Desmitificación del neurosexismo por la neurociencia

El neurosexismo es un mito sostenido por interpretaciones sesgadas de la neurociencia, pero la evidencia actual lo desmiente.

El neurosexismo es un fenómeno que surge cuando los hallazgos de la neurociencia se interpretan de manera sesgada para respaldar estereotipos de género, afirmando que existen diferencias cerebrales innatas entre hombres y mujeres que justifican roles sociales desiguales (Fine, 2010). A lo largo de la historia, se han utilizado argumentos pseudocientíficos para sostener que las capacidades cognitivas, emocionales y conductuales están determinadas por el sexo biológico, ignorando la influencia de factores socioculturales y ambientales (Eliot, 2011). Sin embargo, investigaciones recientes en neurociencia han demostrado que el cerebro humano es altamente plástico y que las supuestas diferencias entre géneros son, en muchos casos, exageradas o malinterpretadas (Joel et al., 2015).

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El término ‘neurosexismo’ fue acuñado por la psicóloga Cordelia Fine en su libro Delusions of Gender (2010), donde critica cómo ciertos estudios neurocientíficos han reforzado prejuicios de género bajo una apariencia de objetividad científica. Este enfoque no solo perpetúa desigualdades, sino que también distorsiona el avance del conocimiento en neurociencia.

A continuación, se explorará qué es el neurosexismo, cómo ha influido en diversos ámbitos sociales y de qué manera la investigación científica actual lo ha desmentido.

¿Qué es el neurosexismo?

El neurosexismo se refiere a la tendencia a interpretar diferencias cerebrales entre sexos como inherentes e inmutables, ignorando el papel de la socialización, el ambiente y la neuroplasticidad (Fine, Dupré, Joel, 2017). Este enfoque sostiene que hombres y mujeres tienen estructuras y funciones cerebrales distintas que los predisponen a comportamientos, habilidades y roles sociales específicos. Por ejemplo, se ha argumentado que las mujeres tienen un mayor desarrollo del cuerpo calloso (lo que supuestamente las hace más intuitivas), mientras que los hombres tendrían un mayor volumen en la amígdala (asociada a la agresividad) (Rippon, 2019). Sin embargo, estas afirmaciones carecen de sustento científico sólido.

La neurociencia contemporánea ha demostrado que las diferencias intra-género (entre individuos del mismo sexo) son mayores que las inter-género (entre hombres y mujeres) (Joel, McCarthy, 2017). Además, muchos estudios que afirman encontrar diferencias cerebrales significativas no controlan adecuadamente variables como la educación, las experiencias de vida o los sesgos metodológicos (Eliot, 2011). El neurosexismo, por tanto, no es solo una mala interpretación de los datos, sino una herramienta que refuerza estereotipos perjudiciales.

El neurosexismo y la distorsión de la neurociencia

El neurosexismo ha perpetuado estereotipos de género mediante la interpretación sesgada de estudios en neurociencia, frecuentemente a través de tres mecanismos clave:

  • Sobregeneralización de diferencias mínimas: Investigaciones que reportan diferencias cerebrales estadísticamente significativas, pero clínicamente irrelevantes han sido usadas para afirmar que hombres y mujeres tienen capacidades ‘innatamente’ distintas. Por ejemplo, un estudio sobre conectividad cerebral concluyó que las diferencias eran menores (<1% de varianza) (Ingalhalikar et al., 2013), pero medios y divulgadores las presentaron como ‘prueba’ de que los hombres son más aptos para la lógica y las mujeres para la empatía (Rippon, 2019).
  • Confusión entre correlación y causalidad: El neurosexismo ignora que las diferencias observadas pueden ser resultado de la socialización, no su causa. Un caso emblemático de esto es la supuesta ‘mayor actividad emocional’ en el cerebro femenino. Frente a esto, algunos estudios con fMRI muestran que estas diferencias desaparecen cuando se controla la educación emocional recibida (Fine, Dupré, Joel, 2017).
  • Selección sesgada de evidencia: Se privilegian estudios que apoyan estereotipos, mientras se omiten aquellos que los refutan. Por ejemplo, se cita frecuentemente que los hombres tienen un hipocampo más grande (asociado a memoria espacial), pero se ignora que el tamaño de esta estructura varía con la experiencia (como en taxistas londinenses) (Eliot, 2011).

Impacto del neurosexismo en la vida cotidiana

El neurosexismo ha tenido consecuencias tangibles en múltiples esferas.

En el ámbito laboral, por ejemplo, esta ideología se ha usado para justificar brechas salariales y la escasa presencia de mujeres en STEM. En este sentido, empresas como Google han enfrentado demandas por promover la idea de que las mujeres son ‘biológicamente menos aptas’ para la programación (York, 2017).

Por otro lado, en el campo de la educación, algunos libros de texto aún repiten que ‘los niños son mejores en matemáticas’, a pesar de que pruebas PISA muestran que la brecha depende del país (OECD, 2015). Este tipo de desinformación desalienta a muchas niñas a comenzar una carrera en ciencias exactas (Hill, Corbett, St Rose, 2010).

Así mismo, en política, los discursos que vinculan liderazgo con ‘cerebros masculinos racionales’ han excluido a mujeres de puestos decisorios. En relación con esto, un análisis de 187 países muestra que los estereotipos neurosexistas correlacionan con menor representación política femenina.

Además, en el ámbito del entretenimiento, muchas películas y series reproducen el mito del ‘cerebro emocional femenino’. Un ejemplo de ello es la serie televisiva The Big Bang Theory, donde Penny es retratada como intuitiva, pero ‘irracional’, mientras Sheldon encarna la lógica ‘masculina’.

¿Cómo la neurociencia desmiente el neurosexismo?

