrenia?

Para las ciencias clínicas, existe una distinción clara entre la esquizofrenia y los trastornos psicóticos producidos por el consumo de drogas, los cuales suelen presentarse durante el abuso o abstinencia de las mismas (American Psychiatric Association, 2013); no obstante, la recurrencia en el uso de ciertas sustancias como el alcohol, el tabaco y la marihuana por personas esquizofrénicas, ha generado la teoría de que estos componentes pueden tener un papel importante en la generación de la esquizofrenia como tal.

En este sentido, diversas investigaciones han constatado que el consumo de algunas drogas, e incluso la dependencia a las mismas, se encuentra asociado con la esquizofrenia. Sin embargo, dicha tendencia se presenta principalmente en personas con predisposición genética al trastorno, o en pacientes que ya han sido diagnosticados. Este hecho no solo impide establecer el uso de estupefacientes como el principal factor responsable en el desarrollo de la esquizofrenia; sino que, además, sugiere una relación causal inversa. Esto es, que las personas que experimentan síntomas de esquizofrenia recurren a drogas legales e ilegales para mitigar las manifestaciones de esta enfermedad (Vicente, Díaz, Ochoa, 2001; Arias, Sánchez, Padín, 2002; Fumero, Santamaría, Navarrete, 2009; Gauge, et.al 2017; Segal, et.al 2017).

Irregularidades neurológicas asociadas con la esquizofrenia y sus posibles causas

Por otro lado, se ha sugerido que los distintos tipos de irregularidades neurológicas asociadas a la esquizofrenia pueden ser producidos por el consumo excesivo de drogas. En relación a este argumento, se han identificado ciertas afecciones específicas a nivel del sistema nervioso en personas esquizofrénicas. Por ejemplo: deficiencia de materia gris en el cerebro; deficiencia de materia blanca; falta de balance en la química cerebral; envejecimiento temprano de las estructuras nerviosas; o menos conexiones neuronales. No obstante, todos estos padecimientos han sido asociados con causas de tipo genético específicas (Phillips, et.al 2012; Segal, et.al 2017; Wang, et.al 2019; Yoshikawa, et.al 2020); no existiendo evidencia de que el consumo de alguna droga tuviera un papel en su desarrollo.

Consumo de drogas como automedicación frente a la esquizofrenia

Como ya se ha mencionado, las personas con esquizofrenia y aquellas con predisposición genética a ella, son más susceptibles al consumo de drogas. Este hecho genera la teoría de que sustancias como la marihuana o el alcohol son probablemente utilizadas por esta clase de individuos como una forma de controlar los síntomas latentes o manifiestos de su enfermedad. En este sentido, los distintos efectos sedantes o estimulantes de estos productos ayudarían a las y los pacientes a lidiar con los signos directos de la esquizofrenia, o bien, con los daños que esta afección ha generado en sus vidas (Gage, et.al 2017).

Ante esta particular tendencia hacia la ‘automedicación’ mediante drogas legales e ilegales, algunos investigadores se dieron a la tarea de analizar los efectos reales que dichas sustancias tienen frente a los síntomas de la esquizofrenia. Es así, que se encontró que productos como el cannabis y el tabaco pueden mejorar las manifestaciones negativas de la enfermedad; mientras que el consumo del alcohol suele empeorarlas. Desafortunadamente, dichas propiedades han contribuido al desarrollo de cuadros de adicción importante en este tipo de pacientes (Vicente, Díaz, Ochoa, 2001; Arias, Sánchez, Padín, 2002).

Importancia de entender la relación entre el consumo de drogas y la esquizofrenia

Los resultados obtenidos por los distintos trabajos de investigación científica acerca de la relación que existe entre la esquizofrenia y el consumo de drogas, tienen un enorme valor dentro del ámbito de la intervención psicológica y psiquiátrica. En primer lugar, el hecho de que las sustancias psicoactivas sean utilizadas por muchas personas para atenuar el efecto de ciertos síntomas de la esquizofrenia, pone en evidencia la necesidad de programas clínicos que consideren las adicciones y la automedicación como factores que requieren atención y seguimiento.

Además, el que sujetos con predisposición genética a la esquizofrenia suelan consumir ciertas drogas, transforma el uso de estos productos en un indicador diagnóstico que se debe tomar en cuenta en la evaluación psicológica.

Finalmente, es necesario destacar que la relación entre este trastorno y el empleo de productos psicoactivos aún no ha sido completamente analizada. Aún existen muchas dudas en torno a este tema; por lo que se requieren más investigaciones que corroboren o cuestionen los resultados obtenidos hasta ahora sobre esta relación. Solo a partir de dichos ejercicios académicos, es que será posible conocer el verdadero papel que el consumo de drogas tiene en el desarrollo de la esquizofrenia; información que permitirá el diseño de estrategias de diagnóstico e intervención que permitan dar una respuesta adecuada ante una enfermedad tan devastadora y poco comprendida como esta.

Referencias:

  • American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM-V. Masson, Barcelona.
  • Arias, F., Sánchez, S., Padín, J. (2002). Influencia del consumo de drogas en las manifestaciones clínicas de la esquizofrenia. Actas Españolas en Psiquiatría, volumen (30), número (2). pesquisa.bvsalud.org
  • Arnedo, J., Svrakic, D., Del Val, C., Romero, R., Hernández, H., Fanous, A., Pato, M., Pato, C., De Erausquin, G., Cloninger, C., Zwir, I. (2014). Uncovering the Hidden Risk Architecture of the Schizophrenias: Confirmation in Three Independent Genome-Wide Association Studies. American Journal of Psychiatry, volumen (172), número (2), pp. 139-153. ajp.psychiatryonline.org
  • Fumero, A., Santamaría, C., Navarrete, G. (2009). Predisposición al consumo de alcohol y drogas en personas vulnerables a la esquizofrenia. Revista de Neurología, volumen (49), número (1), pp. 8-12. researchgate.net
  • Gage, S., Jones, H., Burgess, S., Bowden, J., Davey, G., Zammit, S., Munafò, M. (2017) Assessing causality in associations between cannabis use and schizophrenia risk: a two-sample Mendelian randomization study. Psychological Medicine, volumen (47), número (5). cambridge.org
  • Organización Mundial de la Salud (2019). Esquizofrenia. Organización Mundial de la Salud: sitio web. who.int
  • Phillips, K., Bartsch, U., McCarthy, A., Edgar, D., Tricklebank, M., Wafford, K., Jones, M. (2012).  Decoupling of Sleep-Dependent Cortical and Hippocampal Interactions in a Neurodevelopmental Model of Schizophrenia. Neuron, volumen (76), número (3).
  • Plataforma SINC. (2009). Lack Of Grey Matter in Brain Is Linked to Schizophrenia and Bipolar Disorder. ScienceDaily. sciencedaily.com
  • Segal, H., Gazit, N., Barhum, Y., Ben-Zur, T., Taler, M., Hornfeld, S., Gil-Ad, I., Weizman, A., Slutsky, I., Niwa, M., Kamiya, A., Sawa, A., Offen, D., Barzilay, D. (2017). BDNF Overexpression Prevents Cognitive Deficit Elicited by Adolescent Cannabis Exposure and Host Susceptibility Interaction. Human Molecular Genetics, volumen (26), número (13), pp. 2462-2471. academic.oup.com
  • Sekar, A., Bialas, A., De Rivera, H., Davis, A., Hammond, T., Kamitaki, N., Tooley, K., Presumey, J., Baum, M., Van Doren, V., Genovese, G., Rose, S., Handsaker, R., Daly, M., Carroll, M., Stevens, B., McCarroll A. (2016) Schizophrenia risk from complex variation of complement component 4. Nature, volumen (530). nature.com
  • Vicente, N., Díaz, H., Ochoa, E. (2001). Consumo de sustancias en pacientes con esquizofrenia. Psiquiatría.com. researchgate.net
  • Wang, S., Hsiao, P., Yeh, L., Liu, C., Liu, C., Hwang, T., Hsieh, M., Chien, Y., Lin, Y., Huang, Y., Chen, C., Chandler, S., Faraone, S., Neale, B., Glatt, S., Tsuang, M., Hwu, H., Chen, W. (2019). Advanced Paternal Age and Early Onset of Schizophrenia in Sporadic Cases: Not Confounded by Parental Polygenic Risk for Schizophrenia. Biological Psychiatry, volumen (86), número (1). biologicalpsychiatryjournal.com
  • Yoshikawa, T., Dean, B., Hirabayashi, Y., Shimamoto, C., Iwayama, Y., Balan, S., Esaki, K. (2020). Evidence for Altered Metabolism of Sphingosine-1-Phosphate in the Corpus Callosum of Patients with Schizophrenia. Schizophrenia Bulletin, volumen (46), número (5). academic.oup.com

Animales sin cerebro: tipos, funciones y características

psicologia-animales-sin-cerebro-tipos-funciones-y-caracteristicas-mente-y-ciencia

En los seres humanos, el cerebro es indiscutiblemente una estructura imprescindible para la supervivencia, ya que se encarga de coordinar y ejecutar toda función voluntaria e involuntaria de nuestro organismo. Debido a esto, la idea de que en nuestro planeta existan animales que puedan sobrevivir sin cerebro, resulta muy inquietante y confuso para muchas personas.

Para comprender mejor esta situación, es necesario analizar la forma en que los seres vivos han evolucionado para desarrollar un sistema nervioso en distintos niveles de complejidad; así como el lugar que tiene el cerebro en dicho proceso evolutivo. Además, es preciso adelantar que la cuestión sobre cómo algunos animales viven sin un cerebro, no tiene una única respuesta, ya que cada una de estas especies es un ejemplo singular y fascinante de esta curiosa hazaña de la naturaleza.

Contenidos relacionados:

El cerebro en términos evolutivos

Para comprender la razón por la que existe toda una gama de criaturas ‘descerebradas’ deambulando o nadando por distintos rincones del planeta, es necesario dejar de imaginar el cerebro bajo los términos de la fisiología humana. Aunque los cerebros cumplen en esencia funciones similares, estos existen en muchas formas, tamaños y complejidades.

En términos generales, un cerebro es un agrandamiento anterior del sistema nervioso central, el cual ejerce un grado considerable de dominio y control sobre otras regiones. Por lo general, dicha estructura suele ser más grande y contener más neuronas que las otras partes del sistema nervioso; aunque su predominio también puede estar determinado solo por la complejidad de las funciones que este agrandamiento anterior controle (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

El desarrollo de un cerebro por parte de algunos animales depende de ciertas tendencias evolutivas hacia la centralización y complejidad creciente de su sistema nervioso. Esto implica que la organización estructural en la cual están agrupadas las neuronas se integre en áreas centrales en lugar de situarse de manera dispersa. A partir de este estado, es necesario que exista un proceso de cefalización, consistente en la concentración de estructuras nerviosas y funciones en la parte posterior de un organismo, esto es, la cabeza (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

Se piensa que los animales con simetría bilateral, es decir, con lado izquierdo y derecho, así como una parte frontal y una posterior, desarrollan cefalización debido a su tendencia a moverse hacia adelante, recibiendo primero la información del medio en la parte anterior. De esta manera, los órganos encargados de percibir, evolucionan para ubicarse en el frente del organismo, y el cerebro conectado a dichas estructuras se vuelve dominante sobre el resto del sistema nervioso (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

¿Por qué hay animales que pueden vivir sin un cerebro?

Al entender que el desarrollo de un cerebro como tal es solo una de varias conformaciones del sistema nervioso producidas por un proceso evolutivo; es posible entender que éste no siempre es necesario para la vida.

El sistema nervioso es una constelación organizada de células especializadas en la conducción repetida de señales eléctricas dentro de las células y entre ellas. Este se encuentra presente en casi todos los animales multicelulares, exhibiendo distintos niveles de complejidad en la organización de las neuronas. (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

Una red nerviosa es la forma más sencilla del sistema nervioso y se encuentra presente incluso en organismos de estructura biológica relativamente sencilla, regulando las funciones del comportamiento animal sin la necesidad de que exista un cerebro para ello. Por otro lado, existen especies de conformación más compleja que poseen distintas agrupaciones de neuronas llamadas ganglios; los cuales permiten a estos animales ejecutar y regular funciones vitales, sin que alguno de ellos ejerza dominio sobre los otros, es decir, actúe como un cerebro (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

Aunque el sistema nervioso es una estructura muy importante para la vida, existen animales que no solo no cuentan con un cerebro verdadero, sino que, además, carecen de dicho aparato nervioso en lo absoluto. Dichos organismos poseen células no especializadas que pueden ser adaptadas para cumplir las funciones que se requieran (Conaco, et.al 2012). Este es el caso de la esponja de mar o porífera, animal del que hablaremos más adelante.

De esta forma, la razón por la que algunos animales pueden sobrevivir sin cerebro puede resumirse en un planteamiento simple: no todos los animales necesitan disponer de un cerebro para tener un sistema nervioso funcional, así como no todos los animales requieren de un sistema nervioso para poder sobrevivir.

Animales sin cerebro y las muchas formas de vivir sin él

Ya hemos discutido la razón por la que algunos animales pueden vivir sin necesidad de poseer un cerebro. No obstante, existe una gran variedad de especies que comparten este rasgo con notables diferencias entre sí; por lo que las formas en que esto ocurre también son muy variadas. Aun así, existen ciertas características que comparten los animales sin cerebro:

  1. Poseen una organización celular relativamente simple.
  2. Son invertebrados.
  3. Viven en el agua.
  4. Son especies con cientos de millones de años de antigüedad.

(Ruppert, Fox, Barnes, 2003).

Ejemplos de animales sin cerebro

Entre las especies de animales sin cerebro más destacadas se encuentran las siguientes:

  • Holoturias o pepinos de mar: su sistema nervioso consiste en un aro de tejido nervioso alrededor de la cavidad oral que manda señales a los tentáculos y la faringe. Además, posee cinco nervios principales conectados a la zona ambulacral. No tienen órganos sensoriales distintivos, no obstante, poseen sentido del tacto y sensibilidad hacia la luz que les permite orientarse.
  • Lirios de mar o crinoideos: Su sistema nervioso está formado por un ganglio del que nacen redes nerviosas ramificadas hacia los zarcillos y brazos. Poseen un aro nervioso similar al de la holoturia, el cual distribuye el sistema nervioso por todo su cuerpo.
  • Equinoideo o erizo de mar: poseen un anillo nervioso con terminales sensitivas y motoras. En el polo opuesto a su boca también poseen cinco nervios como el pepino de mar. Además, tienen un aparato nervioso destinado únicamente para su desplazamiento.
  • Estrellas de mar o asteroideos: su sistema nervioso está formado por una red nerviosa en forma de anillo alrededor del esófago, el cual se separa en nervios radiales que recorren cada uno de sus brazos. Pueden captar la luz, distinguir la temperatura y conocer las condiciones del agua que las rodea para orientarse.
  • Anémonas o actiniarios: su sistema nervioso está conformado por dos redes nerviosas. Una en la epidermis y la otra en la grastrodermis, las cuales están unidas a la faringe, la boca y el disco pedal. No tienen órganos sensoriales como tales, pero pueden percibir su entorno a través de células sensibles ubicadas en sus tentáculos.
  • Ascidias: durante su etapa larval poseen un ganglio cerebroide conectado a su estructura motora para poder desplazarse en busca de un lugar donde enraizarse. Cuando esto ocurre, este cerebro es absorbido para nutrirse.
  • Medusas: Poseen una red nerviosa distribuida por todo su cuerpo que les permite percibir la presencia de los objetos y animales a su alrededor. La complejidad de la organización de sus redes neurales y sus órganos sensoriales varía de acuerdo a sus muchos tipos.
  • Corales: su sistema nervioso está constituido por redes nerviosas distribuidas desde la parte superior a la base del animal. Debido a la simplicidad de su organización nerviosa su reacción a los estímulos externos es muy lenta.
  • Carabela portuguesa: al ser un organismo colonial integrado por distintos individuos, cada uno de ellos asume una función distinta, por lo que sus respectivos sistemas se especializan en una sola función, subsistiendo en conjunto.
  • Esponja de mar o porífera: estos animales se encuentran muy abajo del árbol filogenético, siendo uno de los organismos pluricelulares más simples. No tiene sistema nervioso o ninguna clase de órganos internos complejos. Sus células son totipotentes, lo que significa que pueden transformarse en cualquiera de los otros tipos celulares según las necesidades del animal.

(Ruppert, Fox, Barnes, 2003; Hill, Wyse, Anderson, 2006; Bardi, Marques, 2007; Conaco, et.al 2012; Ramírez, 2017; Langley, 2018).

