El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) se ha consolidado como uno de los diagnósticos neuropsiquiátricos más frecuentes en la población infantil y, cada vez más, en la adulta. Su reconocimiento ha permitido a millones de personas comprender sus dificultades y acceder a tratamientos que mejoran significativamente su calidad de vida. Sin embargo, paralelamente a este avance, ha emergido con fuerza una preocupante tendencia: el sobrediagnóstico del déficit de atención y la hiperactividad.
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Este fenómeno, definido como la asignación de un diagnóstico de TDAH a individuos cuyos síntomas no cumplen estrictamente con los criterios clínicos establecidos, o cuyas manifestaciones son mejor explicadas por otros factores contextuales, representa un desafío clínico y ético de primer orden. La delgada línea entre identificar genuinamente el trastorno y patologizar variaciones normales de la conducta, como un déficit de concentración pasajero o una hiperactividad propia del desarrollo infantil, se ve frecuentemente desdibujada por presiones sociales, académicas y hasta comerciales.
La literatura científica actual debate intensamente sobre las altas tasas de prevalencia reportadas, cuestionando si reflejan una mejor detección o una expansión injustificada de los límites diagnósticos. Comprender esta problemática es crucial, ya que un diagnóstico erróneo conlleva graves consecuencias, desde la medicalización innecesaria de menores y adultos, hasta la incomprensión sobre las verdaderas necesidades de quienes padecen el trastorno de forma severa (Alcalde, 2020; Ñañez, Duque, Betancur, 2019; Sánchez, Torres, 2018).
¿Qué es el trastorno de déficit de atención e hiperactividad o TDAH?
El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo de origen predominantemente neurobiológico, con un fuerte componente hereditario, que se caracteriza por un patrón persistente de desatención, y/o hiperactividad-impulsividad, que interfiere con el funcionamiento o el desarrollo del individuo. Según los manuales diagnósticos internacionales como el DSM-5, los síntomas deben manifestarse antes de los 12 años, estar presentes en al menos dos contextos diferentes (por ejemplo, en la escuela y en casa), y ocasionar un deterioro clínicamente significativo en las áreas social, académica o laboral.
La presentación del trastorno puede ser combinada (donde coexisten síntomas de desatención e hiperactividad), predominantemente inatenta o predominantemente hiperactiva-impulsiva. La desatención se manifiesta como dificultades para mantener la atención en tareas prolongadas, facilidad para distraerse con estímulos irrelevantes, errores por descuido, problemas para organizarse y una frecuente tendencia a perder objetos necesarios para las actividades. La hiperactividad se refleja en una actividad motora excesiva e inapropiada para la edad, como movimientos constantes de manos o pies, dificultad para permanecer sentado, sensación de inquietud interna y una verborrea excesiva. La impulsividad, por su parte, implica acciones apresuradas sin medir consecuencias, dificultad para esperar turnos, e interrupciones constantes a los demás.
Es fundamental entender que el TDAH genuino no es una mera falta de voluntad o una crianza deficiente; sino que implica diferencias en el desarrollo de circuitos cerebrales responsables de las funciones ejecutivas, como la autorregulación, la planificación y el control de los impulsos (Mayo Clinic, 2023; Penas, 2019).
Sobrediagnóstico del déficit de atención e hiperactividad en población infantil
El sobrediagnóstico del TDAH en niños y niñas es un fenómeno particularmente alarmante, documentado en numerosos estudios. Algunas investigaciones señalan que una proporción significativa de menores diagnosticados y medicados no cumpliría todos los criterios diagnósticos rigurosos si se aplicaran evaluaciones exhaustivas (García, Dominguez, 2012). Las causas de este sobrediagnóstico son multifactoriales y se entrelazan de manera compleja.
En primer lugar, existe una presión social y académica intensa sobre las y los niños para que se adapten a entornos escolares altamente estructurados y demandantes, donde la capacidad de permanecer sentado y mantener una atención sostenida es primordial. Conductas propias de la infancia, como la curiosidad, la energía elevada (hiperactividad normativa) o el aburrimiento ante tareas monótonas, son fácilmente medicalizadas como un déficit patológico. En segundo lugar, el proceso diagnóstico a menudo es breve y se basa predominantemente en escalas de conducta efectuadas por padres y profesores, herramientas que, aunque útiles, son subjetivas y pueden estar influenciadas por las expectativas y el estrés del evaluador.