La investigación en neurociencia ha desmontado sistemáticamente los postulados del neurosexismo mediante estudios rigurosos y meta-análisis. Uno de los hallazgos más contundentes proviene de un trabajo en el que se analizaron imágenes cerebrales de más de 1,400 personas; concluyendo que no existe un ‘cerebro masculino’ o ‘femenino’ distintivo. En cambio, el cerebro humano es un mosaico de características, donde solo un pequeño porcentaje de individuos presenta estructuras exclusivamente asociadas a un sexo (Joel et al., 2015).

Además, estudios de neuroplasticidad han demostrado que las diferencias cerebrales atribuidas al género a menudo reflejan experiencias y entrenamiento, no predisposiciones biológicas. Por ejemplo, se ha comprobado que las supuestas brechas en navegación espacial desaparecen tras cortos periodos de entrenamiento en mujeres, refutando la idea de una ventaja masculina innata. Así mismo, investigaciones con fMRI muestran que las diferencias en la actividad cerebral durante tareas emocionales son mínimas y dependen del contexto cultural (Rippon, 2020).

Por otro lado, un meta-análisis de 106 estudios no encontró diferencias significativas en la asunción de riesgos entre géneros al controlar factores socioculturales (Byrnes, Miller, Schafer, 1999).

Estos hallazgos subrayan que el neurosexismo ha sobredimensionado diferencias irrelevantes, ignorando la diversidad intrínseca dentro de cada sexo y la capacidad adaptativa del cerebro.

¿Por qué la neurociencia debe investigar el neurosexismo?

El desarrollo de investigaciones en neurociencia que cuestionen el neurosexismo es crucial por tres razones principales:

  • Evitar la legitimación científica de estereotipos: Cuando se atribuyen desigualdades sociales a diferencias cerebrales ‘innatas’, se naturalizan injusticias. Por ejemplo, la creencia de que las mujeres son ‘menos aptas’ para carreras STEM, ha reducido su acceso a oportunidades educativas. En este sentido, la neurociencia actual demuestra que estas brechas son producto de sesgos culturales, no de limitaciones biológicas (Hill, Corbett, St Rose, 2010).
  • Promover políticas basadas en evidencia: En el ámbito laboral, el neurosexismo ha justificado brechas salariales y techos de cristal. Sin embargo, diversos estudios revelan que el liderazgo no está vinculado al género, sino a oportunidades de desarrollo (Eagly, Carli, 2007). Legislaciones que ignoran estos datos perpetúan sistemas discriminatorios.
  • Fomentar una neurociencia rigurosa y ética: La comunidad científica debe rechazar diseños metodológicos sesgados (por ejemplo, muestras pequeñas o no representativas) que alimentan el neurosexismo. En relación con esto, revistas como Nature y PNAS ya exigen controles estrictos para estudios sobre diferencias de género (Joel, McCarthy, 2017).

Referencias:

  • Byrnes, J., Miller, D., Schafer, W. (1999). Gender differences in risk taking: A meta-analysis. Psychological Bulletin, volumen (125), número (3), pp. 367-383. psycnet.apa.org
  • Eagly, A., Carli, L. (2007). Through the labyrinth: The truth about how women become leaders. Harvard Business Review Press.
  • Eliot, L. (2011). The trouble with sex differences. Neuron, volumen (72), número (6), 895-898. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
  • Fine, C. (2010). Delusions of Gender: How Our Minds, Society, and Neurosexism Create Difference. W. W. Norton & Company.
  • Fine, C., Dupré, J., Joel, D. (2017). Sex-linked behavior: Evolution, stability, and variability. Trends in Cognitive Sciences, volumen (21), número (9), pp. 666-676. cell.com
  • Hill, C., Corbett, C., St. Rose, A. (2010). Why so few? Women in science, technology, engineering, and mathematics. American Association of University Women. researchgate.net
  • Ingalhalikar, M., Smith, A., Parker, D., Satterthwaite, T., Elliott, M., Ruparel, K., Hakonarson, H., Gur, R., Gur, R., Verma, R. (2013). Sex differences in the structural connectome of the human brain. Proceedings of the National Academy of Sciences, volumen (111), número (2), pp. 823-828. pnas.org
  • Joel, D., Berman, Z., Tavor, I., Wexler, N., Gaber, O., Stein, Y., Assaf, Y. (2015). Sex beyond the genitalia: The human brain mosaic. Proceedings of the National Academy of Sciences, volumen (112), número (50), pp. 15468-15473. pnas.org
  • Joel, D., McCarthy, M. (2017). Incorporating sex as a biological variable in neuropsychiatric research: Where are we now and where should we be? Neuropsychopharmacology, volumen (42), número (1), pp. 379-385. pnas.org
  • York, A. (2017). Google memo completely misses how implicit biases harm women. The Conversation. theconversation.com 
  • OECD. (2015). The ABC of Gender Equality in Education: Aptitude, Behaviour, Confidence. OECD Publishing. oecd.org 
  • Rippon, G. (2019). The Gendered Brain: The New Neuroscience That Shatters the Myth of the Female Brain. Vintage.

Créditos de imagen de portada: Foto de Artem Podrez

Fran González
Fran González
Director y fundador de Mente y Ciencia. Psicólogo Online en Ítaca Psicología. Graduado en Psicología. Máster en Psicología General Sanitaria. Profesor colaborador en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Responsable del Grupo de Trabajo de Psicología Basada en la Evidencia en el Colegio Oficial de Psicología (COP-AO).

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Director y fundador de Mente y Ciencia. Psicólogo Online en Ítaca Psicología. Graduado en Psicología. Máster en Psicología General Sanitaria. Profesor colaborador en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Responsable del Grupo de Trabajo de Psicología Basada en la Evidencia en el Colegio Oficial de Psicología (COP-AO).