Animales que tienen cerebro, aunque no lo parezca

Finalmente, es necesario destacar que algunos animales son popularmente conocidos por no tener cerebro, cuando en realidad sí lo tienen. Para aclarar esto, es necesario establecer un límite en el nivel de organización del sistema nervioso, el cual podemos encontrarlo en los platelmintos o gusanos planos. Estos parásitos son los animales más simples en presentar una neurona integradora, caracterizándose por tener una concentración neuronal mayor en la zona anterior de su cuerpo, la cual puede ser identificada como una de las formas más simples de cerebro (Hill. Wyse, Anderson, 2006).

El caso más común de animales identificados erróneamente por no poseer un cerebro son anélidos como la lombriz de tierra y la sanguijuela. El sistema nervioso de estos animales se encuentra integrado por una serie de ganglios nerviosos, dispuestos en segmentos diferenciados e interconectados entre sí. Dichas estructuras controlan la sensibilidad, funciones primarias y movimientos de cada anillo. No obstante, los ganglios ubicados en la cabeza son más grandes, agrupan más neuronas y se encuentran conectados a órganos sensoriales, por lo que pueden ser identificados como cerebros (Hill, Wyse, Anderson, 2006).

Conclusión

Como hemos podido observar, la diferencia entre un sistema nervioso con cerebro y uno que no lo posee es bastante clara, si se comprende el desarrollo y la función de esta estructura. La importancia de este conocimiento va más allá de poder entender el trasfondo de una relativa curiosidad de la naturaleza. Al entender la forma en que los distintos sistemas biológicos evolucionan en especies distintas, nos ayuda a comprender las similitudes y diferencias que nos conectan con los demás animales del mundo; además de observar al ser humano como una alternativa más, dentro del complejo proceso de la evolución.

Referencias:

  • Bardi, J., Marques, A. (2007) Taxonomic redescription of the Portuguese man-of-war, Physalia physalis (Cnidaria, Hydrozoa, Siphonophorae, Cystonectae) from Brazil. Iheringia, volumen (97), número (4). scielo.br
  • Conaco, C., Bassett, D., Zhou, H., Arcila, M., Degnan, S., Degnan, B., Kosic, K. (2012) Functionalization of a protosynaptic gene expression network. PNAS, volumen (109), número 1. Recuperado de: pnas.org
  • Hill, R., Wyse, G., Anderson, M. (2006) Fisiología Animal. Madrid, España. Editorial Médica Panamericana.
  • Langley, L. (2018) Las medusas gobiernan los mares sin cerebro. ¿Cómo lo hacen? Revista Nat Geo. Recuperado de: nationalgeographic.es
  • Ramírez, A. (2017) Diversidad de Anémonas de Mar (Anthozoa: Actiniaria) en la zona intermareal de las playas rocosas del Área Natural Protegida Los Cóbanos y Punta Amapala, El Salvador. Universidad del Salvador. Recuperado de: ri.ues.edu.sv
  • Ruppert, E., Fox, R., Barnes, R. (2003) Invertebrate Zoology A Functional Evolutionary Approach. Brooks Cole. [Documento PDF].

El concepto de apego desde un enfoque funcional

psicologia-el-concepto-de-apego-desde-un-enfoque-funcional-mente-y-ciencia

La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby, es un planteamiento muy valioso para un gran número de psicólogos y terapeutas, que ven en ella un esquema que logra conciliar las teorías biológicas con las explicaciones contextuales sobre la conducta y la personalidad. No obstante, dicha noción también ha recibido importantes críticas a lo largo del tiempo; existiendo expertos en salud mental que aseguran que esta teoría ha sido superada por otras corrientes. Ante esta situación, algunos profesionales se han esforzado por operativizar las conductas de apego, reformulando y explicando el concepto de apego, en términos funcionales, esto es, desde el análisis funcional. Todo ello, con el objetivo de identificar las conductas que engloba dicha dimensión explicativa y su relación con el contexto en el que ocurren.

¿Qué es el apego?

Es importante introducir al concepto clásico de apego desarrollado por Bowlby y Ainsworth durante la segunda mitad del siglo XX. De acuerdo a estos autores, las personas poseen una tendencia natural a formar vínculos afectivos con quienes las rodean, mismos que se presentan de manera especialmente intensa frente a ciertos individuos (Bowlby, 1998).

El apego es descrito como más que una simple respuesta instintiva y automática frente a los estímulos; determinándose a partir de ciertos factores contextuales e individuales. Este se consolida en los primeros años de vida de acuerdo a las interacciones que cada persona mantiene con sus cuidadores. Durante este periodo, se estructuraría una representación mental de sí mismo y de las relaciones con las demás personas, a partir de la cual, se interpretarían las acciones de todos los que nos rodean, regulando así nuestra conducta (Bowlby, 1984).

Concepto funcional del apego

Para el análisis funcional, la conducta es una secuencia infinita de estímulos y respuestas que puede ser explicada o predicha a partir de las relaciones de contingencia establecidas entre ellas. Por otro lado, considera los fenómenos reconocidos en otros enfoques como procesos internos y variables cognitivas, como resúmenes de secuencias conductuales más complejas, que facilitarían la explicación de un comportamiento (Froxán, 2020). De esta forma, el concepto de apego, visto desde un enfoque funcional, describe el tipo de respuestas que provoca en un sujeto una persona determinada y la interacción con ella cuando estos funcionan como estímulos condicionados.

La psicóloga María Xesús Froxán formula un concepto funcional del apego describiéndolo como una historia de intercambio de reforzadores entre dos personas que hacen que se condicione apetitivamente tanto la interacción como la persona en sí misma (Froxán, 2020). Esto implica que las consideradas por Bowlby como figuras de apego, lo son debido a que han sido reforzadas sistemáticamente en el pasado. Con esta formulación, Froxán aporta una fundamentación teórica y metodológica robusta a nociones, que, por momentos, son tomadas como ininteligibles por otras corrientes.

La ‘persona significativa’ es un estímulo condicionado, y su proximidad provoca respuestas asociadas con sentimientos agradables como el de seguridad. Debido a ello, ante situaciones desagradables o amenazantes, se busca la cercanía de esta persona para reducir el malestar e incrementar las respuestas agradables (Froxán, 2020).

Diferencias entre el concepto clásico de apego y su enfoque funcional

En primer lugar, es posible observar que el concepto funcional del apego descarta la existencia de procesos innatos involucrados en este fenómeno, así como cualquier predisposición biológica a las respuestas que lo componen. Por el contrario, considera que son solo los agentes ambientales los que influyen en esta dimensión. Esto implicaría que cualquier particularidad en el vínculo se originaría de una historia de interacciones singular entre dos sujetos determinados, y no de algún factor individual propio de cualquiera de los participantes en la operación.

Además, el modelo representacional propuesto por la teoría del apego clásica queda descartado por el concepto funcional, para centrarse en las conductas o respuestas y en el proceso de su adquisición. De esta forma, las conductas de apego estarían determinadas por una historia de condicionamiento a un agente contextual, y no por un mecanismo interno inobservable que no puede ser estudiado.

Cabe destacar, que la Doctora Froxán señala el papel protagónico que la madre tiene como figura de apego en la noción clásica del apego. No obstante, es justo decir que esta noción inicial de la teoría fue rectificada por Bowlby y Ainsworth en años posteriores, reconociendo que la figura del cuidador podía ser ocupada por cualquier persona que estuviera a cargo de la educación del niño, sin importar su parentesco (Ainsworth, 1989).

Utilidad de un concepto funcional del apego

El concepto de apego formulado por la Doctora Froxán desde un enfoque funcional, surge como un intento por interpretar diferentes nociones de psicología que engloban algunos comportamientos observados en la intervención clínica, a partir de los principios del análisis conductual. Sin embargo, esto no significa que se pretenda traducir los conceptos de otras corrientes a términos conductuales. Por el contrario, dichas nociones son consideradas por la autora como conceptos pseudo explicativos, que hacen alusión a secuencias conductuales que podrían ser analizadas y mejor comprendidas a partir del análisis funcional (Froxán, 2020).

El análisis funcional entiende el apego a partir de las respuestas que este involucra, y más allá de las conductas que el concepto clásico engloba. De esta forma, es capaz de evaluar las funciones posibles de tales conductas, así como sus antecedentes y consecuencias. Esto, con el fin de predecirlas y modificarlas si estas generan un problema. El objetivo de este planteamiento, es el diseñar modelos de intervención que reduzcan la frecuencia de aquellas respuestas que constituyan un conflicto; o bien, incrementar la aparición de conductas alternativas (Miltenberger, 2013).  

Referencias:

  • Ainsworth, M. (1989) Attachments beyond infancy. American Psychologist, volumen (44), número (4), pp. 709–716. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  • Bowlby, J. (1984) La Pérdida Afectiva. Tristeza y Depresión. Buenos Aires, Argentina. Paidós.
  • Bowlby, J. (1998) El apego. Ciudad de México, México. Paidós México.
  • Froxán, M. (2020) Análisis funcional de la conducta. Editorial Pirámide. Madrid, España.
  • Miltenberger, R. (2013) Modificación de conducta: Principios y procedimientos (5a ed.). Ediciones Pirámide. academia.edu

¿Crisis de replicación o replicabilidad en psicología?

psicologia-crisis-de-replicacion-o-replicabilidad-en-psicologia-mente-y-ciencia

Desde sus inicios como una disciplina formal, la psicología ha enfrentado muchos obstáculos para demostrar el valor científico de sus descubrimientos. No obstante, el esfuerzo conjunto de incontables profesionales a lo largo de más de un siglo de desarrollo, ha hecho posible el diseño de numerosas metodologías de exploración, experimentación y evaluación que brindan solidez a las aportaciones en este campo. Sin embargo, en la última década ha surgido una creciente inquietud sobre el fenómeno bautizado como ‘la crisis de replicación o replicabilidad en psicología’; debido a que los hallazgos en diversos trabajos a menudo no se pueden repetir. Por tal motivo, determinados profesionales de la psicología vienen demandando un mayor escrutinio en los protocolos de investigación, así como en los aspectos formales relacionados con las publicaciones científicas.

Contenidos relacionados:

¿Qué es la replicación?

En términos de la investigación científica, la replicación es el método de verificación de un resultado empírico o una conclusión a través de la repetición de un procedimiento específico. Esto es, la obtención de resultados consistentes cuando se repite un estudio (Open Science Collaboration, 2012). La replicación puede ser evaluada principalmente de dos formas:

  • Dicotómica: es decir, el número de éxitos o fracasos en replicaciones sucesivas.
  • Cuantitativa: evaluando en qué medida el efecto del experimento original se presenta en las repeticiones.

(Bustos, et.al 2020).

Un estudio de réplica es un procedimiento que se utiliza para verificar la veracidad y exactitud de los resultados informados (Centeno, Domínguez, 2020). En psicología, es posible distinguir tres tipos de replicabilidad:

  • Directas: comprueban la fiabilidad de un resultado al realizar repeticiones con sujetos, laboratorios o contextos diferentes.
  • Sistemáticas: confirman la validez externa de un hallazgo cambiando alguna variable.
  • Conceptuales: ponen a prueba un principio o teoría al cambiar todas las variables que se consideran no suficientes o necesarias.

(Valero, 2015).

Una falla en la replicación no es inherentemente negativa, ya que esta puede potenciar la innovación y promover investigaciones posteriores (Open Science Collaboration, 2015).

¿Por qué es necesaria la replicación en psicología?

Como ya se ha comentado, la replicación sirve para establecer la fiabilidad y generalidad de los resultados de una investigación. En este sentido, la psicología requiere de las replicaciones para consolidarse como una ciencia acumulativa y autocorrectiva que permita comprobar los hallazgos reales y refutar los falsos (Bustos, et.al 2020).

En términos generales, la replicación es esencial para garantizar la validez del conocimiento, ya que demuestra que es posible obtener los mismos resultados en otro lugar, cuando una prueba es realizada por otro investigador o investigadora (Centeno, Domínguez, 2020). A partir de tal garantía, la psicología es capaz, no solo de construir un conocimiento fundamentado y riguroso sobre el comportamiento humano, sino, además, de aplicar dicho saber en el contexto real de la atención clínica, la educación, los negocios y la política (Psychology Today, 2021).

¿En qué consiste la ‘crisis de replicación en psicología’?

La llamada crisis de la replicación o replicabilidad dentro de la psicología surge en el marco de la psicología social en el año 2010, para luego extenderse a las demás ramas de la disciplina en los años subsecuentes (Centeno, Domínguez, 2020). Un estudio realizado por la Open Science Collaboration en 100 experimentos, estimó que solo un 36% de ellos eran estadísticamente significativos tras los estudios de réplica (Open Science Collaboration, 2015). Investigaciones como esta, dieron lugar a que numerosos profesionales cuestionaran los criterios de calidad del resto de la producción científica ya existente, mostrando inquietud por un posible exceso de falsos positivos (Centeno, Dominguez, 2020).

Si bien es cierto que la psicología no es la única ciencia que debe lidiar con problemas de replicación, esta es considerada una crisis potencial en esta disciplina debido a que la medición de la conducta es menos precisa que el cálculo de otras dimensiones. Situación especial que fortalece la desconfianza generada por cualquier irregularidad en este campo (Psychology Today, 2021). Si a esta condición se agrega el hecho de que en psicología existen más publicaciones con resultados positivos (94%) que en otras ciencias (Valero, 2015), es justo afirmar que este no es un problema que deba tomarse a la ligera.

Cabe resaltar que la llamada ‘crisis de replicabilidad en psicología’, no solo tiene repercusiones a nivel metodológico o ético. Los hallazgos y conclusiones difundidas por las distintas investigaciones son replanteadas y aplicadas por muchos profesionales y académicos que las toman como hechos comprobados; por lo que, al final, el efecto de este problema termina afectando el aspecto práctico de la psicología o incluso su prestigio (Centeno, Dominguez, 2020).

Causas de la ‘crisis de replicación en psicología’

Sometiendo a un análisis y crítica rigurosa los posibles factores causales de este fenómeno, encontramos que una de las razones por las que el problema de replicación en investigaciones de psicología es considerado como una crisis potencial, es la gran variedad de factores involucrados e interrelacionados. Estos son de muy diferentes clases, pasado desde dificultades metodológicas, hasta intereses económicos o prácticas poco éticas. Aun así, es posible categorizar estas variables en diferentes tipos:

Factores individuales durante la investigación

  • Influencia de las expectativas del investigador o investigadora sobre sus sujetos o resultados -efecto Rosenthal-.
  • Los investigadores e investigadoras solo prestan atención a los datos que confirman sus hipótesis, ignorando aquellos que los rechazan -sesgo de confirmación-.
  • Manipulación de los datos y estadísticas para obtener positivos.
  • Aumento de la muestra y cambios en los participantes.
  • Interpretación sesgada de los resultados, que no representa los datos brutos.
  • Las teorías e hipótesis de mayor renombre tienen peso en la interpretación final, por lo que la notoriedad de la teoría generaría un sesgo.
  • Formulación de las hipótesis a medida que se exploran los datos, sin desarrollar un planteamiento a priori (p-hacking).

Factores contextuales que obstaculizan la replicabilidad

  • Los investigadores e investigadoras buscan trabajar en temas novedosos o de moda.
  • Las revistas científicas valoran la novedad por encima de la replicabilidad.
  • Los investigadores e investigadoras ajustan sus artículos a las expectativas de los evaluadores.
  • En psicología, existe una actitud negativa hacia la publicación de estudios de réplica.
  • Las revistas casi nunca publican resultados negativos.
  • No se refuerza al personal de investigación para realizar replicaciones.
  • Se considera que el desarrollo de estudios de réplica es un signo de falta de prestigio, originalidad o emoción.

Dificultades metodológicas dentro de la investigación

  • Diferencias leves o sesgos en la interacción de los equipos.
  • Condiciones externas de aplicación diferentes.
  • Diseños de investigación poco robustos.
  • Se utilizan solo los instrumentos de evaluación más propicios para la comprobación de hipótesis.
  • Diferencias culturales entre poblaciones estudiadas.

(Valero, 2015; Bustos, et.al 2020; Centeno, Domínguez, 2020).

¿Realmente existe una ‘crisis de replicación en psicología’?

Para un importante sector de profesionales en salud mental, la proclamación de una ‘crisis en la psicología’ provocada por los problemas de replicación en los estudios de este campo, es una postura alarmista (Psychology Today, 2021). Misma que estaría ocasionada por una noción demasiado superficial e irreflexiva sobre la naturaleza de la investigación científica.

Para estos autores y autoras, es necesario destacar que la replicación no puede ser considerada como una norma definitoria del carácter científico de un trabajo académico; ya que la relevancia de esta práctica ha variado de comunidad en comunidad científica a lo largo del tiempo. Aunado a esto, existen disciplinas dentro de las ciencias sociales donde la interpretación de los datos se encuentra asociada a la comprensión que el propio investigador tiene del fenómeno; por lo que es muy difícil replicar sus resultados de forma independiente, aun contando con los mismos datos (Bustos, et.al 2020). Del mismo modo, existen metodologías científicas que están interesadas en extraer y construir un conocimiento explícitamente situado y aplicado -ya sea a un grupo concreto, a un colectivo social o a un municipio-, por lo que la generalización de los resultados a otras comunidades y esferas no forma parte ni tan siquiera de los objetivos de la investigación.

