El concepto de la serotonina, a menudo apodada la ‘hormona de la felicidad’ en la cultura popular, ha trascendido el ámbito de la neurociencia para instalarse firmemente en el discurso público sobre la salud mental y el bienestar. Esta sobre-simplificación, aunque bienintencionada en su deseo de hacer comprensibles procesos biológicos complejos, ha generado una densa niebla de mitos que distorsionan el conocimiento de la verdadera función y distribución de la serotonina en el cuerpo.
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Desafortunadamente, la desinformación sobre este neurotransmisor clave no solo afecta la comprensión pública, sino que también puede influir en las decisiones de tratamiento y la adherencia a la medicación. Debido a ello, es fundamental abordar estos mitos sobre la serotonina con rigor científico.
¿Qué es la serotonina?
La serotonina (5-HT) es una monoamina neurotransmisora sintetizada a partir del aminoácido esencial triptófano, que debe ser obtenido a través de la dieta. Químicamente, su nombre completo es 5-hidroxitriptamina, y su producción requiere dos pasos enzimáticos clave: la hidroxilación del triptófano a 5-hidroxitriptófano (5-HTP) por la triptófano hidroxilasa (TPH), y la posterior descarboxilación del 5-HTP a serotonina por la descarboxilasa de L-aminoácidos aromáticos (AADC) (Berger et al., 2009).
Esta vía metabólica subraya su dependencia de un precursor dietético. No obstante, la molécula de serotonina no está confinada exclusivamente al sistema nervioso central, sino que exhibe una distribución notablemente amplia y diversa por todo el organismo, lo que indica su rol multifacético.
En el SNC, las neuronas serotoninérgicas se originan primariamente en los núcleos del rafe y proyectan a casi todas las regiones del cerebro, modulando una amplia gama de funciones que incluyen el estado de ánimo, el sueño, el apetito, la cognición y el procesamiento del dolor (Nichols, Nichols, 2008).
Mitos sobre la localización de la serotonina
Uno de los malentendidos más extendidos respecto a la serotonina es la creencia de que este neurotransmisor reside y opera casi exclusivamente dentro de los confines del sistema nervioso central, especialmente en el cerebro. Esta noción simplificada se deriva de su popularización en el contexto de los trastornos del estado de ánimo y la acción de los fármacos antidepresivos, que buscan aumentar los niveles de serotonina sináptica en el cerebro (Arias et al., 2010). Sin embargo, la realidad biológica es diametralmente opuesta a este mito sobre la serotonina.
Contrario a la intuición generada por su fama neurológica, la inmensa mayoría de la serotonina corporal, estimada entre el 85% y el 95%, se localiza en la periferia, específicamente en el tracto gastrointestinal (GI) (Terry, Margolis, 2017). Estas vastas reservas periféricas se concentran en las células enterocromafines del epitelio intestinal, donde la 5-HT actúa como un potente regulador de la fisiología intestinal. La serotonina liberada en el intestino estimula la motilidad y las secreciones, jugando un papel crucial en procesos como el peristaltismo y la sensación de náuseas.
Además del intestino, una cantidad significativa de 5-HT se almacena en las plaquetas sanguíneas, que la captan del plasma. Al producirse una lesión vascular, la serotonina se libera de las plaquetas activadas para inducir la vasoconstricción y promover la agregación plaquetaria, siendo un actor clave en la hemostasia y la reparación de tejidos (Walther, Bader, 2008). Es imperativo subrayar que la serotonina del intestino y la sangre no puede ingresar al cerebro debido a la barrera hematoencefálica, lo que significa que la 5-HT cerebral es sintetizada in situ a partir de su precursor triptófano, totalmente independiente de la fuente periférica (Walther, Bader, 2008).
Mito de que la falta de serotonina es la principal causa de la depresión
El mito de que la depresión es simplemente el resultado de una ‘deficiencia química’ o bajos niveles de serotonina es quizás el más difundido y, a la vez, el más cuestionado por la neurociencia contemporánea. Esta creencia, conocida como la ‘hipótesis de la monoamina de la depresión’, se popularizó a partir de la observación de que los fármacos que aumentan la disponibilidad sináptica de serotonina (como los ISRS) a menudo aliviaban los síntomas depresivos (Lacasse, Leo, 2005).
Sin embargo, una revisión exhaustiva y un meta-análisis de la investigación en las últimas décadas han puesto en duda la base empírica de esta teoría, ya que no se ha encontrado evidencia consistente de una asociación entre la depresión y los bajos niveles de serotonina o su actividad, al evaluar la concentración de 5-HT y sus metabolitos, la actividad de los receptores y la síntesis de 5-HT (Moncrieff et al., 2022). Este hallazgo sugiere que los niveles bajos de serotonina, per se, no son la causa fundamental y universal de la depresión.