La falta de tiempo en las consultas clínicas para realizar una evaluación profunda, que incluya una exploración neuropsicológica y descarte otras condiciones, agrava el problema. Además, la influencia de la industria farmacéutica y el marketing de los fármacos, sumado a la búsqueda de soluciones rápidas por parte de familias y educadores desbordados, crean un caldo de cultivo para el diagnóstico expedito (Domínguez, 2020; Posada, 2016; Santana, Gatica, Valdenegro, 2020).
Sobrediagnóstico del déficit de atención e hiperactividad en adultos
Si bien el TDAH en adultos es una condición real y frecuentemente no diagnosticada, la creciente popularización del trastorno ha llevado también a un sobrediagnóstico en esta población. Los síntomas en adultos suelen ser más internalizados y sutiles, como problemas de organización, gestión del tiempo, procrastinación crónica, inquietud mental (más que física) y dificultades en las relaciones interpersonales. Precisamente esta vaguedad en la determinación de los síntomas, cuya descripción se parece enormemente a las consecuencias del estrés moderno, la ansiedad, la depresión o simplemente a estilos de vida sobrecargados de información, facilita los diagnósticos erróneos.
Una de las causas principales del sobrediagnóstico del déficit de atención y la hiperactividad es la aplicación acrítica de los criterios diagnósticos, originalmente diseñados para niños, a la sintomatología adulta, sin una adecuada contextualización. Muchos adultos que buscan diagnóstico lo hacen tras autorreconocerse en información de medios o redes sociales, donde los contenidos sobre TDAH suelen presentar listas de síntomas tan genéricos que casi cualquier persona podría sentirse identificada. Esto genera un sesgo de confirmación tanto en el paciente como en clínicos poco especializados. Además, la exigencia de un inicio de los síntomas en la infancia (antes de los 12 años) a menudo se verifica únicamente mediante el recuerdo retrospectivo del adulto, que puede ser inexacto y estar influido por la sugestionabilidad.
Aunado a esto, la comorbilidad con otros trastornos como la ansiedad o el trastorno bipolar, cuyos síntomas pueden imitar o enmascarar al TDAH, no siempre es descartada meticulosamente, llevando a un sobrediagnóstico del déficit de atención como entidad principal, cuando en realidad es secundario (Amador, 2025; Mayo Clinic, 2023).
El aumento de diagnósticos frente a las dificultades de un diagnóstico preciso
La escalada constante en el número de casos diagnosticados de TDAH a nivel global resulta paradójica cuando se contrasta con las notables dificultades inherentes a lograr un diagnóstico preciso y riguroso. Esta incongruencia es uno de los argumentos centrales para sospechar la existencia de un sobrediagnóstico.
Diagnosticar el TDAH es un proceso complejo que requiere una evaluación clínica exhaustiva y multimetódica. No existe una prueba biológica definitiva (como un análisis de sangre o una neuroimagen), por lo que el diagnóstico se basa en la observación clínica, la historia del desarrollo y la aplicación de entrevistas estructuradas y pruebas psicométricas validadas.
Un diagnóstico fiable debe descartar de manera sistemática una gran variedad de condiciones que pueden simular sus síntomas: trastornos de ansiedad, depresión, trastornos del aprendizaje, trastornos del sueño, secuelas de experiencias estresantes, e incluso el simple aburrimiento en aulas con metodologías poco estimulantes. De esta manera, es necesario considerar que la hiperactividad puede ser una respuesta a entornos caóticos o estresantes, y el déficit de atención un síntoma cardinal de la ansiedad o la depresión.
Por otro lado, la brevedad de las consultas en los sistemas de salud pública y privada, la dependencia excesiva de escalas de conducta (fáciles de aplicar, pero interpretables de manera subjetiva) y la falta de formación específica de algunos y algunas profesionales en el diagnóstico diferencial, contribuyen a que este proceso meticuloso se abrevie peligrosamente. Por tanto, el aumento exponencial de diagnósticos es incongruente con la complejidad y el tiempo que un proceso de evaluación fiable debería requerir, sugiriendo que muchos casos podrían ser falsos positivos (García, Domínguez, 2012; Rivas, 2014; Sánchez, Torres, 2018).
El déficit de atención y la hiperactividad más allá del TDAH
Es muy importante comprender que la presencia de síntomas de desatención o hiperactividad no es sinónimo de TDAH. Estas manifestaciones son comportamientos humanos comunes que pueden surgir en una amplia gama de situaciones y como parte de otros trastornos. Un déficit transitorio de la atención puede ser una respuesta completamente normal al estrés agudo, la falta de sueño, una carga de trabajo excesiva o el duelo. Así mismo, la hiperactividad motora puede ser un rasgo temperamental, una expresión de alta energía o una respuesta a entornos poco enriquecidos. Confundir estas variaciones normales con un trastorno neuropsiquiátrico es el núcleo del problema del sobrediagnóstico.