Frente a esto, es necesario reconocer que la supuesta ‘crisis de replicación en psicología’ tiene implicaciones más allá de las fallas metodológicas. Según sostienen los promotores de esta idea, esta crisis podría poner en entredicho la credibilidad de la ciencia psicológica, así como todas las aportaciones provenientes de ella hasta ahora (Psychology Today, 2021).

Por un lado, este reclamo pone en evidencia una crisis ética, ya que muchas de las alteraciones y sesgos contenidos en estudios y experimentos en psicología son realizados de forma voluntaria por los propios investigadores; con el fin de ajustar sus resultados a las demandas de las revistas especializadas y la propia comunidad científica. Además, coloca en la mira al sistema que rige la publicación y difusión de hallazgos académicos, el cual se encuentra mucho más interesado en la novedad y su propio prestigio, que en el descubrimiento de la verdad y el desarrollo del conocimiento (Bustos, et.al 2020). Esta última postura, más que cuestionar la validez del conocimiento propio de la ciencia psicológica, critica cómo la política editorial de la industria de la publicación científica podría estar contribuyendo a generar esta ‘crisis de replicación en psicología’.

Medidas ante la ‘crisis de replicación en psicología’

Algunos psicólogos han sugerido respuestas frente al problema de replicación que enfrenta la psicología, y la crisis de confianza generada. Dichas medidas, implican intervenciones tanto a nivel técnico como pautas conductuales dirigidas a los investigadores y aquellos encargados de difundir los hallazgos científicos:

  • La creación de organizaciones como la Open Science Collaboration, que evalúen la reproducibilidad de la ciencia psicológica.
  • Reestructurar los incentivos a las publicaciones de replicabilidad.
  • Promover la creación de espacios dedicados a la replicación dentro de las revistas especializadas.
  • Formalizar el pre-registro de hipótesis y planes de trabajo en estudios a publicar, con el fin de evitar prácticas de investigación cuestionables.
  • Promover la publicación abierta de datos, scripts y análisis de los trabajos de investigación, que faciliten desarrollar estudios de réplica posteriores.
  • Conducir replicaciones de hallazgos recientes, aplicando los protocolos de investigación en muestras más grandes y aprovechando medidas minuciosamente probadas.

(Bustos, et.al 2020; Centeno, Dominguez, 2020; Psychology Today, 2021).

Finalmente, es necesario resaltar que una de las conclusiones más importantes surgidas de este debate, es la necesidad de abandonar, de una vez por todas, la difundida idea de que los estudios únicos pueden producir resultados generalizables. Estos, por el contrario, deberían ser utilizados solo como un punto de partida para el desarrollo de investigaciones que corroboren los resultados iniciales o detecten otras variables involucradas en el proceso (Bustos, et.al 2020). Únicamente a través de replanteamientos como este será posible recuperar la confianza que no solo el público lego, sino muchos profesionales, han perdido en la psicología como disciplina científica.

Referencias:

  • Bustos, C., Zañartu, N., Salcedo, P., Díaz, A. (2020) Identificación de las Creencias de los Investigadores en Psicología Relacionadas a la Publicación de Replicaciones. PSYKHE, volumen (29), número (2), pp. 1-18. scielo.conicyt.cl
  • Centeno, S., Domínguez, S. (2020) La replicabilidad en la investigación psicológica: una reflexión. Interacciones, volumen (6), número (3). ojs.revistainteracciones.com
  • Open Science Collaboration (2012) An Open, Large-Scale, Collaborative Effort to Estimate the Reproducibility of Psychological Science. Perspectives on Psychological Science, volumen (7), número (6), pp. 657-660. journals.sagepub.com
  • Open Science Collaboration (2015) Estimating the reproducibility of psychological science. Science, volumen (349), número, (6251). researchgate.net
  • Psychology Today (2021) Replication Crisis. Psychology Today: sitio en línea. psychologytoday.com
  • Valero, L. (2015) La replicación como base del método científico ¿Qué pasa en Psicología? Conferencia: IV Congreso SAVECC. researchgate.net

¿Es el controvertido ‘coaching’ otra pseudociencia?

psicologia-es-el-controvertido-coaching-otra-pseudociencia-pseudoterapia-mente-y-ciencia

En la actualidad, las prácticas conocidas como coaching se encuentran presentes en muy diferentes sectores de la actividad humana; destacándose su popularidad en los ámbitos organizacional, educativo y clínico. Esta práctica, que se erige como una ‘herramienta de superación personal‘, promete ayudar a las personas y organizaciones a resolver todo tipo de problemas profesionales y personales, por medio de la consecución de metas y objetivos. Sin embargo, los supuestos beneficios del coaching se alejan mucho de las bondades que sus practicantes y defensores prometen, constituyendo una forma de pseudociencia. Al carecer de una base sólida, de unos principios teóricos fundamentados, de un método comprobado, así como de resultados contrastados empíricamente; el coaching ejerce una competencia desleal y negligente a la psicología -bajo el paraguas de la gestión emocional, la realización personal, la autoayuda, el bienestar y el desarrollo personal y profesional-; poniendo con ello en peligro la salud y la integridad de las personas captadas.

Contenidos relacionados:

A continuación, se exponen algunas de las principales características de la controvertida y popular pseudociencia del coaching que, instalada en un limbo legal y sin regulación alguna que respalde su ejercicio profesional, se ha convertido en fuente de toda clase de intrusismos profesionales. Atribuyéndose facultades de disciplinas tan diversas como la psicología, la psicoterapia, la nutrición o la dietética.

La dificultad para definir operativamente el coaching

El primer gran problema al que nos enfrentamos al acercarnos al coaching es la dificultad que existe para conceptualizarlo claramente. En términos muy generales, el coaching es definido como un proceso que favorece el aprendizaje y el desarrollo, mejorando el rendimiento de una actividad específica (Al Hilali, et.al 2020). Aunque el coaching se asociaba en primera instancia con el entrenamiento deportivo, la proliferación del coaching como herramienta de crecimiento personal surge en el ámbito organizacional; de ahí que muchas de sus versiones tengan como objetivo incrementar la competitividad profesional. En la actualidad, el ejercicio de esta actividad se ha trasladado a muchas otras áreas, afirmando ser un proceso que ayuda o facilita cambios conductuales positivos en la vida de las personas entrenadas, a través del uso apropiado de estrategias, herramientas y técnicas; con el fin de lograr metas personales específicas (Passmore, Lai, 2019).

Al analizar los diferentes intentos por definir el coaching, es posible evidenciar la vaguedad con la que se describe tanto su objetivo como su metodología. Esta situación ha generado la confluencia de una amalgama de supuestas prácticas para el desarrollo personal y profesional que se identifican como coaching -en ocasiones combinadas con otras pseudociencias o pseudoterapias como la PNL, la hipnosis; integrando propuestas de la psicología positiva o corrientes filosóficas o espirituales como el budismo-. Sin embargo, su malogrado concepto se basa realmente en la descripción de una intención, y no en la especificación de sus metas, bases o los medios por los que, supuestamente, posibilitarían ese cambio. Aun así, es posible destacar algunas características básicas compartidas por las diferentes prácticas del coaching:

  • Afirman centrarse en las soluciones y no en los problemas. Esto es, no buscan eliminar afecciones o disfunciones, sino cumplir objetivos.
  • Se centran en los objetivos acordados con el cliente, no en sus necesidades reales.
  • Suelen cumplir con un número limitado de intervenciones.
  • Por lo general, se basan en interacciones uno a uno, aunque existen versiones grupales.

(Passmore, Lai, 2019).

Las diversas especialidades de la pseudociencia del coaching

Aunque existen distintas variedades del coaching, la gran mayoría de ellas se basan en algún tipo de pseudociencia o constituyen alguna forma de pseudoterapia o pseudopsicología. A continuación, se describen brevemente los tipos de coaching más conocidos:

  • Coaching organizacional: su propósito es utilizar una amplia variedad de técnicas y métodos de comportamiento para ayudar al cliente a lograr un conjunto de objetivos mutuamente identificados para mejorar su desempeño profesional y satisfacción personal. La naturaleza de estas herramientas es muy variada, y en el mejor de los casos, extraída de enfoques terapéuticos reconocidos, en los que el coach carece de formación, experiencia o entrenamiento formal y cuya efectividad no ha sido comprobada frente a tales situaciones.
  • Life coaching: se presenta como un medio no clínico que ayuda a las personas a cumplir sus objetivos y alcanzar el bienestar. Puede emplear técnicas de posturas terapéuticas establecidas; aunque, por lo general, se centra en interacciones uno a uno, donde se racionalizan o intelectualizan los problemas que los clientes enfrentan. Al no realizar una evaluación psicológica profesional, ni efectiva, y al centrarse solo en los deseos de las personas, constituye un gran riesgo para individuos que enfrentan problemas serios o padecen algún tipo de afección psicológica.
  • Health coaching: es un proceso centrado en el paciente y basado en la teoría de la modificación conductual. Se puede llevar a cabo por profesionales de la salud con diversa formación. Comúnmente, se enfoca en resolver problemas como la adherencia al tratamiento o la superación de limitaciones temporales o permanentes. Cuando esta forma de coaching la implementa profesionales sanitarios capacitados, se reconoce como uno los pocos tipos de coaching con ciertas bases metodológicas.
  • Coaching basado en algún enfoque: son procesos de coaching que pretenden ganar legitimidad mezclando principios o técnicas de un enfoque terapéutico o pseudociencia específica.

(O’Connor, Lages, 2005; Passmore, Lai, 2019).

Encontramos otras formas de coaching populares, que van desde la pseudociencia -que pretende aparentar ser una disciplina científica- hasta otras propuestas de corte más pintoresco, e incluso esotérico: Coaching directivo, coaching deportivo, coaching funcional, coaching cognitivo, coaching coercitivo, coaching ‘de citas’ -para encontrar pareja o ligar-, hasta el coaching religioso, el coaching con inteligencia emocional o el coaching cuántico.

¿Por qué el coaching es una pseudociencia?

Las principales razones por las que el coaching puede clasificarse como una pseudociencia o una pseudoterapia, son la ausencia de un cuerpo teórico formal y fundamentado y la falta de evidencia científica que respalde tanto su metodología, como sus supuestos resultados.

El psicólogo y profesor de la UNIFÉ -Perú-, Alejandro Khaled Salomón Paredes, denuncia en su artículo titulado ‘Coaching: una pseudopsicología de la posmodernidad’ (2018):

Cada vez llegan más personas a mi consulta con una problemática común: refieren una mejoría en forma de alivio, empoderamiento o esperanza temporal que luego deriva en un malestar significativo en términos psicológicos y emocionales, tras haber recurrido a un ‘coach’ por alguna razón específica. La experiencia suele ser inicialmente muy auspiciosa: cambios anímicos favorables, una motivación inmensa a lograr todo lo que se propongan y una perspectiva positiva de las circunstancias. Sin embargo tras un leve lapso de tiempo refieren sentirse peor que antes, como si todo lo trabajado no hubiera calado en el ser mismo a profundidad, como si el cambio fuera solo superficial (Paredes, 2018).

El coaching es una pseudociencia porque no cuenta con un cuerpo teórico fundamentado

Las y los seguidores del coaching suelen afirmar que los antecedentes del coaching se remontan a las disciplinas de capacitación, la psicología o la filosofía misma, pretendiendo que cualquier mención del término ‘coaching’ en la literatura de estas disciplinas, forma parte del desarrollo histórico de esta práctica. En realidad, el desarrollo de lo que hoy se conoce como coaching comienza en la década de los 80 en al ámbito organizacional -muy ligada a las prácticas neoliberales-, como una forma de articular los objetivos del entrenamiento profesional, pero sin determinar una metodología o enfoque específico (Passmore, Lai, 2019).

El coaching es una pseudociencia porque carece de rigor metodológico y de soporte científico

Por otro lado, se han desarrollado algunos intentos por dar legitimidad científica al coaching. Un ejemplo de ello es la llamada ‘psicología del coaching‘, la cual es definida tanto como una forma de mejorar el bienestar y el desempeño en los dominios de la vida personal y laboral; así como una forma de estudiar la conducta, los procesos cognitivos y las emociones. Todo ello, respaldado por modelos de coaching, supuestamente basados ​​en enfoques psicológicos establecidos (Passmore, Lai, 2019). Como es posible observar, este tipo de ejercicios se limitan a exponer una intención general, pero no desarrollan una plataforma teórica propia ni establecen un medio concreto para llegar a los fines que se proponen. Permitiendo con ello, la libre interpretación de sus definiciones.

El coaching es una pseudociencia porque no existen evidencias científicas que respalden sus resultados

Finalmente, es necesario dejar claro que no hay evidencia científica que respalde los resultados del coaching; por tanto no es posible determinar el grado de efectividad o eficacia de las intervenciones basadas en las múltiples formas de coaching. En este sentido, existen investigaciones, como la realizada por la Red Española de Agencias de Evaluación de Tecnologías y Prestaciones del Sistema Nacional de Salud, que han determinado que prácticas como el coaching transformacional, no cuentan con ensayos clínicos aleatorizados, revisiones sistemáticas o meta-análisis publicados, que respalden el éxito que -paradógicamente- dicen tener (Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, 2019).

La capacitación o preparación de los y las ‘coaches’

Un aspecto que es importante resaltar en torno al coaching, son las funciones particulares, habilidades y competencias que -en teoría- sus programas exigen a sus coaches. Para que estos coaches pudieran acometer con éxito el desempeño de sus actividades -y así cumplir con sus promesas-, requerirían de una formación extraordinariamente completa. Algunas de las habilidades y competencias profesionales de los y las coaches, deberían ser:

  • Capacidad para realizar evaluaciones psicológicas y educativas, con el fin de detectar debilidades y necesidades.
  • Ser expertos o expertas en el área profesional de mentoría -coaching organizacional-.
  • Habilidad para analizar el desempeño actual, diseñar el programa de aprendizaje adecuado y evaluar los resultados.
  • Capacidad para coordinar los recursos para lograr metas, optimizar el desempeño, la satisfacción y el equilibrio en la vida.
  • Poseer experiencia en atención clínica que le permita orientar a sus clientes en conflictos personales.
  • Tener empatía y ser capaz de comprender distintos puntos de vista.
  • Ser una persona clara, concisa y paciente.
  • Tener conocimiento y buen manejo de técnicas de resolución de conflictos.
  • Conocer a profundidad los enfoques psicoterapéuticos de los que provienen sus técnicas y herramientas.
  • Ser capaz de generar soluciones creativas frente a problemas repentinos.

(Al Hilali, et.al 2020; Lexington, 2021).

En suma, para que un o una coach pudiera acometer la actividad que promete, requeriría una formación especializada en psicología -tanto psicoterapia o psicología clínica y de la salud, como psicología organizacional-, administración, marketing, economía y pedagogía, además de ser un experto o experta en cualquiera que fuera el área a entrenar. Aunado a ello, debería contar con habilidades extraordinarias de expresión, resolución de conflictos y negociación. En países como España, solo para realizar una evaluación psicológica en el ámbito sanitario, se requiere de una formación universitaria de 4 años -Grado Universitario en Psicología-, más un año y medio de Máster en Psicología General Sanitaria, o la formación como PIR -Psicólogo/a interno/a residente-, que sumarían 4 años más. Si a eso le sumamos otras competencias profesionales, como el marketing, la administración o la economía; cualquier persona que se anunciara como coach debería de estar en posesión de un currículum con varias carreras y más de 10 años de formación superior universitaria.

Desafortunadamente, en la realidad, aquellos o aquellas coaches que tienen algún tipo de formación -no es obligatorio, pues no es una profesión regulada-, solo suelen recibir cursos breves sobre coaching -incluso seminarios o formaciones de una semana de duración, o menos-. En el mejor de los casos, a través de formaciones con mayor carga lectiva, reciben una noción introductoria sobre los aspectos mencionados; mientras que, en muchas otras ocasiones, únicamente son entrenados en los objetivos generales que persigue el coaching, sin mayor precisión.