De hecho, la complejidad de la depresión es mucho mayor, considerándose ahora un trastorno multifactorial. Los tratamientos con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) no generan una mejora inmediata, sino que a menudo tardan semanas en surtir efecto clínico, a pesar de que los niveles sinápticos de 5-HT se elevan rápidamente (Cowen, Browning, 2015). Esta latencia sugiere que la eficacia de los antidepresivos podría deberse a adaptaciones posteriores y cambios plásticos en el cerebro, como la neurogénesis o la modulación de otros circuitos neuronales, más que a una simple ‘corrección’ de un déficit de serotonina.
Mitos sobre la función de la serotonina
Otro mito muy popular sobre la serotonina es la simplificación de su rol a la mera regulación del estado de ánimo, atribuyéndole casi exclusivamente la etiqueta de ‘molécula de la felicidad’. Si bien la modulación del afecto es, sin duda, una función importante de la serotonina en el sistema nervioso central, reducir su utilidad a este único aspecto ignora su participación esencial en una vasta red de procesos fisiológicos cruciales en todo el cuerpo.
La complejidad de la serotonina es evidente en la multiplicidad de receptores (más de 14 subtipos) y su distribución generalizada (Berger et al., 2009). Fuera del cerebro, como ya se ha mencionado, la mayor concentración de serotonina está en el tracto gastrointestinal, donde facilita el peristaltismo, las secreciones y la percepción de señales como el dolor y las náuseas, funcionando como un eje clave en la comunicación intestino-cerebro (Terry, Margolis, 2017).
Además de la motilidad intestinal, la serotonina juega un papel fundamental en la coagulación sanguínea; almacenada en las plaquetas, se libera en el sitio de una herida para promover la vasoconstricción y la agregación plaquetaria, siendo un componente esencial de la hemostasia. También interviene en la regulación del ciclo sueño-vigilia, actuando como precursora de la melatonina, una hormona clave para la cronobiología y la inducción del sueño (Nichols, Nichols, 2008). En el sistema cardiovascular, la serotonina puede actuar como un vasoconstrictor potente en ciertas áreas. En el desarrollo, la serotonina es vital, influenciando la neurogénesis, la migración neuronal y la formación de sinapsis, especialmente durante las etapas tempranas de la vida (Berger et al., 2009).
Mitos sobre cómo se adquiere la serotonina y su aumento
El mito de que podemos aumentar directamente los niveles de serotonina cerebral ingiriendo alimentos o suplementos que contienen 5-HT o triptófano es una simplificación errónea y comercialmente explotada. Aunque la serotonina se sintetiza a partir del triptófano, un aminoácido esencial que se encuentra en muchos alimentos ricos en proteínas (pavo, huevos, lácteos), comer estos alimentos no se traduce directamente en un aumento significativo de serotonina en el cerebro.
La razón fundamental para desmentir este mito de la serotonina radica en la existencia de la barrera hematoencefálica (BHE) y el mecanismo de transporte. El triptófano es transportado activamente a través de la BHE por el sistema de transporte de aminoácidos de cadena grande (LNAA), un sistema que compite con otros aminoácidos, como la tirosina y la valina, que también buscan cruzar la barrera. Una comida rica en proteínas aumenta la concentración de todos los aminoácidos de cadena grande, lo que diluye el efecto del triptófano y limita la cantidad que realmente puede ingresar al cerebro.
Paradójicamente, una dieta rica en carbohidratos tiende a reducir la concentración plasmática de aminoácidos competidores al promover su absorción por el músculo, dejando al triptófano relativamente más disponible para el transporte cerebral (Wurtman, 2007). Sin embargo, incluso bajo condiciones óptimas, la capacidad de la dieta para modificar drásticamente los niveles de serotonina cerebral es limitada.
En cuanto a los suplementos de 5-hidroxitriptófano, el precursor inmediato de la serotonina, si bien este puede cruzar la BHE más fácilmente que el triptófano y aumentar la síntesis de 5-HT cerebral, su uso no está exento de riesgos. La conversión periférica de 5-HTP a serotonina puede elevar peligrosamente la serotonina fuera del SNC, lo que podría llevar al síndrome serotoninérgico o tener efectos adversos en otros sistemas (Birdsall, 1998).
Síndrome serotoninérgico
Mientras gran parte de la conversación pública se centra en el mito de la falta de serotonina y la depresión, existe un peligro real y potencialmente mortal asociado con el exceso de serotonina en el sistema nervioso central y periférico: el síndrome serotoninérgico (SS). Este síndrome es una toxicidad farmacológica que resulta de la hiperestimulación de los receptores 5-HT, principalmente 5-HT2A y 5-HT1A, debido a la acumulación excesiva de serotonina (Boyer, Shannon, 2005).
El SS es una preocupación clínica seria, ya que puede presentarse con un espectro de síntomas que varían desde leves hasta severos y que ponen en peligro la vida. Típicamente, el síndrome es provocado por la interacción de dos o más agentes serotoninérgicos (por ejemplo, combinar un ISRS con un inhibidor de la monoaminooxidasa (IMAO), o con ciertos analgésicos, drogas recreativas o incluso suplementos herbales como el triptófano o el 5-HTP) (Boyer, Shannon, 2005). La importancia de reconocer este exceso radica en que, en el caso de la serotonina, ‘más no siempre es mejor’, desmantelando otro mito popular.