Más allá de lo normativo, una multitud de condiciones psiquiátricas y médicas presentan síntomas que coinciden con los del TDAH. Los trastornos de ansiedad, por ejemplo, provocan una enorme dificultad para concentrarse debido a la preocupación constante. Por otro lado, un niño con un trastorno de aprendizaje no diagnosticado puede mostrar inquietud e hiperactividad por frustración y aburrimiento en clase. Así mismo, la depresión suele conllevar enlentecimiento psicomotor o problemas de concentración. Aunado a esto, experiencias traumáticas o ambientes familiares disfuncionales pueden generar síntomas de desregulación emocional e inquietud que imitan perfectamente al TDAH.
Por tanto, un diagnóstico competente debe navegar por este complejo panorama y determinar si los síntomas de déficit de atención e hiperactividad son la causa primaria del problema, o simplemente un epifenómeno de otra condición subyacente, evitando así caer en el sobrediagnóstico (Penas, 2019; Ñañez, Duque, Betancur, 2019).
Sobrediagnóstico vs. invisibilización
La discusión en torno al TDAH a menudo se polariza entre dos posturas extremas, e igualmente dañinas, que es crucial evitar. Por un lado, se encuentra el fenómeno del sobrediagnóstico, ampliamente analizado aquí, que conduce a la medicalización de la vida cotidiana y a la trivialización del trastorno. Por el otro, existe el riesgo opuesto: la invisibilización y la negación del TDAH como una condición real y discapacitante para quienes lo padecen de forma genuina. Minimizar este trastorno, atribuyéndolo exclusivamente a la mala crianza, la pereza o la falta de disciplina, impide que miles de personas reciban el apoyo y el tratamiento que necesitan, condenándolas al fracaso académico, laboral y social.
El desafío para la comunidad clínica, educativa y científica es navegar por el estrecho canal entre estas dos peligrosas orillas. Se debe reconocer y validar la existencia del TDAH como un trastorno del neurodesarrollo con bases neurobiológicas sólidas, que causa un sufrimiento real y que responde eficazmente a un manejo multimodal (que puede incluir medicación). Simultáneamente, se debe combatir activamente el sobrediagnóstico, abogando por prácticas diagnósticas rigurosas que diferencien el trastorno verdadero de las dificultades transitorias de atención o de la hiperactividad contextual.
Equilibrar esta balanza es una cuestión de ética médica y responsabilidad social, asegurando que los recursos y el reconocimiento lleguen a quienes realmente los necesitan, sin patologizar las vicisitudes normales de la experiencia humana (Alcalde, 2020; Sánchez, Torres, 2018).
Consecuencias del sobrediagnóstico del trastorno de déficit de atención e hiperactividad
Las repercusiones del sobrediagnóstico del TDAH son profundas y multifacéticas, afectando a individuos, familias y a la sociedad en su conjunto.
La consecuencia más directa es la medicalización innecesaria de personas sanas. La prescripción de psicofármacos estimulantes (como el metilfenidato) a niñas, niños y adultos que no los necesitan los expone a potenciales efectos secundarios, que pueden incluir insomnio, pérdida de apetito, retraso en el crecimiento, problemas cardiovasculares y cambios en el estado de ánimo, sin ningún beneficio terapéutico real.
A nivel psicológico, recibir una etiqueta diagnóstica errónea puede generar una identidad enferma, minar la autoestima y fomentar la dependencia, haciendo que el individuo atribuya todos sus desafíos y fracasos a un déficit biológico inmutable en lugar de a factores modificables.
El sobrediagnóstico también tiene un efecto de desvío de recursos sanitarios, saturando los servicios especializados y haciendo que las listas de espera se alarguen para aquellas y aquellos con casos severos y genuinos que requieren atención urgente.
Socialmente, contribuye a la estigmatización de comportamientos normales y a la pérdida de credibilidad del diagnóstico real. De esta manera, cuando el TDAH se percibe como un diagnóstico ‘de moda’ o ‘fácil’, se dificulta que la sociedad comprenda y apoye las necesidades legítimas de quienes realmente luchan contra el trastorno.
Finalmente, el sobrediagnóstico desvía la atención de problemas sistémicos, como métodos educativos rígidos o entornos laborales tóxicos, al medicalizar las respuestas naturales al malestar que estos generan (Domínguez, 2020; Ñañez, Duque, Betancur, 2019; Posada, 2016).
