Microplásticos y nanoplásticos en el cerebro

Una vez dentro del cuerpo, los microplásticos y nanoplásticos pueden desplazarse a distintos órganos, atravesando incluso la barrera hematoencefálica y acumulándose en el cerebro.

El plástico es ya un elemento omnipresente en el planeta. Se encuentra en las profundidades marinas, en los polos, en el aire, en la comida y el agua potable, e incluso ha comenzado a formar parte de las rocas, dejando una huella indeleble de la actividad humana. Sin embargo, su impacto en la salud aún no se comprende completamente (Villegas, 2025). En este sentido, estudios recientes han revelado un hallazgo preocupante: los microplásticos y nanoplásticos no solo ingresan al cuerpo a través de la inhalación, ingestión o contacto con la piel, sino que pueden llegar hasta el cerebro, lo que plantea serias dudas sobre sus efectos neurológicos.

Contenidos relacionados:

Dado que la producción de plásticos sigue en aumento, comprender los mecanismos mediante los cuales estas partículas afectan al cerebro y el resto del organismo es una necesidad urgente. Debido a esto, a continuación, exploraremos cómo los microplásticos ingresan a nuestro cuerpo, especialmente al sistema nervioso central, qué consecuencias pueden tener para la salud y qué medidas podrían tomarse para mitigar su impacto.

¿Qué son los microplásticos y nanoplásticos?

Los plásticos desechados en el medioambiente no desaparecen; en su lugar, se fragmentan en partículas cada vez más pequeñas, dando origen a los microplásticos y nanoplásticos. Los microplásticos son fragmentos de plástico de menos de 5 milímetros, mientras que los nanoplásticos son aún más diminutos, con un tamaño inferior a 1 micrómetro. Su pequeño tamaño les permite infiltrarse en los ecosistemas y en los organismos vivos, incluidas las personas, con posibles consecuencias negativas para la salud y el medioambiente (Mastache, 2022).

Los microplásticos pueden clasificarse en primarios y secundarios. Los microplásticos primarios son diseñados y fabricados intencionalmente para productos como exfoliantes, cosméticos, detergentes, adhesivos y gránulos de resina utilizados en la industria. En cambio, los microplásticos secundarios se originan por la degradación de objetos plásticos más grandes debido a la exposición a la radiación solar, el desgaste mecánico y otros procesos ambientales. Ejemplos comunes incluyen las fibras que se desprenden de la ropa sintética durante el lavado y las partículas liberadas por el desgaste de neumáticos en carreteras.

Los nanoplásticos, por su parte, pueden generarse a partir de procesos industriales, como la fabricación de recubrimientos en polvo y pinturas, o surgir como resultado de la fragmentación progresiva de plásticos mayores. Su minúsculo tamaño los hace aún más difíciles de detectar y controlar, facilitando su transporte en el aire y el agua, e incrementando su potencial para ingresar en los tejidos biológicos (Quezada, 2021).

Más allá de su abundancia en el medio ambiente, tanto los microplásticos como los nanoplásticos presentan un riesgo adicional: su capacidad para adsorber y transportar contaminantes. Estas partículas pueden acumular sustancias químicas tóxicas como pesticidas, metales pesados y compuestos orgánicos persistentes, además de liberar aditivos plásticos como bisfenoles y ftalatos, conocidos por su efecto disruptivo en el sistema endocrino (Neiro, 2022).

¿Cómo llegan los microplásticos y nanoplásticos a nuestro organismo?

Los microplásticos y nanoplásticos han invadido nuestra vida cotidiana de manera silenciosa, infiltrándose en nuestro organismo a través de diversas rutas. Sus principales vías de entrada son:

  • Ingestión: Los microplásticos están presentes en una amplia variedad de alimentos y bebidas, como el agua embotellada y de grifo, productos enlatados, sal, miel, mariscos, hortalizas y azúcar. Un informe realizado en 2021 confirmó la presencia de microplásticos en diversos productos de consumo diario, lo que sugiere que forman parte de nuestra dieta habitual. En este sentido, se estima que al año una persona puede ingerir hasta 52000 partículas de microplásticos.
  • Inhalación: La atmósfera está contaminada con micro y nanoplásticos provenientes del desgaste de neumáticos, fibras textiles y partículas en suspensión generadas por el viento y la actividad humana. Se calcula que cada persona inhala entre 26 y 130 partículas plásticas diariamente, lo que suma unas 121000 partículas al año. Aunque algunas pueden ser eliminadas por mecanismos de defensa como la tos o los estornudos, otras logran atravesar las vías respiratorias y alcanzar los pulmones, donde pueden desencadenar respuestas inflamatorias.
  • Contacto dérmico: Aunque menos común, esta vía también es relevante. Los nanoplásticos, por su diminuto tamaño (menor a 1 µm), pueden atravesar la piel y entrar en el torrente sanguíneo, especialmente a través del contacto con productos de cuidado personal que contienen microplásticos, como cosméticos y cremas exfoliantes. Aunque la penetración por esta vía aún requiere más investigación, es una preocupación creciente.
  • Vía parenteral: Esta ruta implica la entrada de microplásticos directamente al torrente sanguíneo a través de inyecciones, procedimientos médicos o el uso de ciertos dispositivos que contienen plástico. Aunque es menos frecuente, su impacto podría ser significativo.

(Quezada, 2021; Mastache, 2022; Neiro, 2022; Villegas, 2025).