Los peligros de una pseudociencia como el coaching

A continuación, se relacionan algunos de los riesgos del coaching:

  • El coaching puede incurrir en análisis parcializados o sesgados de los problemas, por falta de formación, experiencia y capacitación en evaluación por parte del coach. No olvidemos que si son problemas que interfieren en la salud, -en España- requieren legalmente de la intervención de un/a psicólogo/a general sanitario/a, como mínimo.
  • Por la misma razón, el coach puede manejar de forma inadecuada recursos pedagógicos y terapéuticos al no disponer de entrenamiento formal, ni de capacitación legal.
  • Recurrir al coaching podría implicar la inversión de recursos económicos considerables en servicios de consejería ineficaces.
  • Al focalizar la actividad exclusivamente en los deseos de los clientes; se corre el peligro de desatender e incluso de ignorar la posible presencia de afecciones psicopatológicas, obviando los factores causales de las problemáticas.
  • El coaching podría privar a la persona demandante de ayuda de intervenciones verdaderamente eficaces en períodos críticos; suponiendo esto un peligro para la salud del consultante.
  • El coaching podría derivar en la simplificación o reducción de las problemáticas reales a fórmulas retóricas, circulares o metafóricas con propuestas de autoayuda y empoderamiento vacías de contenido.
  • El coaching podría generar decepción y agravar la situación de la persona al no cumplirse con las expectativas.
  • El coaching surgió en el seno del capitalismo, y a día de hoy, está concebido como una herramienta estratégica para mejorar la competitividad con un fuerte arraigo neoliberal. En este sentido, la persona demandante de ayuda puede ser responsabilizada -y criminalizada-, al confundir el coach fenómenos sociales complejos, sistemáticos y estructurales -como la pobreza, la desigualdad o el desempleo-, con aspectos individuales. En estos casos, la situación de precariedad o de malestar serían consecuencia de ‘no esforzarse lo suficiente‘ ; generando en la persona procesos de revictimización.

Conclusiones

Analizando lo anterior, es posible concluir que el coaching -en la mayoría de sus variantes-, es una práctica sin base científica, cuyas intervenciones no solo no han sido validadas empíricamente, sino que, en el peor de los casos, -más allá de un posible fraude o delito de intrusismo profesional- podrían constituir un peligro para la salud y la integridad de las personas consultantes. Esto, como consecuencia de una evaluación y actuación ineficaz, inadecuada o negligente, que además podría privar a la persona usuaria de una intervención verdaderamente efectiva.

Referencias:

  • Al Hilali, K., Al Mughairi, B., Kian, M., Karim, A.M. (2020) Coaching and Mentoring Concepts and Practices in Development of Competencies: A Theoretical Perspective. International Journal of Academic Research in Accounting, Finance and Management Sciences, volumen (10), número (1), pp. 41-54. researchgate.net
  • Lexington, S. L. (2021) Coach empresarial: quién es y cuáles son sus funciones motivacionales. Lexington.es. lexington.es
  • Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social (2019) El Gobierno lanza la campaña #CoNprueba frente a las pseudoterapias y las pseudociencias. España, Nota de prensa. mscbs.gob.es
  • O’Connor, J., Lages, A. (2005) Coaching con PNL: Guía práctica para obtener lo mejor de ti mismo y de los demás. Barcelona, España. Ediciones Urano.
  • Paredes, A. K. S. (2018). Coaching: una pseudopsicología de la posmodernidad. Avances en Psicología, 26(1), 23-32. revistas.unife.edu.pe
  • Passmore, J., Lai, Y. (2019) Coaching psychology: Exploring definitions and research contribution to practice? International Coaching Psychology Review, volumen (14), número (2). trishturner.co.uk

Pesadillas en adultos ¿Qué casos son patológicos?

pesadillas-en-adultos-que-casos-son-patologicos

Las pesadillas son una parasomnia frecuente en niños, niñas y adolescentes, con tendencia a desaparecer con el tiempo, como parte del proceso normal de maduración (Miró, Martínez, 2004). No obstante, este tipo de sueños angustiosos también pueden presentarse en etapas posteriores de la vida; siendo el resultado de diversos eventos estresantes, o bien, manifestándose como una expresión más de otros trastornos psicológicos. Debido a esto, las pesadillas en adultos son un tema de gran interés para la psicología clínica y experimental; considerando también, que su presencia pude ser una fuente de malestar significativo por sí misma; además de constituir un indicador potencial de problemas clínicos más severos.

Contenidos relacionados:

¿Qué son las pesadillas?

Las pesadillas son sueños caracterizados por emociones negativas intensas; frente a los cuales, es frecuente despertar abruptamente sintiendo aún dichas sensaciones. El sentimiento más común en estos sueños es el miedo, pero también se puede experimentar ira, tristeza o desagrado (Matsumoto, 2009).

Para la psicología clínica, las pesadillas son un tipo de parasomnia, es decir, una alteración caracterizada por comportamientos anormales durante el sueño. Estas se distinguen por despertares constantes y repentinos provocados por sueños extremadamente terroríficos y prolongados, los cuales dejan recuerdos vívidos. Dichos sueños suelen estar relacionados con amenazas a la supervivencia, seguridad o autoestima. Para que estos sean considerados una patología por sí misma, deben provocar malestar significativo o afectar la vida social o laboral de quien las padece (American Psychiatric Association, 2013).

Las pesadillas en adultos pueden distinguirse de los malos sueños, ya que estos últimos no conducen a despertares repentinos y son descritos como sueños negativos o perturbadores (Zadra, Donderi, 2000).

El estudio de las pesadillas en el ámbito clínico distingue dos tipos: pesadillas postraumáticas, las cuales ocurren tras un evento estresante y suelen ser síntoma de un trastorno de estrés postraumático; y pesadillas idiopáticas, las cuales son causadas por factores cotidianos o están asociadas a otra afección psicológica (Rimsh, Pietrowsky, 2020).  

¿Por qué se presentan las pesadillas en adultos?

Como ya se ha comentado, las pesadillas en niños, niñas y adolescentes son manifestaciones clínicas comunes provocadas por estrés psicosocial; mismas que suelen desaparecer por sí solas, o mutar en otro tipo de trastornos con la edad (Miró, Martínez, 2004). No obstante, los trabajos de investigación en torno a este fenómeno han dado lugar a diferentes teorías sobre las causas de las pesadillas tanto en adultos como en menores.

La función adaptativa de las pesadillas

En primer lugar, es necesario destacar que, aunque muchas personas suelen reportar eventos emocionalmente intensos que pueden contribuir al desarrollo de problemas del sueño, una gran parte de los casos de pesadillas no tienen un origen ‘traumático’. Por el contrario, se relacionan con eventos estresantes cotidianos, tales como una separación sentimental, un cambio abrupto en la rutina, el inicio de un nuevo empleo o una evaluación académica próxima (Miró, Martínez, 2004; Mayo Clinic, 2021).

Para algunos autores y autoras, las pesadillas en los adultos son un mecanismo de afrontamiento ante situaciones estresantes en dónde las dificultades diarias son incorporadas al sueño para elaborarlas. En este sentido, las pesadillas reducirían el impacto de los distintos estresores a través de un proceso de exposición repetida. De igual forma, proporcionarían un entorno realista, pero seguro, para explorar soluciones potenciales y practicarlas antes de afrontar dichos problemas en el momento de la vigilia (Miró, Martinez, 2004).

Factores circunstanciales y farmacológicos tras las pesadillas en adultos

El padecimiento de pesadillas también puede estar causado por factores circunstanciales o hábitos inapropiados. Un ejemplo de ello son los cambios constantes e inconsistentes en el horario de sueño, que pueden ocasionar periodos prolongados sin dormir. Además, la ingesta excesiva de alimentos o los alimentos de difícil digestión antes de acostarse pueden contribuir a la formación de sueños angustiosos o desagradables. De igual manera, se ha identificado que algunas personas pueden padecer pesadillas cuando se exponen a contenido de ficción aterrador, como libros, películas o series de terror (Mayo, Clinic, 2021).

Por otro lado, existen estudios que han identificado ciertas sustancias que favorecen o inducen la aparición de pesadillas. En este sentido, las sustancias sedativas-hipnóticas, bloqueadores beta y anfetaminas son los fármacos más asociados con la generación de este tipo de sueños (Thompson, Reid, 1999); además de otros agentes con acción adrenérgica, aminérgica y dopaminérgica (Pagel, Helfer, 2003). Esto implica que algunos medicamentos antidepresivos para el control de la presión -tensión arterial- y el tratamiento de Parkinson, se encuentran asociados a esta parasomnia. Además, se ha detectado que el abuso de alcohol y algunas otras drogas recreacionales pueden favorecer que muchos adultos padezcan pesadillas (Mayo Clinic, 2021).

Predisposición psicológica al padecimiento de pesadillas

Algunos investigadores e investigadoras han señalado que ciertos adultos son más sensibles a las pesadillas, debido algún tipo de hipersensibilidad a la actividad emocional. Esto quiere decir que las personas que sufren pesadillas de manera constante, usualmente tendrían problemas para regular de manera efectiva sus emociones (Hartmann, citado por Miró, Martínez, 2004).

Asimismo, se ha teorizado que las pesadillas se relacionan con ciertos estilos cognitivos como la propensión a la fantasía o la disforia; los cuales llevarían a ciertos individuos a centrarse en los estímulos emocionales negativos y en las amenazas que les rodean. De esta forma, el impacto que las pesadillas tienen en la vida y la sensación de bienestar de los individuos, dependería de la interpretación que cada individuo hace de sus sueños, y no de la naturaleza o intensidad del contenido de las pesadillas (Levin, Fireman, 2002).

Pesadillas en adultos y patología

Como ya se ha aclarado, las pesadillas pueden llegar a ser reconocidas como un tipo de trastorno mental por sí mismas, cuyo diagnóstico puede ser establecido bajo ciertos criterios (Krakow, Zadra, 2006). Estas deben ser frecuentes, sin ser el producto de algún factor externo como el consumo de sustancias o la deprivación del sueño voluntaria. Además, deben causar una sensación de malestar significativo durante el día, así como obstaculizar el desempeño óptimo de las actividades académicas y laborales diarias (American Psychiatric Association, 2013; Mayo Clinic, 2021).   

Es importante destacar que las pesadillas frecuentes se encuentran asociadas a muchos tipos de alteración psicológica (Levin, Fireman, 2002). Entre los trastornos mentales más destacados en este sentido se encuentran los siguientes:

  • Trastorno por estrés postraumático (pesadillas postraumáticas)
  • Trastornos del estado de ánimo
  • Ansiedad
  • Insomnio
  • Trastorno esquizotípico de la personalidad
  • Trastorno límite de la personalidad
  • Esquizofrenia

(Belicki, 1992; Miró, Martínez, 2004; Zadra, Donderi, 2000; Rimsh, Pietrowsky, 2020).

Cabe señalar que, aunque las pesadillas se encuentren asociadas a diversas afecciones psicológicas, muchas personas que las sufren no presentan signos de psicopatología (Krakow, Zadra, 2006). Por tal motivo, es prudente no inferir una relación directa entre este fenómeno y cualquier otro padecimiento, sin que un experto o experta realice un diagnóstico adecuado.

Complicaciones de las pesadillas en los adultos

Aunque en muchos casos las pesadillas son un fenómeno relativamente normal cuando se presentan de forma ocasional; estas pueden transformarse en un problema importante en el momento en que su frecuencia o intensidad afecta de manera negativa el bienestar de las mujeres y hombres que las padecen. Algunas de las complicaciones más comunes que puede comportar esta parasomnia, son las siguientes:

  • Sentimientos de ansiedad e indefensión.
  • Temor a dormirse y la puesta en práctica de conductas para evitar dicha actividad.
  • Preocupación por la propia salud mental.
  • Insomnio provocado por el miedo a dormir.
  • Problemas para concentrarse o recordar las cosas.
  • Estado de fatiga constante debida a la deprivación del sueño.
  • Dificultad para desempeñarse de forma adecuada en la escuela o trabajo.
  • Estado de ánimo irritable.
  • Predisposición a desarrollar algún tipo de trastorno del ánimo o ansiedad.
  • Conductas autodestructivas.

(Belicki, 1992; Abramovitch, 1995; Mayo Clinic, 2021).

Considerando todo esto, es muy importante que las y los adultos que vean afectada su vida cotidiana por las pesadillas, busquen la ayuda de profesionales de la psicología para recibir una atención especializada y basada en la evidencia científica.

Referencias:

  • Abramovitch, H. (1995) The nightmare of returning home: A case of acute onset nightmare disorder treated by lucid dreaming. Israelite Journal of Psychiatry and Related Sciences, volumen (32), número (2) pp. 140-145. academia.edu
  • American Psychiatric Association (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM-V. Masson, Barcelona.
  • Belicki, K. (1992) Nightmare frequency versus nightmare distress: relations to psychopatology and cognitive style. Journal of Abnormal Psychology, volumen (101), pp. 592-597. researchgate.net
  • Krakow, B., Zadra, A. (2006) Clinical Management of Chronic Nightmares: Imagery Rehearsal Therapy. Behavioral Sleep Medicine, volumen (4), número (1), pp. 45–7. researchgate.net
  • Levin, R., Fireman, G. (2002) Nightmare Prevalence, Nightmare Distress, and Self-Reported Psychological Disturbance. Sleep, volumen (25), número (2). researchgate.net
  • Matsumoto, D. (Ed.) (2009) The Cambridge Dictionary of Psychology. Cambridge University Press.
  • Mayo Clinic (2021) Nightmare Disorder. MayoClinic.org. mayoclinic.org
  • Miró, E., Martínez, P. (2004) Tratamientos psicológicos de las pesadillas: Una revisión. International Journal of Psychology and Psychological Therapy, volumen (4), número (1), pp. 11-36. dialnet.unirioja.es
  • Pagel, J.F., y Helfter, P. (2003) Drug induced nightmares: An etiology based review. Human Psychopharmacoly, volumen (18), pp. 59-67. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  • Rimsh, A., Pietrowsky, R. (2020) Dreams in anxiety disorders and anxiety. International Journal of Dream Research, volumen (13), número (1). journals.ub.uni-heidelberg.de
  • Thompson, D., Reid, D. (1999) Drug-Induced Nightmares. The Annals of Pharmacotherapy, volumen (33), número (1). researchgate.net
  • Zadra, A., Donderi, D. (2000) Nightmares and bad dreams: their prevalence and relationship to weel-being. Journal of Abnormal Psychology, volumen (109), número (2), pp. 273-281. researchgate.net

El duelo en psicología: teoría, fases, tipos y críticas

el-duelo-en-psicologia-teoria-fases-tipos-y-criticas-mente-y-ciencia

Desde sus inicios hasta nuestros tiempos, la psicología clínica y de la salud ha estudiado la forma en que los seres humanos reaccionan ante una pérdida; interesándose especialmente en la reacción provocada por la muerte de un ser querido. Como resultado de estos estudios, han surgido distintas teorías sobre el llamado trabajo de duelo, destacándose los modelos teóricos que intentan explicar las fases por las que la persona doliente debe cruzar para elaborar su pérdida.

Por un lado, esta clase de esquemas hipotéticos ayudan a especialistas en salud mental, profesionales médicos, familiares y dolientes, a comprender este tipo de dolor de manera sistemática. No obstante, la idea de definir el duelo como una serie de fases que deben ser ‘trabajadas’ o ‘elaboradas’ se ha topado con distintas críticas, las cuales han cuestionado, tanto su validez, como su utilidad.

A continuación, se desarrollan algunas de las posturas más importantes en torno al duelo.

Contenidos relacionados:

Duelo y trabajo de duelo

Uno de los primeros autores que escribió sobre el duelo en el ámbito clínico, fue el psicoanalista Sigmund Freud, quien lo definió como la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces. En este sentido, el trabajo de duelo consistiría en un proceso donde, en condiciones normales, el ‘yo’, al ser confrontado con la realidad de la pérdida, retira la ‘libido del objeto perdido’, desplazándola hacia otro objeto (Freud, 1917). Aunque muchas de las ideas de Freud han sido descartadas por falta de evidencias científicas, existen diversos elementos de su postura frente al duelo que sobreviven en el estudio sobre este fenómeno. Una de las más destacadas, es el considerar la reacción a una pérdida como un proceso que debe ser trabajado o elaborado.

En términos del estudio psicológico del duelo, este puede ser definido como el proceso cognitivo para la confrontación de una pérdida, repasando los eventos anteriores y en el momento de la muerte; concentrándose en los recuerdos y trabajando por el desapego de la persona difunta. La elaboración de este estado implicaría un esfuerzo activo por elaborar la muerte o pérdida por parte del doliente (Stroebe, Shut, 1999).

Un aspecto importante que han destacado muchos estudiosos del fenómeno del duelo, es el hecho de que, aunque éste suele expresarse a través de manifestaciones propias de algunas patologías psíquicas, como un estado de ánimo decaído o confusión mental momentánea, debe ser visto como un proceso común y esperado ante una pérdida (Freud, 1917; Kübler-Ross, 1972; Bowlby, 1984; Shear, et.al 2005). En este sentido, el proceso de duelo sería una reacción normal ante una situación extraordinaria.