Prevención del sobrediagnóstico del trastorno del déficit de atención e hiperactividad
La prevención del sobrediagnóstico requiere un abordaje multifactorial y concertado que involucre a todas y todos los actores del sistema: clínicos, educadores, familias y la sociedad en general.
La principal solución a este problema es la mejora de la formación de las y los profesionales de la salud mental y pediatría, enfatizando el diagnóstico diferencial y la necesidad de evaluaciones exhaustivas. En este sentido, las y los clínicos deben insistir en una evaluación que vaya más allá de las escalas de conducta, incorporando una historia clínica detallada, entrevistas con la o el paciente y su familia, y, cuando sea posible, una evaluación neuropsicológica para valorar las funciones ejecutivas de manera objetiva.
Además, es crucial contextualizar los síntomas, realizando preguntas como: ¿la hiperactividad y el déficit de atención ocurren en todos los entornos o solo en la escuela? o ¿existen factores estresantes recientes?
De igual manera, en el ámbito educativo, se necesita formar a los profesores para que reconozcan la diversidad de estilos de aprendizaje y temperamentos, evitando derivaciones clínicas precipitadas por comportamientos que podrían manejarse con adaptaciones pedagógicas y apoyo psicoeducativo.
Aunado a esto, es fundamental educar a la sociedad para que comprenda la complejidad del TDAH y desconfíe de los autodiagnósticos basados en información superficial. Así mismo, las guías clínicas deben ser promovidas y seguidas, estableciendo protocolos estrictos que exijan el descarte de otras condiciones antes de confirmar un TDAH.
Por último, se debe fomentar una mirada crítica hacia las influencias comerciales y las presiones sociales, que priorizan soluciones rápidas farmacológicas, sobre intervenciones psicosociales y educativas más profundas y estructurales (García, Domínguez, 2012; Penas, 2019; Santana, Gatica, Valdenegro, 2020).
Referencias:
- Alcalde, M. (2020). Sobrediagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) infantil en la última década: datos de prevalencia e implicaciones éticas. Universidad del País Vasco. addi.ehu.es
- Amador, G. (2025). Jerarquía diagnóstica en psiquiatría: una revisión crítica del diagnóstico de trastorno de déficit de atención e hiperactividad en adultos. Revista Boliviana de Psiquiatría, volumen (1), número (2). rbp.com.bo
- Domínguez, M. (2020). Sobremedicación de estudiantes diagnosticados con trastorno de déficit atencional y su relación con la educación de mercado. Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades, Departamento de Estudios Pedagógicos. repositorio.uchile.cl
- García, J., Domínguez, J. (2012). ¿Existe un sobrediagnóstico del trastorno de déficit de atención e hiperactividad? Evidencias en Pediatría, volumen (8), número (3). riberdis.cedid.es
- Mayo Clinic (2023). El TDAH en niños. MayoClinic.org. mayoclinic.org
- Mayo Clinic (2023). Trastorno de déficit de atención con hiperactividad. MayoClinic.org. mayoclinic.org
- Ñañez, N., Duque, N., Betancur, M. (2019). Sobrediagnóstico en el trastorno por déficit de atención / hiperactividad (TDAH). Universidad Católica de Pereira, Facultad de Ciencias Humanas, Sociales y de la Educación. repositorio.ucp.edu.co
- Penas, M. (2019). TDAH: historia, concepto, evaluación, diagnóstico, sobrediagnóstico y tratamientos. Universidad de la Laguna, Facultad de Psicología y Logopedia. riull.ull.es
- Posada, C. (2016). Sobre-diagnóstico del TDAH: Propuesta Enfermera. Universidad Autónoma de Madrid. researchgate.net
- Rivas, C. (2014). Estudio sobre los factores psicosociales y estacionales del déficit de atención e hiperactividad y su posible sobrediagnóstico. Universidad de Valencia, Facultad de Medicina y Cirugía. docs.google.com
- Sánchez, D., Torres, L. (2018). Sobrediagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad: producto contextual o afinidad clínica. Psyconex, volumen (10), número (16). revistas.udea.edu.co
- Santana, P., Gatica, S., Valdenegro, L. (2020). Evidencia de sobrediagnóstico en el TDAH en base a evaluación neuropsicológica: un estudio en escolares chilenos. Psicogente, volumen (23), número (44). scielo.org.co
Créditos de imagen de portada: Foto de Thirdman