Los síntomas del síndrome serotoninérgico comprenden alteraciones neuromusculares, alteraciones autonómicas y alteraciones del estado mental. Las alteraciones neuromusculares incluyen hiperreflexia (reflejos exagerados), clonus (contracciones musculares rítmicas e involuntarias) y temblores, siendo el clonus espontáneo y la hiperreflexia más pronunciados en las extremidades inferiores. Las alteraciones autonómicas se manifiestan como taquicardia, hipertensión o labilidad de la presión arterial, fiebre alta y sudoración profusa. Finalmente, las alteraciones del estado mental pueden abarcar desde la agitación y la inquietud hasta la confusión, desorientación y, en casos graves, el coma. El síndrome serotoninérgico requiere la suspensión inmediata de los agentes causantes y, a menudo, tratamiento de soporte en un entorno de cuidados intensivos, que puede incluir el uso de antagonistas de los receptores de serotonina (Boyer, Shannon, 2005).
Importancia de reconocer los mitos alrededor de la serotonina
El mito de que la depresión es una simple ‘deficiencia química de serotonina’ promueve una comprensión reduccionista de un trastorno mental que es inherentemente complejo, multidimensional y multifactorial, involucrando genética, experiencias de vida, traumas, factores inflamatorios y alteraciones en múltiples circuitos cerebrales y neurotransmisores. Al centrar la causa exclusivamente en la serotonina, se corre el riesgo de subestimar la necesidad de terapias integrales que incluyan psicoterapia, cambios en el estilo de vida y una evaluación completa de todos los posibles factores contribuyentes.
Además, este mito puede generar una visión pasiva en el paciente, donde el trastorno se percibe como una falla biológica que solo puede ser corregida por una intervención farmacológica externa, socavando el sentido de agencia y la participación activa en el proceso de recuperación, como el compromiso con la psicoterapia. Así, un entendimiento erróneo sobre la serotonina puede llevar a expectativas de tratamiento poco realistas y, consecuentemente, a la frustración o la desilusión cuando los antidepresivos basados en serotonina no proporcionan una ‘cura’ inmediata o total.
Así mismo, el desconocimiento sobre la amplia distribución corporal de la serotonina o el peligro de las interacciones puede exponer a las personas al riesgo del síndrome serotoninérgico por la mezcla inadvertida de medicamentos o suplementos.
Finalmente, al desmentir el mito de la serotonina como sinónimo de ‘felicidad’ y reconocer su vasta función en la digestión, el sueño y la hemostasia, se fomenta una apreciación más profunda de la interconexión entre el cerebro y el cuerpo.
La importancia de la serotonina va más allá de un simple regulador del estado de ánimo, y reconocer esta complejidad es un acto de honestidad intelectual que mejora la educación en salud mental y empodera a las personas para tomar decisiones informadas sobre su bienestar.
Referencias:
- Arias, O., Stamelou, M., Murillo, E., Menéndez, M., Pöppel, E. (2010). Dopaminergic reward system: a short integrative review. International archives of medicine, volumen (3), número (24). pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
- Berger, M., Gray, J., Roth, B. (2009). The Expanded Biology of Serotonin. Annual Review of Medicine, volumen (60), número (1), 355-366. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
- Birdsall, T. (1998). 5-Hydroxytryptophan: a clinically effective, naturally occurring antidepressant. Alternative Medicine Review, volumen (3), número (4), 271-280. altmedrev.com
- Boyer, E., Shannon, M. (2005). The Serotonin Syndrome. The New England Journal of Medicine, volumen (352), número (11), pp. 1112-1120. emergencymed.ucsd.edu
- Cowen, P., Browning, M. (2015). What has serotonin to do with depression? World Psychiatry, volumen (14), número (2), pp. 200-202. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
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- Moncrieff, J., Cooper, R., Stockmann, J., Amendola, S., Henssler, T., Steeg, S. (2022). The serotonin theory of depression: a systematic umbrella review of the evidence. Molecular Psychiatry, volumen (27), número (4), pp. 1956-1970. nature.com
- Nichols, D., Nichols, C. (2008). Serotonin Receptors. Chemical Reviews, volumen (108), número (5), pp. 1614-1641. pubs.acs.org
- Terry, N., Margolis, K. (2017). Serotonergic Mechanisms Regulating the GI Tract: Experimental Evidence and Therapeutic Relevance. Handbook of Experimental Pharmacology. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
- Vlaev, I., Crockett, M., Clark, L., Müller, U., Robbins, T. (2017). Serotonin enhances the impact of health information on food choice. Cognitive, Affective, & Behavioral Neuroscience, volumen (17), número (3). pp. 542-553. wrap.warwick.ac.uk
- Walther, D., Bader, M. (2003). A unique central tryptophan hydroxylase isoform. Biochemical pharmacology, volumen (66), número (9), pp. 1673–1680. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
Créditos de imagen de portada: Foto de Ann H