Duelo complicado

Desde un inicio, Freud destacó el hecho de que el duelo es una reacción normal ante una pérdida (Freud, 1917). Postura que se ha seguido manteniendo por la mayoría de los investigadores y clínicos que han abordado el tema. No obstante, también desde los comienzos de la clínica se ha distinguido una versión complicada o patológica de este proceso.

En psicología, existe la idea extendida de que las y los dolientes necesitan traer la realidad de la pérdida a la conciencia tanto como sea posible, y que la supresión de la misma se relacionaría con un fenómeno patológico (Stroebe, Shut, 1999).

Por otro lado, existen autores y autoras que consideran que la forma en que una persona supera o no la pérdida de un ser querido, depende del tipo de relación que dichos individuos sostuvieron antes de la muerte. En este sentido, el llamado duelo crónico se asociaría con un estado de dependencia previa a la pérdida; mientras que la resiliencia, se relaciona con la aceptación de la muerte antes de la separación o deceso (Bonnano, citado por Hamilton, 2016).

De acuerdo a un estudio que analizó distintos tipos de tratamiento frente a la pérdida, es posible destacar ciertos factores que caracterizarían un proceso de duelo complicado:

  • Sentido de incredulidad frente a la muerte.
  • Ira o amargura ante la muerte.
  • Episodios recurrentes de emociones dolorosas, con intenso anhelo por el difunto.
  • Preocupación por los pensamientos del ser querido, que a menudo incluyen ideas intrusivas angustiantes relacionadas con la muerte.

(Shear, et.al 2005).

El modelo de las cinco fases de Kübler-Ross

Una de las autoras más importantes que han estudiado el fenómeno del duelo y la pérdida, fue la Doctora Elisabeth Kübler-Ross; reconocida como una de las mayores expertas en el proceso de muerte y los cuidados paliativos. Su aportación más famosa al terreno de la tanatología es el modelo de las cinco etapas o fases del duelo, el cual formuló a partir de la observación directa del comportamiento de pacientes terminales.

Fases del duelo según Kübler-Ross

De acuerdo a Kübler-Ross, el proceso de duelo consta de 5 fases:

  • Negación y aislamiento: la persona manifiesta incredulidad ante la pérdida o el diagnóstico de una enfermedad. Se muestra confusa y ansiosa sin poder dar crédito a la realidad de su situación como doliente o enferma. Además, se aleja de los demás como una defensa para evadir la realidad.
  • Ira: el doliente expresa rabia u hostilidad hacia los demás, la persona que ha perdido, o incluso hacia sí misma. Se muestra irritable, y a veces resentida con quienes le rodean. Además, puede expresar culpa por la pérdida o proferir reproches hacia los otros.
  • Pacto: es un esfuerzo por parte del paciente para prolongar lo inevitable. Los enfermos suelen realizar arreglos y realizar promesas con su dios o el personal médico, esperando que su buena conducta u obediencia les sea recompensada con más tiempo de vida. Los dolientes acostumbran acudir a la fantasía para negar la muerte a cambio de buenas acciones o retribuciones al muerto.
  • Depresión: se caracteriza por una gran sensación de tristeza ante las diversas formas que la pérdida adopta. En los enfermos, esta puede presentarse frente a las transformaciones físicas ocasionadas por la enfermedad o los gastos que significa su tratamiento. Los dolientes suelen verse confrontados con todas las pérdidas y cambios que significa la muerte del ser querido, y que hacen evidente su ausencia.
  • Aceptación: es una fase donde pareciera que el dolor o la lucha hubieran desaparecido en los enfermos, siendo sustituida por una tranquilidad casi desprovista de sentimientos. Los dolientes suelen confrontar la realidad y adaptarse a ella de forma constructiva, con el fin de seguir con su vida.

(Kübler-Ross, 1972).

Bowlby y las fases del duelo según la teoría del apego

Para el psicólogo John Bowlby, trabajar a través del duelo es importante, ya que, según sostiene, nos permite reorganizar las representaciones de la persona perdida y, en consecuencia, del ‘yo’. De acuerdo a este autor, si bien el elaborar el duelo posibilita el desapego o la ruptura de vínculos afectivos, al mismo tiempo, también propicia la continuación de dicho vínculo. Esto es, reubica la representación del fallecido para que gradualmente se vaya haciendo un ajuste a la ausencia física de esta persona en su propia vida (Bowlby, 1984).

Bowlby identificó cuatro fases en el proceso de duelo:

  • Estupor o shock: Las y los dolientes se sienten confundidos, ansiosos o incrédulos ante la pérdida reciente. Suelen experimentar un sentimiento de irrealidad ante las cosas que las y los rodean.
  • Anhelo y búsqueda de la figura perdida: Las personas experimentan ira e irritabilidad que alternan con sentimientos intensos de tristeza y pérdida. Suelen sentirse culpables o manifestar reproches hacia la persona perdida.
  • Desorganización o desesperanza: Se experimenta una tristeza profunda al tomar conciencia del carácter irreversible de la pérdida. Las personas se muestran apáticas y tienden a aislarse.
  • Reorganización: El doliente acepta la realidad de la muerte, sin experimentar dolor intenso por el recuerdo de la persona perdida. En esta fase, las personas se encuentran dispuestas a adaptarse a su nueva situación.

(Bowlby, 1984).

El trabajo de duelo en dos fases o modos

Los psicólogos Margaret Stroebe y Henk Shut, desarrollaron un modelo teórico donde se destacan dos categorías de estresores, a los cuales debe de enfrentarse una persona que atraviesa una pérdida. En este sentido, el o la doliente alternarían entre dos modos o fases durante su proceso de duelo; mismo que se presentaría como parte de su vida cotidiana, ya que nadie ocupa todo su tiempo en elaborar una pérdida.

De esta forma, el trabajo de duelo consistiría en dos tipos de actividades:

  • Orientadas a la pérdida: estas se concentran en procesar algunos aspectos de la experiencia de pérdida en sí misma; particularmente aquellos relacionados con la persona fallecida. Ejemplos de estas acciones, son el recordar o ‘rumiar’ sobre la persona querida fallecida; fantasear sobre el futuro que no tuvieron, o llorar por su ausencia.
  • Orientadas a la restauración: estas acciones se centran en un proceso de readaptación a la vida sin la otra persona; muchas veces en un sentido práctico. Comprenden actividades como encargarse de las labores de las que era responsable el finado; poner sus asuntos en orden, o desarrollar una identidad como doliente.

(Stroebe, Shut, 1999).

El modelo de Stroebe y Shut, se distingue por considerar el trabajo de duelo como un proceso dinámico, en el que las personas no solo oscilan entre la elaboración orientada a la pérdida y aquella enfocada en la restauración; sino que, además, toma en cuenta los momentos en los que las y los dolientes confrontan la pérdida y aquellos en los que evaden los estresores que ésta les significa.

Críticas a la división del duelo en fases

A pesar de su utilidad práctica, los modelos que consideran el duelo como un proceso integrado por distintas fases, han recibido considerables críticas. Entre los argumentos más poderosos en contra de estas teorías, se encuentra la falta de evidencia sólida que las soporte. En este sentido, modelos como las fases de Kübler-Ross se encuentran basados en observaciones directas y experiencias de profesionales reconocidos, pero no son apoyados por un trabajo de investigación formal. Asimismo, propuestas como la desarrollada por John Bowlby, nacen de un cuerpo teórico concreto que interpreta el fenómeno de la pérdida desde sus propios principios (Corr, Doka, Kastenbaum, 1999).

Por otro lado, se ha destacado la rigidez que este tipo de posturas sugiere sobre el fenómeno del duelo; ya que propone la existencia de un patrón definido que es malinterpretado por muchas personas no profesionales; las cuales, no consideran las excepciones y particularidades que los autores señalan en sus trabajos originales (Corr, Doka, Kastenbaum, 1999).

Críticas a la hipótesis de trabajo de duelo

Es importante destacar que la propia idea del trabajo de duelo ha sido objeto de críticas importantes. Entre las más destacadas se encuentran aquellas que se centran en la poca claridad que existe en el concepto mismo de elaboración del duelo, así como en los procesos que son considerados normales, y aquellos que evidencian un duelo complicado (Stroebe, Shut, 1999). Analicemos, por ejemplo, la ambigüedad que existe en este sentido al considerar la reacción de una madre que debe sufrir la muerte de un hijo.

Por otro lado, se ha criticado la calidad de los estudios empíricos que sostienen estas teorías, describiendo la noción de trabajo de duelo como una dimensión sin evidencia científica sólida (Stroebe, Shut, 1999; Corr, Doka, Kastenbaum, 1999).

Finalmente, algunos críticos han destacado que estas teorías e hipótesis son solo aplicables en ciertos contextos sociales, ya que cada cultura tiene formas distintas de afrontar una pérdida, así como sus propios rituales de despedida. Ante este hecho, los modelos planteados por muchos autores occidentales corresponderían solo a observaciones de su propia cultura (Stroebe, Shut, 1999).  

Cabe señalar que estas críticas no implican que la reacción emocional ante la pérdida sea un fenómeno inaccesible para el estudio científico. No obstante, tales observaciones sugieren que el proceso de duelo es, tal vez, una manifestación demasiado compleja y personal, para establecer patrones inamovibles que la expliquen.  

Referencias:

  • Bowlby, J. (1984) La Pérdida Afectiva. Tristeza y Depresión. Buenos Aires, Argentina. Paidós.
  • Corr, C., Doka, K., Kastenbaum, R. (1999) Dying and its Interpreters: A Review of Selected Literature and Some Comments on the State of the Field. OMEGA- Journal of Death and Dying, volumen (39), número (4). journals.sagepub.com
  • Freud, S. (1992) Obras completas. Sigmund Freud: Duelo y melancolía [originalmente 1917]. Buenos Aires, Argentina. Amorrortu Editores.
  • Hamilton, I. (2016) Out of hours: Understanding grief and bereavement. British Journal of General Practice, volumen (66). bjgp.org
  • Kübler-Ross, E. (1972) Sobre la muerte y los moribundos. Barcelona, España. Grijalbo Mondadori.
  • Shear, K., Frank, E., Houck, P., Reynolds, C. (2005) Treatment of Complicated Grief: A Randomized Controlled Trial. JAMA, volumen (293), número (21). amanetwork.com
  • Stroebe, M., Shut, H. (1999) The dual process model of coping with bereavement: rationale and description. Death Studies, volumen (23), número (3). wendyvanmieghem.com

Término psicosocial: Errores en su denominación y uso

psicologia-termino psicosocial-errores-en-su-denominacion-y-uso-mente-y-ciencia

En la actualidad, el término ‘psicosocial‘ es ampliamente utilizado en muy distintos contextos; formando parte no solo de trabajos de corte académico o clínico, sino, además, de proyectos de intervención enfocados en la resolución de problemas sociales específicos. No obstante, la noción de lo que se define como psicosocial suele ser muy vaga o confusa, provocando errores en la denominación de este concepto. Esta falta de precisión suele ser atribuida a su uso masivo por diferentes disciplinas y enfoques, quienes interpretan este concepto según convenga a sus objetivos.

Debido a ello, se considera importante analizar este término tan popular y casi coloquial de forma detallada. Esto, con el fin de reflexionar sobre la propiedad de su formulación, su verdadera utilidad en distintos contextos, o incluso, sobre los inconvenientes que esta noción genera a nivel teórico y práctico.

Contenidos relacionados:

Negacionismo, qué es: terraplanistas y antivacunas

Disonancia cognitiva, qué es, aplicaciones y críticas

La cultura del miedo en medios: efectos psicosociales

Los muchos sentidos de lo psicosocial

La principal razón por la que el concepto psicosocial genera tantos errores en su uso, radica en la misma ambigüedad de su significado. Principalmente, este se ha desarrollado a partir de dos interpretaciones diferentes: como el gestor de un movimiento de conciliación, y como el representante de una tendencia de integración.

Por una parte, hay teóricos que consideran que existe una tensión entre el aspecto psicológico -la dimensión individual- y el aspecto social de un fenómeno. Por lo tanto, el enfoque psicosocial implicaría un proceso de mediación entre las personas y su entorno social; donde la intervención en una de estas áreas tendría efectos en la otra (Vásquez, Molina, 2018).

Por otro lado, existe una tendencia a considerar que la realidad no es ni psicológica ni social, sino que se comprende en la producción discursiva que se integra a partir de estas dos dimensiones. De esta forma, el estudio de lo psicosocial se centraría en el análisis de los significados que se generan a partir de la relación de las personas con el contexto (Vásquez, Molina, 2018).

Ahora bien, más allá de las consideraciones teóricas sobre lo psicosocial, este concepto es valorado, además, como un proceso de intervención; conformando una actividad dirigida a la solución de problemas sociales específicos y centrándose en el estudio y modificación de los procesos de interacción entre los individuos y la sociedad (Alvis, 2009).

Asociada a esta interpretación práctica del concepto psicosocial, surge otra acepción distinta: la consideración de una postura o enfoque psicosocial. Esto es, la significación del ser humano como una entidad integral que considera la relación que sostienen las personas con su contexto (Quintana, 2018).

Errores en el uso del término psicosocial

Esta ambigüedad conceptual ha generado importantes imprecisiones en el uso del término psicosocial; produciendo con ello, todo tipo de interpretaciones que se adaptan a los objetivos de cualquier proyecto.

Una tendencia notable en este sentido es la de reducir el término psicosocial a su forma adjetiva. De esta forma, surgen nociones como: fenómeno psicosocial, estrategia psicosocial o factores psicosociales; las cuales pueden tener una gran gama de significados de acuerdo a los intereses de quienes las usen, empleándose de manera intercambiable (Carmona, 2017).

En su forma más simple, lo psicosocial puede ser descrito como aquello relacionado tanto con lo psicológico como con la interacción con otras personas (Matsumoto, 2009). A partir de una noción tan abierta, el potencial de interpretación es muy grande, lo que puede dar lugar a un gran número de errores en el uso del concepto de lo psicosocial.

Además de su generalización y uso masivo, el concepto de lo psicosocial se ha relacionado con una tendencia polémica en la práctica clínica y la atención de problemas sociales. Esta situación consiste en utilizar dicho término como una forma de englobar las labores y los objetivos de la psicología y el trabajo social. Debido a ello, es común que no se especifiquen cuáles son las actividades que corresponden a cada especialista; y en el peor de los casos, dichas labores no son valoradas o supervisadas por ningún profesional en lo absoluto, tomando ventaja de la imprecisión del término (Carmona, 2017).

Finalmente, es necesario destacar que algunos críticos ven el uso -o el abuso- del término psicosocial como una moda; práctica que es cometida por diversas instituciones para referirse a cualquier proyecto de intervención social o comunitaria que involucre la participación de distintas disciplinas (Vásquez, Molina, 2018).

¿Qué hacer ante los errores en el uso del término psicosocial?

Frente a un problema derivado de una imprecisión conceptual, una respuesta obvia podría consistir en reformular el término de lo psicosocial, con el fin de fortalecer la base teórica del mismo, y así evitar errores en su uso. No obstante, de acuerdo al análisis de los profesionales, el uso tan difundido de este término hace esta medida muy poco práctica (Carmona, 2017).

En la actualidad, el término psicosocial no remite a ninguna base teórica o metodología específica en ninguna disciplina; por lo que, desde un punto de vista epistemológico, no es aconsejable su uso (Carmona, 2017).

De esta forma, según sugieren profesionales críticos con la formulación, la recomendación más común frente a tal problema es el alejarse de este concepto en la medida de lo posible. Esto implica tanto la implementación de ajustes a nivel formal, como la puesta en marcha de un cambio de enfoque.

De acuerdo con estos autores, es necesario reducir el uso sistemático del término psicosocial -sustituyéndolo por otros que ofrezcan mayor precisión metodológica- en todo tipo de programas y estrategias de intervención. De esta forma, por ejemplo, nociones como ‘riesgos psicosociales’, deberían ser distinguidos como riesgos psicológicos y sociales, de tal forma que puedan ser identificadas las acciones específicas a implementar y objetivos de cada área (Carmona, 2017).

Por otro lado, se destaca la necesidad de reinterpretar los fenómenos sociales a partir de las bases teóricas contenidas en disciplinas más sólidas, como la psicología social (Vásquez, Molina, 2018). De esta forma, los errores e imprecisiones cometidas por el uso del término psicosocial, podrían ser subsanadas al ser replanteadas desde enfoques cuya metodología y carácter científico, sí se encuentren comprobados.

Conclusión

En síntesis, lejos de ser una discusión estéril -y de forma- sobre el uso de los conceptos; estos autores y autoras denuncian que es posible encontrar programas de intervención psicológica, social y psicosocial, compartiendo exactamente los mismos objetivos y metodologías; haciéndose necesario, por consiguiente, redefinir, delimitar o clarificar las bases conceptuales de lo psicosocial para que estos términos, en la práctica, no terminen convirtiéndose en comodines e incluso en sinónimos.

Referencias

  • Alvis, A. (2009) Aproximación Teórica a la Intervención Psicosocial. Revista Electrónica de Psicología Social Poiésis, número (17). funlam.edu.co
  • Carmona, D. (2017) Sobre el abuso y uso inadecuado del término psicosocial. COPAO: Artículos. copgipuzkoa.eus
  • Matsumoto, D. (Ed.) (2009) The Cambridge Dictionary of Psychology. Cambridge University Press.
  • Quintana, I., Mendoza, R., Bravo, C., Mora, M. (2018) Enfoque Psicosocial. Concepto y Aplicabilidad en la Formación Profesional de Estudiantes de Psicología. Revista Reflexión e Investigación Educacional, volumen (1), número (2). revistas.ubiobio.cl
  • Vásquez, J., Molina, N. (2018) Los usos tautológicos de lo psicosocial en los procesos de intervención en Colombia. Revista Diversitas – Perspectivas en psicología, volumen (14), número (2). scielo.org.co

Niveles de evidencia en psicología y psicoterapia

psicología-niveles-de-evidencia-en-psicologia-y-psicoterapia-mente-y-ciencia

Hoy en día, existen muy diversos tipos de psicoterapia. Desde enfoques clínicos cuyos resultados se encuentran avalados por estudios formales, hasta prácticas pseudoterapéuticas que se sirven de la ignorancia y la vulnerabilidad de sus usuarios para que terapeutas sin escrúpulos se lucren con el sufrimiento ajeno, sin brindar ningún beneficio sustancial a los problemas que aseguran atender. Es en este sentido que distintas instituciones y organismos académicos en todo el mundo han destacado la necesidad de desarrollar una clasificación jerárquica de los diferentes niveles de evidencia presentes dentro de la psicología clínica y la psicoterapia en general.

El conocimiento de este tipo de categorización es muy importante, tanto para los profesionales de la salud mental, como para los propios usuarios de servicios terapéuticos. Esto, debido a que la popularidad y prestigio de muchas prácticas clínicas proviene de recomendaciones hechas por terceros, buena publicidad, o incluso, de algunas tendencias de moda; sin que esto signifique en muchos de los casos que dichos enfoques estén respaldados por la ciencia.

Contenidos relacionados:

No todos los modelos terapéuticos son iguales

En el ámbito clínico, es muy común que no exista un proceso formal de aprobación para enfoques psicoterapéuticos, como el que se maneja en intervenciones de carácter médico o farmacológico. Ante esta situación, se ha generado la creencia de que cualquier tipo de psicoterapia es efectiva en cierto grado, en tanto que dar atención a un problema, sería en todo caso, mejor que no intervenir en lo absoluto (Hunsley, Di Giulio, 2002). No obstante, diversos estudios han desmentido ampliamente esta idea a lo largo de los años; demostrando que no todas las prácticas terapéuticas conocidas son realmente eficaces. Además, este tipo de análisis ha comprobado que el impacto clínico generado por aquellos modelos que sí muestran resultados significativos, es diferente en cada uno de ellos (Westmacott, Hunsley, 2007).

Los distintos modelos terapéuticos se distinguen entre sí a partir de un gran número de factores. Desde los postulados teóricos que les dan sustento, hasta el tipo de prácticas involucradas en el tratamiento. No obstante, la capacidad de comprobar científicamente sus resultados es uno de los aspectos más importantes a tomar en cuenta cuando se debe elegir algún tipo de estrategia de intervención. En este sentido, es importante resaltar que no solo todas las psicoterapias son diferentes, sino que, además, no todas son igualmente efectivas para cualquier problema que se pretenda atender (Westmacott, Hunsley 2007). Esta situación se ve reflejada en el hecho de que los estudios que sitúan a los diversos modelos de psicología clínica en diferentes niveles de evidencia, generalmente lo hacen con relación a un trastorno y situación específica.

¿Cuáles son los niveles de evidencia en psicología clínica?

La clasificación de las prácticas clínicas con relación a los niveles de evidencia no es exclusiva de la psicología clínica. Dicha categorización surge en el marco de las ciencias médicas y se extiende a la mayoría de las disciplinas clínicas. Debido a ello, se han generado múltiples propuestas de clasificación que jerarquizan el tipo de evidencia que sustenta los distintos tipos de intervención terapéutica. A continuación, se expone una clasificación basada en dichas propuestas.

  1. La evidencia surge a partir de ensayos clínicos con asignación aleatoria. Esto implica que las características existentes entre los individuos queden distribuidas igual en los diferentes grupos de tratamiento.
  2. Creados a partir de ensayos clínicos sin asignación aleatoria. En ellos los participantes eligen el grupo al que quieren pertenecer o los investigadores asignan los grupos.
  3. Evidencia surgida a partir de estudios de cohorte -comparación del fenómeno estudiado en dos grupos, dónde uno de ellos es expuesto a una variable- o estudios de casos y controles -selección de los sujetos de estudio con relación a si estos presentan o no una determinada condición-. Comúnmente llevados por más de un grupo de investigación.
  4. La evidencia surge a partir de comparaciones en el tiempo o entre distintos centros.
  5. Evidencia surgida a partir de la opinión de expertos -profesionales o comités-, estudios descriptivos o la experiencia clínica.

(Phillips, et.al 2009; Falck-Ytter, Schüenemann, 2009; Manterola, Asenjo, Otzen, 2014).

De esta forma, por ejemplo, una técnica de tipo conductual que ha sido evaluada a partir de un ensayo clínico llevado a cabo con pacientes de una determinada clínica -nivel II-, es una estrategia con mayor valor científico que una terapia de psicología positiva que ha sido recomendada por el director de dicha institución -nivel V-.

Niveles de evidencia en psicología y especificidad de resultados

Como ya se ha expuesto, el nivel de evidencia demostrado por distintos tratamientos en psicología clínica se establece en relación con condiciones y circunstancias específicas (National Institute of Mental Health, 2021). Esto quiere decir que la evidencia científica aportada por las distintas fuentes es válida solo con relación a las variables consideradas en cada estudio. Por ejemplo, una intervención de corte cognitivo conductual pudo haber demostrado ser efectiva para el tratamiento de síntomas de ansiedad ocasionados por ciertos padecimientos médicos (Rivera, 2019). Esta evidencia es producida por ensayos clínicos aleatorizados, lo que situaría sus resultados en el primer nivel. No obstante, esto no significa que este respaldo científico pueda generalizarse a otro tipo de trastornos, pero sí implica una base sólida para el desarrollo de nuevas investigaciones que evalúen la efectividad de este tipo de intervención en enfermedades físicas similares.

La elección de un modelo de atención psicoterapéutico

La elección de una alternativa terapéutica depende de muy diversos factores. El entrenamiento del terapeuta y la confianza que este o esta inspire, el tipo de problemas que se desee tratar, o incluso el aspecto económico, son variables comunes para la predilección de un determinado modelo clínico (National, Institute of Mental Health, 2021). No obstante, los niveles de evidencia científica que las diversas aproximaciones en psicología poseen, constantemente se subestiman en favor de otros factores más superficiales. Es responsabilidad de las y los profesionales de la salud mental, no solo conocer las bases empíricas que respaldan los diferentes enfoques clínicos, sino, además, participar activamente en la cimentación de la psicoterapia como una disciplina basada en hechos comprobables. Para ello, es necesario fomentar y realizar estudios clínicos que fundamenten los distintos modelos psicoterapéuticos; o en su caso, descalifiquen las muchas prácticas pseudoterapéuticas.

Solo a partir de acciones de este tipo, será posible que el campo de la psicoterapia se desarrolle de manera indiscutible como una disciplina científica, y que su práctica no se vea determinada por las creencias, los prejuicios y las modas pasajeras.

Referencias:

  • Falck-Ytter, Y., Schüenemann, H. (2009) Rating the Evidence: Using GRADE to Develop Clinical Practice Guidelines. AHRQ Annual Meeting 2009. archive.ahrq.gov
  • Hunsley, J., Di Giulio, G. (2002) Dodo Bird, Phoenix, or Urban Legend? The Question of Psychotherapy Equivalence. The Scientific Review of Mental Health Practice: Objective Investigations of Controversial and Unorthodox Claims in Clinical Psychology, Psychiatry, and Social Work, volumen (1), número (1), pp. 11–22. psycnet.apa.org
  • Manterola, C., Asenjo, C., Otzen, T. (2014) Jerarquización de la evidencia. Niveles de evidencia y grados de recomendación de uso actual. Revista Chilena de Infectología, volumen (31), número (6). scielo.conicyt.cl
  • National Institute of Mental Health (2021) Psychotherapies. Nimh.nih.gov. nimh.nih.gov
  • Phillips, B., Ball, C., Sackett, D., Badenoch, D., Straus, S., Haynes, B., Dawes, M., Howick, J. (2009) Oxford Centre for Evidence-Based Medicine: Levels of Evidence. University of Oxford: Nuffield Department of Primary Care Health Science. cebm.ox.ac.uk
  • Rivera, J. (2019) Eficacia de la psicoterapia de grupo para disminuir síntomas de ansiedad, depresión y fatiga, en pacientes con lupus eritematoso sistémico: ensayo clínico aleatorizado. Repositorio UDEM. repositorio.udem.edu.mx
  • Westmacott, R., Hunsley, J. (2007) Weighing the Evidence for Psychotherapy Equivalence: Implications for Research and Practice. The Behavior Analyst Today, volume (8), número (2). psycnet.apa.org

¿Salud mental, psicológica, emocional o solo salud?

psicologia-salud mental-psicologica-emocional-o-solo-salud-mente-y-ciencia

En la actualidad, la conceptualización de la salud mental es ampliamente conocida y aceptada, tanto dentro del ámbito clínico, como fuera del mismo. Esta noción se encuentra tan arraigada en nuestra cultura que ya es una parte integral de diversas políticas de salud pública a nivel nacional e internacional. Curiosamente, la definición de este término tan utilizado, se hace cada vez más compleja, ambivalente, y en algunos casos contradictoria. De esta forma, el concepto de salud mental se ha trasformado y diversificado, dando lugar a conceptos como el de salud psicológica o salud emocional; los cuales, muchas veces son utilizados de forma intercambiable, sin realmente aportar mayor precisión.

Debido a lo anterior, es importante discutir las diferencias y puntos en común de estos términos. Esto, con el fin de determinar si el uso de alguno de ellos es más adecuado a las necesidades de nuestros tiempos; o si bien, todos ellos pertenecen a una idea de formalización, patologización e institucionalización de la salud que debe ser superada.

Contenidos relacionados:

¿Qué entendemos por salud?

Antes de realizar una comparación de términos, necesitamos analizar el propio concepto de salud. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la ‘salud’ es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades (Organización Mundial de la Salud, 2013). Dentro de esta definición, es posible observar que la noción de ‘lo saludable’ se encuentra concebida más allá del marco biológico; tomando en cuenta, además, el aspecto psicológico y contextual de los individuos.

Aunado a esto, el considerar el bienestar, y no el grado de morbilidad, como el eje de la salud, nos muestra una visión integral y crítica de los seres humanos dentro de este concepto. Lo que a su vez, manifiesta un esfuerzo por parte de las organizaciones de salud pública para liberarse de la rigidez y sistematización del modelo clínico, y así responder a las necesidades reales de las personas a las que sirven. Al menos, a nivel teórico.

Es importante aclarar que esta visión de la salud como una entidad integral, es un concepto relativamente nuevo; el cual, se ha nutrido de los esfuerzos de numerosos teóricos y profesionales que buscan transformar los sistemas de asistencia en una entidad mucho más humana. En este sentido, esta acepción se presenta como un modelo ideal que debe ser perseguido, pero que, en la práctica cotidiana, encuentra muchos obstáculos para ser consolidado (Juarez, 2011).  

Por mucho tiempo, el concepto de salud como ausencia de enfermedad, se consideraba la única noción en el ámbito clínico. De tal forma que, aún hoy en día, muchos sistemas de asistencia y profesionales sanitarios desarrollan su labor bajo los términos de normalidad y cura. Es en este terreno donde surge la discusión sobre los términos de la salud mental.

¿Existe alguna diferencia entre salud mental, psicológica y emocional?

Los términos de salud mental, psicológica y emocional son utilizados de manera indiscriminada, incluso por los mismos profesionales de la salud. Dichas definiciones suelen alternarse y mezclarse en documentos académicos y oficiales, confiriéndoles el sentido que cada autor o autora quiera darles (Juarez, 2011). No obstante, al analizar su uso y desarrollo a detalle, es posible encontrar algunos aspectos que los distinguen entre sí. Situación que nos permitiría estudiar su utilidad.

El concepto de ‘salud mental’

En un inicio, el concepto de salud mental se encontraba íntimamente ligado al modelo biomédico. En él, se reducía ‘lo mental’ a un proceso biológico y se consideraba la ausencia de enfermedad como criterio de normalidad. Debido a ello, aspectos como la personalidad, las emociones y los pensamientos se consideraban determinados por causas físicas. En este sentido, los trastornos en dichas dimensiones serían vistos como enfermedades cerebrales más que padecimientos mentales; lo que a su vez, implicaría que el uso del término de salud mental sería una imprecisión; ya que solo existiría un tipo de salud: la salud orgánica (Restrepo, Jaramillo, 2012). 

Con el paso del tiempo y el desarrollo de la psicología como disciplina científica y práctica clínica, el concepto de salud mental se abrió hacia otras nociones e interpretaciones. En un primer momento, los especialistas utilizaron el término de enfermedad mental de una forma metafórica para describir perturbaciones cognitivas y conductuales (Szasz, 1974). Posteriormente, el estudio de factores contextuales y sociales involucrados en la prevención de enfermedades, dio entrada a la consideración de nociones como el desarrollo de hábitos saludables y la promoción de la salud. Aun en este nivel, la salud se considera relacionada con un criterio de normalidad, en donde los individuos deben ser y actuar de manera adecuada para ser considerados saludables; y en donde la labor del profesional y servidor público es la de intervenir cuando esto no ocurra (Restrepo, Jaramillo, 2012).

Aunque en la actualidad, el término de salud mental se encuentra determinado por factores cognitivos, emocionales, comportamentales, ambientales, sociales, culturales, económicos y políticos (Organización Mundial de la Salud, 2013); este suele implicar la búsqueda activa de algún tipo de equilibrio bajo un criterio de normalidad-anormalidad.

La salud psicológica y emocional dentro de la salud mental

El desarrollo formal de la psicología experimental y clínica ha provocado un importante cambio dentro de la noción de salud mental; dando lugar al término de salud psicológica. Este se encuentra relacionado con las corrientes conductual y cognitiva de la tradición psicológica americana.

Por un lado, la concepción conductual destaca la importancia de los estímulos ambientales en la explicación y modificación del comportamiento; mientras que la escuela cognitiva se interesa por las estructuras y procesos cognitivos. Vista de esta forma, la salud psicológica se definiría como la adaptación del comportamiento individual a un conjunto universal de modelos conductuales y de pensamiento (Restrepo, Jaramillo, 2012).

Al igual que la noción de salud psicológica, el término salud emocional también surge de la evolución que ha sufrido el concepto de salud mental. En el plano clínico, la salud emocional suele oponerse a la noción de angustia -distress- o malestar emocional; surgiendo como un esfuerzo para no patologizar las dificultades psicológicas observadas cuando una persona debe afrontar una situación estresante o complicada. Por ejemplo, una enfermedad potencialmente mortal. Este se encuentra relacionado con las capacidades de una persona para soportar una experiencia desagradable de carácter psicológico, social, ‘espiritual’ o físico, así como los recursos para hacerle frente (National Comprehensive Cancer Network, 2019).

Cabe señalar que los conceptos de salud psicológica y emocional suelen ser interpretados de acuerdo las intenciones de los autores y autoras. Así, el concepto de salud emocional suele ligarse también con nociones diversas como la ‘inteligencia emocional‘, la cual alude al grado de atención hacia las propias emociones y la capacidad para manejarlas; mientras que a la salud psicológica se le relaciona con los sentimientos de libertad y bienestar (Murueta, 2020).

Críticas a las nociones de salud mental, psicológica y emocional

Una crítica dirigida en contra del concepto de salud mental, que suele esgrimirse también frente a las nociones de salud psicológica y emocional, es la tendencia a definirse a partir de criterios de normalidad y anormalidad; patologizando de una u otra forma la conducta considerada anormal o disfuncional. De esta manera, ya sea a partir de un enfoque biológico, conductual o cognitivo, se piensa que lo saludable es aquello que cumple las normas de lo convencional -definido a partir convenciones socioculturales-; y todo aquello que salga de dicho campo se consideraría una excepción que debe ser curada, arreglada o modificada (Restrepo, Jaramillo, 2012).

Además, existe un problema fundamental en las propias nociones de lo mental, lo psicológico o lo emocional; ya que todas ellas son dimensiones inobservables o incuantificables de manera directa. Por ello, algunos autores defienden la idea de que dichas terminologías se sustituyan por conceptos más apropiados como salud conductual, salud orgánica o simplemente salud (Restrepo, Jaramillo, 2012).

Un inconveniente notable que poseen los conceptos de salud psicológica y emocional frente a la noción de salud mental, es que su imprecisión y novedad hace que sean muy difíciles de dimensionar; existiendo pocos instrumentos que puedan determinar la presencia o el grado en que estas se encuentran presentes. Por lo general, estas nociones se evalúan de manera vinculada junto con otras variables, como el grado de integración social, el sentimiento de bienestar o la propia salud orgánica (Hernández, et.al 2012).

Utilidad de los conceptos de salud mental, psicológica y emocional

A pesar de las críticas existentes en contra de las definiciones de salud mental, psicológica y emocional, es indudable que estas cumplen con una función importante. En un principio, cuando los servicios de atención clínica seguían un enfoque estrictamente biológico, los trastornos mentales o psicológicos eran considerados como el producto directo de una anomalía orgánica -o cerebral-, cuando no eran ignoradas (Restrepo, Jaramillo, 2012). No obstante, la noción de salud mental brinda una categoría propia a este tipo de afecciones, la cual, distingue su origen y permite el diseño de planes de atención especializados.  

De igual forma, el surgimiento de los conceptos de salud psicológica y emocional dentro del plano de la salud mental y su desarrollo fuera del mismo, son una clara muestra del cambio que ha experimentado el pensamiento clínico a lo largo del tiempo. Mismo que ha redefinido los esquemas teóricos y prácticos en materia de salud pública.

Debido a esto, es razonable concluir que no parece posible simplemente ignorar o sustituir estos términos a favor, ya sea una mejor precisión semántica, un enfoque teórico determinado o la creación de un modelo clínico integral y humanista; tal y como lo proponen algunos autores y profesionales bienintencionados.

No cabe duda que la imprecisión conceptual de estas nociones es un riesgo potencial para el desarrollo y buena praxis de aquellos profesionales dedicados al cuidado de la, hasta ahora llamada por convención salud mental. Asimismo, optar por un cambio en la forma, en lugar de solidificar las bases en las que se asientan estas conceptualizaciones, puede llamar la atención sobre un par de puntos importantes; pero se aleja de constituir una solución definitiva frente a un problema que crece y se complica con el uso trivial de estos términos tan familiares.

Referencias

  • Hernández, M., Cruzado, J., Prado, C., Rodríguez, E., Hernández, C., González, M., Martín, J. (2012) Salud mental y malestar emocional en pacientes con cáncer. Psicooncología, volumen (9), número (3), pp. 233-257. dialnet.unirioja.es
  • Juárez, F. (2011) El concepto de salud: Una explicación sobre su unicidad, multiplicidad y los modelos de salud. International Journal of Psychological Research, volumen (4), número (1), pp. 70-79. redalyc.org
  • Murueta, M. (2020) La Salud Psicológica en Tiempos del Coronavirus 19. Integración académica en psicología, volumen (8), número (23), pp. 11-21. integracion-academica.org
  • National Comprehensive Cancer Network (2019) Distress Management, Version 3.2019. Journal of the National Comprehensive Cancer Network, volumen (17), número (10). ncbi.nlm.nih.gov
  • Organización Mundial de la Salud (2013) Plan de acción sobre salud mental 2013-2020. Ginebra, Suiza. Página oficial de la Organización Mundial de la Salud. who.int
  • Restrepo, D., Jaramillo, J. (2012) Concepciones de salud mental en el campo de la salud pública. Revista Facultad Nacional de Salud Pública, volumen (30), número (2), 202-211. scielo.org.co
  • Szasz, T. (2004) El mito de la enfermedad mental (original 1974) Buenos Aires, Argentina. Amorrortu Editores.

‘Efecto placebo’ en psicología: bases y aplicaciones

psicologia-efecto-placebo-en-psicologia-bases-y-aplicaciones-mente-y-ciencia

A lo largo de los años, la psicología ha estudiado el efecto placebo con el fin de determinar los factores que lo posibilitan y el alcance de su influencia. Por mucho tiempo, este fenómeno se consideró solo un evento aleatorio producido por variables no controladas; sin embargo, en la actualidad, se ha reconocido su autenticidad como una manifestación psicobiológica real; por lo que hoy en día, el uso de placebos forma parte de diversos protocolos de investigación en diferentes ciencias de la salud. Aunado a esto, los hallazgos en torno a su ocurrencia y dinámica dentro del contexto clínico han expuesto la posibilidad de potenciar y manipular el efecto placebo con fines terapéuticos.

En virtud de lo anterior, es importante entender los factores psicológicos que hacen posible la manifestación de este fenómeno, así como las variables contextuales que determinan su aparición. Esto, no solo con el fin de idear aplicaciones prácticas del efecto placebo; sino también, con el objetivo de comprender su impacto en el ámbito de la psicología clínica y de la salud, así como las implicaciones éticas de su uso.

Contenidos relacionados:

¿Qué es un placebo y en qué consiste el llamado efecto placebo?

Un placebo es un tipo de intervención terapéutica dada de manera intencional con el fin de ocasionar un efecto en un paciente, síntoma o enfermedad; pero que objetivamente no tiene actividad específica para la condición tratada (Shapiro, citado por Lam, Hernández, 2014). Por su parte, el efecto placebo es la modificación producida en un organismo como resultado del estímulo psicológico inducido por la administración de algún tipo de tratamiento, ya sea este una sustancia o algún procedimiento terapéutico. En muchas ocasiones, dicha manifestación es fisiológicamente demostrable y puede ser medida (Lam, Hernández, 2014).

Es importante señalar que el efecto placebo no se limita a la administración de medicamentos, sino que también puede manifestarse ante procedimientos médicos, terapias o cirugías. En este sentido, el efecto placebo en la psicología puede ser observado dentro del contexto terapéutico, donde la propia escucha y atención del profesional ocasiona por sí misma una sensación de alivio (Pérez, Martínez, 2014).

Es en este punto que se hace evidente una distinción clave entre los conceptos de placebo y efecto placebo, ya que éste último puede presentarse de manera involuntaria, manifestándose sin el conocimiento de los profesionales, que no lo consideran una variable en la mejoría del paciente.

Aunque las ciencias de la salud han analizado esta dimensión por muy diferentes vías y existen teorías importantes sobre su origen y dinámica; sus procesos no están completamente determinados, por lo que el efecto placebo sigue siendo objeto de investigación constante por parte de la psicología (Abarca, Chacón, 2005).

El efecto placebo según la psicología

De acuerdo a la psicología, existen dos mecanismos principales que se complementan para determinar el efecto placebo: las expectativas y un proceso de condicionamiento.

La teoría de las expectativas postula que acciones sugestivas, como palabras alentadoras sobre el tratamiento administrado, junto con la aplicación del mismo, pueden desencadenar una respuesta fisiológica positiva (Haga, Warner, O’Daniel, 2009). Imaginemos por ejemplo que un paciente con dolor recibiera una sustancia inocua que el tratante calificara como el mejor analgésico en el mercado. En esta situación, sería posible que dicha persona experimentara una disminución en su malestar.

Algunos especialistas consideran que los efectos de la expectativa provienen de la reducción de la ansiedad. En este sentido, la propia experiencia terapéutica podría crear la esperanza de que uno mejorará, lo que reduciría por sí misma los sentimientos ansiosos. Por otro lado, existe la teoría de que la expectativa produce cambios en la forma en que procesamos la información. De esta manera, la persona que se encuentra en un tratamiento tendría menos pensamientos e imágenes negativas o experimentaría más cogniciones positivas, debido a un proceso de sugestión (Abarca, et.al 2005).

En lo referente a la teoría del condicionamiento, se piensa que las asociaciones repetidas entre un estímulo neutro y un fármaco activo pueden resultar en la capacidad del estímulo neutro para provocar por sí mismo una respuesta característica del estímulo no condicionado. La interpretación de los estudios recientes es que la expectativa es lo primero, el condicionamiento sigue y depende del éxito del primer encuentro (Finnis, et.al 2010).

Variables que influyen en el efecto placebo

Un claro ejemplo de la función del mecanismo de expectativa como parte del efecto placebo se encuentra en el ritual terapéutico llevado a cabo por profesionales de la salud durante el tratamiento. En este sentido, se ha demostrado que algunos procedimientos clínicos son más efectivos si el o la paciente es consciente de la intervención, que si esta se realiza sin su conocimiento (Finnis, et.al 2010).

De igual forma, la psicología ha encontrado otras variables en la experiencia terapéutica que influyen en la aparición e intensidad del efecto placebo. Entre ellas se destacan las siguientes:

  • Características del paciente: aspectos como personalidad, nivel de ansiedad, educación o creencias personales.
  • Características del tratante: variables como el nivel de prestigio y autoridad del médico o terapeuta, tipo de atención, actitud frente al paciente o frente al tratamiento, meticulosidad de la exploración clínica o expresiones directas sobre la efectividad del procedimiento.
  • Relación médico paciente: esto es, la forma en que los profesionales de la salud interactúan con las personas tratadas, considerando el tipo de comunicación y la atención hacia las ansiedades, dudas, inseguridades y culpas de los pacientes.
  • Variables en la intervención: por ejemplo, las características físicas de los medicamentos, el tipo de espacio en el que se desarrolla el tratamiento, la novedad de la intervención, o incluso su costo.

(Lam, Hernández, 2014).

Aplicaciones del efecto placebo en psicología

A lo largo de su historia, la psicología y las disciplinas clínicas de la salud mental han utilizado sus conocimientos sobre el efecto placebo de diferentes formas. Por ejemplo, en 1955, Henry Beecher consideró que el uso de placebos sería un instrumento útil para la atención de ciertas afecciones mentales como la neurosis (Lam, Hernández, 2014). En la actualidad, la manipulación de las expectativas en determinados procedimientos clínicos ha probado tener efectos positivos en el tratamiento de afecciones como el dolor, el deterioro de las funciones motoras por Parkinson, la experiencia de síntomas depresivos o la respuesta orgánica en adicciones (Finiss, et.al 2010).

Por otro lado, el estudio del efecto placebo se ha transformado en un elemento central al determinar la eficacia de los diferentes procedimientos terapéuticos. En este sentido, uno de los criterios más importantes en la actualidad sobre eficacia en psicoterapia es la consideración del efecto placebo y su diferenciación de los resultados atribuibles a este fenómeno, de los que forman parte del tratamiento psicoterapéutico (Abarca, et.al 2005).

Efecto placebo y psicología clínica

La conexión que existe entre la relación terapéutica dentro de la psicología clínica y el efecto placebo es aún tan poco clara que algunos autores consideran que todas las psicoterapias son, en cierta forma, placebos. Esto, en el sentido de que producen un cambio, en muchas ocasiones observable y medible, a partir de la propia interacción terapéutica y las expectativas que se generan de ella (Silva, 2009; Pérez, Martínez, 2014).

Por otro lado, existen posturas terapéuticas que utilizan de forma activa el conocimiento que se tiene sobre la dinámica del efecto placebo. Esto, a través de la manipulación de las expectativas de los pacientes en favor del proceso terapéutico. De igual forma, al considerar la influencia que tiene la relación tratante/ paciente en el resultado de los distintos modelos terapéuticos, es posible transformar dicho vínculo en una herramienta que favorezca el procedimiento clínico (Abarca, et.al 2005; Silva, 2009).

Dilemas éticos en el uso del efecto placebo en psicología

El uso del efecto placebo en el ámbito de la psicología clínica y la investigación se topa con dilemas éticos importantes. En primer lugar, el uso sistemático de placebos implica, de una u otra forma, la puesta en marcha de un engaño. Cuestión que da lugar a la pregunta de cuándo es válido ser deshonesto en favor de la ciencia y el conocimiento. Dicho dilema se extiende también a la práctica clínica, donde el efecto placebo es inherente a la rutina terapéutica, y dónde el profesional es consciente de la manipulación de variables en la relación terapéutica (Finniss, et. al 2010).

Por otro lado, es posible encontrar objeciones válidas al uso de placebos en estudios clínicos como elementos de control; ya que una parte de la población de estudio se ve expuesta, no solo a un engaño, sino a la falta de atención deliberada de sus síntomas. Ante esto, en el año 2000, la Declaración de Helsinki estableció que los placebos sólo pueden ser utilizados cuando no exista un método que alivie un padecimiento; cuando estos sean empleados para comprobar la seguridad de un método preventivo; o cuando el padecimiento tratado no represente un riesgo importante a la salud de los pacientes (Citado por Lam, Hernández, 2014). Desafortunadamente, en el ámbito de la psicología, esta terminología aplica de forma muy vaga, por lo que es posible cometer abusos en nombre de una interpretación engañosa.

Referencias

  • Abarca, O., Chacón, A., Espinosa, F., Vera, P. (2005) Placebo y Psicología Clínica: Aspectos Conceptuales, Teóricos e Implicancias. Terapia Psicológica, volumen (23), número (1), pp. 73 – 82. Recuperado de redalyc.org
  • Finniss, D., Kaptchuk, T., Miller, F., Benedetti, F. (2010) Placebo Effects: Biological, Clinical and Ethical Advances. Lancet, volumen (375), número (9715), pp. 686 – 695. Recuperado de ncbi.nlm.nih.gov
  • Haga, S., Warner, L., O’Daniel, J. (2009) The Potential of a Placebo/Nocebo Effect in Pharmacogenetics. Public Health Genomics, volumen (12), pp. 158 – 162. Recuperado de ncbi.nlm.nih.gov
  • Lam, R., Hernández, P. (2014) El placebo y el efecto placebo. Revista Cubana de Hematol, Inmunol y Hemoter, volumen (30), número (3), pp. 214 – 222. Recuperado de scielo.sld.cu
  • Silva, H. (2009) El efecto placebo en los ensayos clínicos con antidepresivos. Acta Bioethica, volumen (15), número (2), pp. 172 – 178. Recuperado de scielo.cl
  • Vera, P. (2004) Estrategias de intervención en Psicología Clínica: las intervenciones apoyadas en la evidencia. Liberabit: Revista de Psicología, volumen (10), pp. 4 – 10. Recuperado de redalyc.org

Críticas a la conceptualización de la enfermedad mental

psicologia-critica-a-la-conceptualizacion-de-la-enfermedad-mental-mente-y-ciencia

El desarrollo de la psicopatología como una disciplina científica ha permitido una mejor comprensión de los trastornos mentales, desde un prisma epidemiológico y clínico, así como un claro avance en las técnicas terapéuticas diseñadas para combatir dichos padecimientos. No obstante, la categorización de los fenómenos psíquicos y conductuales anormales, no convencionales o desadaptativos respecto al medio, como expresiones de alguna clase de enfermedad mental ha sido objeto de diversas críticas por parte de algunos sectores.

Desde objeciones en contra de las nociones teóricas que justificarían el enfoque clínico y médico -el modelo biomédico, con una enorme influencia de la psiquiatría-; hasta la exposición de las repercusiones nocivas que implica la patologización y psicologización del comportamiento anormal. Las críticas al concepto mismo de enfermedad mental no son precisamente nuevas; encontrando oposición, incluso dentro de la propia comunidad de especialistas de la psicología y de la salud.

Debido a esto, es importante analizar algunos de los argumentos más importantes en contra del enfoque psicopatológico. Esto, con el fin de disponer de una mirada más detallada y situada, del modelo imperante, considerado por muchos el único camino para evaluar e intervenir en lo psicológico.

Contenidos relacionados:

Del castigo divino y la posesión a la enfermedad mental

Por siglos enteros, los fenómenos psíquicos y conductuales anormales eran comúnmente atribuidos a causas sobrenaturales. La ‘locura’ se consideraba, muchas veces, como un castigo divino o como el producto de algún tipo de posesión o mediación demoníaca o paranormal. No obstante, aún en la antigüedad, existieron personajes que intentaron ver en estos fenómenos la manifestación de desórdenes orgánicos, muy parecidos a las enfermedades físicas, estudiándolos a partir de una perspectiva científico-racional (Succhi, 2013).

En este sentido, la concepción de la anormalidad psicológica como una enfermedad, constituyó y aún constituye, un elemento de suma utilidad para la investigación y tratamiento de los trastornos mentales; ya que ayuda a trazar un límite claro entre las teorías generadas por la superstición y el miedo, y el conocimiento extraído de las evidencias científicas y estadísticas. Aun así, distintos profesionales y analistas han demostrado la imperfección de este modelo; exponiendo fallas notables tanto en su formulación como en su ejecución dentro del mundo real.

Críticas al modelo organicista de la enfermedad mental

En su libro ‘El mito de la enfermedad mental‘, el psiquiatra Thomas Szasz destacó la idea de que la mente no es un órgano como el estómago o el corazón; y que muchos de los trastornos mentales no tienen un correlato orgánico con alguna estructura específica; aun cuando se teorice que estas existen en alguna parte del cerebro. De esta forma, cuando los especialistas hablan de enfermedad mental, lo hacen solo de forma metafórica, por medio de un constructo para describir una conducta perturbadora (Szasz, 1974). 

De acuerdo a esta postura, la categoría de enfermedad mental no debería existir, ya que los padecimientos relacionados con el deterioro del cerebro, como la demencia, o a una variación química, como la depresión endógena, son enfermedades orgánicas; mientras que todos aquellos que no pueden ser relacionados con una causa biológica o genética definitiva, son solo conductas o comportamientos que la sociedad considera disfuncionales, anormales o desagradables (Szasz, 1947).

Cabe aclarar que esto no significaría que condiciones como la ansiedad, la bulimia o las fobias no son fenómenos reales. Sin embargo, de acuerdo a estas críticas, este tipo de afección psíquica no debe considerarse una enfermedad; por lo que tampoco corresponde ser tratada como tal (Vásquez, 2011).

Críticas a la clasificación y el diagnóstico de la enfermedad mental

Una de las críticas más importantes que se realizan a la postura de la psicopatología, es que la descripción de los descubrimientos clínicos sobre una enfermedad mental suele recurrir a la interpretación subjetiva, sin contar con una terminología uniforme. Por tal motivo, existen importantes discrepancias en el diagnóstico de las mismas; debidas a la gran cantidad de hipótesis y sobrentendidos que se presentan como hechos comprobados. De esta forma, es común que la etiología de los diversos trastornos esté fundada en la especulación; mientras que la clasificación se base principalmente en manifestaciones sintomáticas (Vásquez, 2011).

Un aspecto ya destacado por el Doctor Szasz, es la tendencia de la enfermedad mental a evolucionar en sus diagnósticos de acuerdo, a factores sociales y culturales (Szasz, 1974). Actualmente, dicho fenómeno es visible en los cambios que ha sufrido la clasificación de los trastornos mentales en los manuales diagnósticos; donde la homosexualidad y la transexualidad ya no se consideran patologías, y el síndrome de Asperger ahora se clasifica dentro del espectro autista.

Por otro lado, las y los propios profesionales de la psiquiatría y la psicología clínica, han abordado la conceptualización de la enfermedad mental desde una perspectiva mucho más crítica. Expertos y expertas han propuesto que solo la psicosis y los trastornos mentales endógenos se pueden considerar como enfermedades, ya que cumplen los criterios de la medicina. En lo referente a las demás afecciones psicológicas de origen ambiental, psicosocial o mixto, serían llamados simplemente trastornos (Ruiloba, 2003).

Críticas al tratamiento de la enfermedad mental

Una de las críticas más antiguas dirigidas al modelo de la psicopatología, es el tipo de tratamientos que implica el ver la singularidad psicológica y comportamental como una enfermedad que debe ser curada.

Desde el siglo XVII, la reclusión fue la primera respuesta a lo que se consideraba ‘locura’; eligiendo alejar de la sociedad a los individuos que no encajaban en ella. A partir de este periodo, los asilos y manicomios se transformaron, tanto en reclusorios para inadaptados, como en laboratorios donde diversos especialistas estudiaban e intentaban eliminar la conducta anormal (Stucchi, 2013). Dentro de estas instituciones, surgieron todo tipo de tratamientos terapéuticos que sometían a los pacientes a diversas clases de técnicas experimentales; tales como la sedación, la terapia de electroshock o incluso la lobotomía (Vásquez, 2011).

Aunque hoy en día, muchas de dichas prácticas han sido reguladas o prohibidas; la tentación de eliminar los síntomas de una afección psicológica reactiva, como el duelo o el estrés, a partir de medicamentos o tratamientos invasivos, persiste; dando lugar a la patologización de diversos problemas de la vida cotidiana.

La categorización de enfermedad mental como fuente de estigmatización

La categorización de las variaciones psíquicas y conductuales como enfermedades mentales, no solo ha sido considerada inadecuada; sino también, como directamente nociva para el bienestar de las personas afectadas. Una de las críticas más importante formulada en este sentido es la de someter a los individuos identificados como portadores de alguna enfermedad mental a la discriminación y abusos de las personas que los rodean (Stucchi, 2013). En muchas ocasiones, los trastornos mentales se encuentran culturalmente ligados a prejuicios importantes. Por ejemplo, una persona que se encuentra elaborando un duelo, puede ser considerada como inadecuada para realizar su trabajo, si se le identifica como un paciente con depresión. De igual forma, un individuo con autismo leve puede ser confundido con alguien que no puede ser independiente, si se le estigmatiza como alguien enfermo.

La estigmatización es una de las barreras más importantes para el desarrollo de servicios comunitarios y la integración de personas afectadas por algún tipo de padecimiento psicológico o alguna clase de condición cognitiva diferente. El considerar las variaciones psíquicas como enfermedades mentales, no solo expone a muchas mujeres y hombres relativamente saludables a la discriminación de los demás, sino que, además, contribuye al desarrollo de un proceso de autoestigamatización, donde las personas aceptan y vuelven contra sí los prejuicios externos (Arnaiz, Uriarte, 2006).

El control y manipulación social a través de la noción de enfermedad mental

Un elemento importante a considerar sobre el modelo de la patologización de los estados psíquicos alterados, es la tergiversación del sentido de enfermedad mental por parte de ideologías sociales, religiosas y políticas de muy diversa índole.

El filósofo y psicólogo Michael Foucault, llegó a sugerir que diversos gobiernos occidentales han utilizado la institucionalización de los enfermos mentales a lo largo de la historia como una forma de purgar a la sociedad de sus miembros más indeseables (Foucault, 1964).

De igual forma, Szasz, consideraba que los primeros hospitales psiquiátricos los diseñó la clase aristocrática con el fin de evitar que sus parientes alienados despilfarraran la fortuna familiar (Szasz, 1974).

Por otro lado, existen ejemplos como los hospitales-prisiones soviéticos, donde los disidentes políticos de la Unión Soviética eran diagnosticados como esquizofrénicos para luego ser confinados y sometidos a medicación intensa y electrochoques (Stucci, 2013).

En este sentido, la designación de enfermedad mental es aprovechada y reinterpretada por un determinado régimen, con el solo objeto de controlar la expresión de aquellos que son diferentes. De esta forma, es la sociedad la que es tratada como un organismo enfermo al que se le extirpan los miembros que se consideran indeseables al orden establecido. Un orden que, por supuesto, solo beneficia a unos cuantos.

La patologización de la vida cotidiana

Una de las críticas especialmente relevante en el mundo actual, es la tendencia a considera como enfermedad mental situaciones que son completamente comunes y normales. Este es el caso del tratamiento de procesos como duelos, infelicidad, soledad o estrés, a través de fármacos o algún otro tipo de intervención clínica (Sánchez, et.al 2011).

La promesa de un estado de felicidad y plenitud continua a la que nos exponen los medios y las redes sociales -en esta sociedad neoliberal basada en el consumo-, ha generado un impulso constante por rechazar cualquier tipo de malestar en nuestras vidas; buscando alternativas rápidas de alivio. La categorización de las variaciones psicológicas y emocionales como enfermedades mentales genera la ilusión de que los problemas de la vida son una cuestión anormal que se puede curar. Lo que implicaría que la solución a todos nuestros sufrimientos podría consistir en solo tomar una pastilla diaria.

Desafortunadamente, los criterios diagnósticos vigentes en la clínica actual no son capaces de definir claramente los límites de lo patológico. Una muestra de ello, es la inclusión de apartados de trastornos ‘no especificados’ en muchas de las categorías del DSM-V. Situación que invita a clínicos inexpertos y pseudoterapeutas a señalar trastornos mentales donde posiblemente no existen (Caponi, 2018). A lo anterior se le suma la patente crisis del modelo DSM y de los constructos propios de la psicopatología clínica, en general.

¿Es útil el concepto de enfermedad mental?

Como hemos observado, la conceptualización de enfermedad mental ha jugado un papel muy importante en el desarrollo de la investigación y tratamiento de diversas variaciones psicológicas y conductuales, partiendo de convenciones socioculturales y de reportes estadísticos, de incidencia y prevalencia. Además, en la actualidad, la distinción de estos fenómenos como trastornos clínicos ha sido de gran utilidad para mantener a raya a una gran cantidad de pseudoterapeutas y charlatanes, quienes buscan dar a los fenómenos cognitivos y psicológicos explicaciones sobrenaturales o paranormales. No obstante, las distintas críticas que el modelo psicopatológico ha recibido a lo largo de los años han puesto de manifiesto claras debilidades que deben ser analizadas en este enfoque.

Por muchos años, la categorización de los trastornos mentales como enfermedades se ha visto sustentada por la promesa de que, en un futuro, será posible determinar la localización cerebral exacta y la explicación neuroquímica de estos padecimientos (Caponi, 2018). En relación con esto, los recientes avances tecnológicos en exploración neurológica han potenciado la posibilidad de alcanzar tales objetivos. No obstante, la ciencia aún está lejos de tener una respuesta definitiva a estas cuestiones. Debido a ello, es necesario aceptar que nuestro conocimiento sobre los diversos fenómenos psicológicos y sus manifestaciones anormales es más limitado de lo que solemos suponer.

Es cierto que la noción de enfermedad mental nos brinda una taxonomía muy útil para el estudio y tratamiento de los fenómenos psíquicos considerados anormales; no obstante, perder de vista la inestabilidad en los límites de estas designaciones y el peso que tiene su significado en la vida cotidiana; implicaría ver la psicología humana desde una perspectiva muy limitada. Ante esto, es necesario aprovechar las ventajas que el enfoque científico racional nos brinda, sin dejar de adoptar una postura crítica y contextualizada hacia nuestros propios descubrimientos.

Referencias:

  • Arnaiz, A., Uriarte, J. (2006) Estigma y enfermedad mental. Norte de Salud Mental, número (26), pp. 49-59. Recuperado de dialnet.unirioja.es
  • Caponi, S. (2018) La psiquiatrización de la vida cotidiana: el DSM y sus dificultades. Metatheoria, volumen (8), número (2), pp. 97-103. Recuperado de ridaa.unq.edu.ar
  • Foucault, M. (1986) Historia de la locura en la época clásica (original 1964). Ciudad de México. Fondo de Cultura económica.
  • Ruiloba, J. (2003) Concepto de enfermedad mental. Medicine – Programa de Formación Médica Continuada Acreditado, volumen (8), número (104), pp. 5585-5589. Recuperado de sciencedirect.com
  • Sánchez, R., Santos, C., González, E., Fagundo, E., Alejandre, G., De la Morena, J., Rodríguez, J., Del Campo, J., Díez, M., Vallés, N., Butrón, T. (2011) Medicalización de la vida (I), Revista Clínica Médica Familiar, volumen (4), número (2). Recuperado de scielo.isciii.es
  • Stucchi, S. (2013) Estigma, discriminación y concepto de enfermedad mental. Revista de Neuro-Psiquiatría, volumen (76), número (4). Recuperado de revistas.upch.edu.pe
  • Szasz, T. (2004) El mito de la enfermedad mental (original 1974) Buenos Aires, Argentina. Amorrortu Editores.
  • Vásquez, A. (2011) Antipsiquiatría: Deconstrucción del concepto de enfermedad mental y crítica de la razón psiquiátrica. Nómadas. Critical Journal of Social and Juridical Sciences, volumen (31), número (3). Recuperado de redalyc.org

Las emociones intensas son más difíciles de interpretar

psicologia-las-emociones-intensas-serian-mas-dificiles-de-interpretar-mente-y-ciencia

Las expresiones vocales no verbales, como los gritos, el llanto o la risa, nos ayudan a obtener información importante sobre el estado de ánimo de las demás personas. En este sentido, existe la suposición de que cuanto más intensas sean las emociones expresadas, estas son más fáciles de interpretar por los oyentes. No obstante, un grupo internacional de científicos se dio a la tarea de analizar la percepción de este tipo de emociones; obteniendo resultados que desafían dicha creencia popular.

Contenidos relacionados:

Autores y publicación

El estudio fue llevado a cabo por un grupo de investigadores provenientes del Departamento de Neurociencia del Max Planck Instituto de Estética Empírica, y del Max Planck NYU Centro de Lenguaje, Música y Emoción, en Frankfurt, Alemania; así como del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York, en la Ciudad de Nueva York de los Estados Unidos de América.

Los resultados de dicho trabajo se publicaron en 2021 en el diario científico Scientific Reports.

El estudio que sostiene que las emociones intensas son más difíciles de interpretar

A través de tres experimentos, los investigadores estudiaron cómo las personas lograban interpretar vocalizaciones no verbales, como lamentos, risas o gritos, dependiendo de la intensidad en la emoción que expresaban.

En tales pruebas se utilizaron un total de 480 vocalizaciones no verbales que expresaban seis estados afectivos: tres considerados positivos: triunfo, sorpresa agradable y placer sexual; y tres negativos: ira, miedo y dolor. Dichas expresiones se reprodujeron en cuatro diferentes intensidades emocionales: baja, moderada, fuerte y muy intensa.

Se contó con la participación de un total de 90 voluntarios, de los cuales, 30 se asignaron a cada experimento. La edad promedio de estas personas rondaba los 27 años, siendo el alemán la lengua nativa de todas ellas.

Los experimentos

El estudio consistió en tres distintos experimentos, en los cuales los participantes fueron expuestos a las vocalizaciones no verbales programadas:

  • Tarea de categorización de emociones: se solicitó a los voluntarios que asignaran una de siete posibles respuestas a cada vocalización: una de las seis emociones mencionadas, o bien una opción que indicaba que no era ninguna de ellas. Posteriormente, se les pidió que identificaran qué tan intensamente creían que el emisor experimentaba la emoción. Finalmente, el grupo debió indicar qué tan auténtica percibieron la expresión.
  • Tarea de calificación de emociones: se pidió a los voluntarios que indicaran qué tan claramente percibían las emociones específicas en las expresiones. Además, se les solicitó calificar la intensidad de la emoción.
  • Tarea de clasificación dimensional: los participantes debieron juzgar cada estímulo en las dimensiones de valencia -positivo o negativo- y excitación -de mínima a máxima-. Además, se les solicitó que indicaran qué tan auténticas percibían las expresiones.

Resultados del estudio que concluye que las emociones intensas son más difíciles de interpretar

Basados en los resultados de las pruebas realizadas, los autores llegaron a una sorprendente conclusión en torno a la capacidad de interpretar las emociones más intensas.

En un principio, la capacidad de los sujetos para distinguir las emociones expresadas, así como su valencia, mejoró cuanto más intensa era dicha expresión. Esto es, las expresiones moderadas eran mejor reconocidas que las bajas, y las fuertes mejor que las moderadas. No obstante, en lo referente a las emociones más intensas, la habilidad para interpretar disminuía drásticamente; siendo incluso menor a la demostrada ante emociones de intensidad baja.

Por otro lado, la intensidad emocional por sí misma y el grado de excitación, sí se reconocieron y dimensionaron de manera adecuada; existiendo una mejora cuanto más intensa era la expresión. Esto implica que, aunque los sujetos no pudieran distinguir con facilidad, por ejemplo, una expresión límite de enojo de una de sorpresa, si podían establecer que esta era muy intensa y que provenía de una gran agitación.

Este fenómeno fue llamado por los autores como ‘paradoja de la intensidad de la emoción‘; la cual contradice la hipótesis inicial de que defiende que cuanto más intensa es una expresión, es más fácil reconocerla.

Explicación

De acuerdo al grupo de investigadores, esta notable disminución de nuestra capacidad para interpretar las emociones más intensas, puede deberse a que, biológicamente, estaríamos predeterminados a dar prioridad a la intensidad en sí y al grado de excitación de las expresiones; mientras que el reconocimiento específico de las mismas es desplazado a segundo plano. En emociones menos fuertes, esto no sería necesario, ya que no demandarían una respuesta inmediata.

De esta manera, el estudio titulado: ‘The paradoxical role of emotional intensity in the perception of vocal affect‘, se presenta no solo como un esfuerzo más para comprender mejor el abismo que separa nuestra experiencia personal de la de los demás; sino que, además, es un ejemplo claro de cómo el análisis sistemático de dimensiones que pensamos conocer bien, puede revelar realidades que contradicen nuestras creencias cotidianas.

  • Referencias:

Holz, N., Larrouy, P., Poeppel, D. (2021) The paradoxical role of emotional intensity in the perception of vocal affect. Scientific Reports, volumen (11), número (1) DOI: 10.1038/s41598-021-88431-0 Recuperado de www.nature.com