Presencia de microplásticos y nanoplásticos en el organismo

Una vez dentro del organismo, los micro y nanoplásticos pueden viajar a través del sistema circulatorio y acumularse en diversos órganos y tejidos. En relación con esto, diversos estudios recientes han confirmado su presencia en sangre humana. Además, pueden atravesar membranas celulares, alcanzando incluso el cerebro y la placenta, lo que plantea serias preocupaciones sobre sus efectos en el desarrollo fetal y la salud general.

Estudios en modelos animales han evidenciado que los microplásticos pueden acumularse en el intestino, el hígado y los riñones. En ratonas preñadas, se ha observado que los nanoplásticos inhalados pueden llegar a los órganos fetales, sugiriendo una transferencia de estas partículas a través de la placenta.

Así mismo, dado que el cuerpo humano reconoce estos materiales como agentes extraños, se activan respuestas inflamatorias que podrían contribuir al desarrollo de enfermedades crónicas, trastornos metabólicos e incluso cáncer. Aunque los efectos a largo plazo de esta exposición continúan siendo objeto de investigación, es indiscutible que la creciente acumulación de microplásticos y nanoplásticos en el organismo representa un serio riesgo para la salud humana (Villegas, 2025).

Entrada de microplásticos y nanoplásticos al cerebro

Uno de los hallazgos más alarmantes en la investigación sobre microplásticos y nanoplásticos es su capacidad para infiltrarse en el cerebro, a pesar de la protección que ofrece la barrera hematoencefálica. Esta estructura cumple una función crucial al actuar como un filtro selectivo que impide la entrada de sustancias potencialmente dañinas, como toxinas y patógenos, al sistema nervioso central. Sin embargo, estudios recientes han demostrado que estas diminutas partículas han logrado sortear este mecanismo de defensa y alojarse en el tejido cerebral, lo que plantea serias preocupaciones sobre sus posibles efectos en la salud neurológica (Mastache, 2022).

Aunque la barrera hematoencefálica solo permite el paso de moléculas esenciales como agua, oxígeno y ciertos nutrientes, su permeabilidad no es absoluta. Los nanoplásticos, debido a su diminuto tamaño, pueden atravesarla con mayor facilidad, especialmente en condiciones en las que la barrera se ve comprometida por factores como la inflamación crónica o la exposición a agentes contaminantes. Además, existen regiones del cerebro, conocidas como órganos circunventriculares, que carecen de esta protección, lo que abre una posible vía de acceso para estas partículas. Otro mecanismo de infiltración se relaciona con el transporte a través del sistema linfático, el cual facilita su llegada al torrente sanguíneo y, eventualmente, al cerebro (Villegas, 2025).

Cantidad de microplásticos y nanoplásticos en el cerebro

La evidencia científica ha demostrado que los microplásticos y nanoplásticos no solo logran infiltrarse en el cerebro, sino que lo hacen en concentraciones alarmantes.

Un estudio publicado en Nature Medicine examinó 52 muestras de corteza frontal humana obtenidas en 2016 y 2024, junto con muestras de hígado y riñón de los mismos individuos. Los resultados fueron sorprendentes: los cerebros analizados presentaban entre 7 y 30 veces más partículas de plástico en comparación con los otros órganos estudiados. Además, se observó un incremento significativo en la concentración de estos contaminantes en las muestras más recientes, con un aumento del 50 % en la masa total de plásticos en el cerebro entre 2016 y 2024. Las y los investigadores sugieren que este incremento podría estar relacionado con la creciente exposición a micro y nanoplásticos en el aire, el agua y otros elementos del entorno cotidiano.

Las partículas detectadas en el cerebro estaban compuestas principalmente de polietileno, uno de los plásticos más utilizados a nivel mundial en envases y productos de consumo diario. Según las y los autores del estudio, la acumulación en el cerebro puede explicarse en parte por la vía de entrada nasal. Es decir, se considera que las partículas inhaladas pueden viajar directamente al bulbo olfatorio, una región cerebral encargada del procesamiento del olfato, lo que permite su acceso sin necesidad de atravesar la barrera hematoencefálica.

La edad de las y los individuos no parecía estar correlacionada con la cantidad de plásticos acumulados, por lo que las y los investigadores consideran que el cuerpo humano debe tener algún mecanismo de eliminación de estas partículas, ya que de lo contrario los niveles aumentarían de manera progresiva con los años (Nihart et al., 2025).

Efectos nocivos de los microplásticos y nanoplásticos en el cerebro

Aunque aún hay muchas preguntas sin respuesta, diversos estudios en animales y modelos celulares han demostrado que la presencia de microplásticos y nanoplásticos puede afectar negativamente al cerebro, desencadenando procesos neurotóxicos, afectar la función neuronal e incluso imitar el comportamiento de enfermedades neurodegenerativas.

Uno de los principales mecanismos de daño es la inflamación. La acumulación de estas partículas en el sistema nervioso parece provocar una respuesta inflamatoria que afecta la plasticidad sináptica, es decir, la capacidad de las neuronas para fortalecer o debilitar sus conexiones en función del aprendizaje y la memoria.

Aunado a esto, estudios con animales han encontrado que los nanoplásticos de poliestireno pueden inducir alteraciones en el metabolismo energético del cerebro, particularmente en el cuerpo estriado, una región clave en la regulación del movimiento. Esto llevó a un deterioro neuroconductual con síntomas similares a los de la enfermedad de Parkinson, como debilidad en la fuerza de agarre, problemas de equilibrio y una mayor permeabilidad de la barrera hematoencefálica.

Más allá de estos efectos en la función cerebral, algunos estudios han señalado que la exposición a micro y nanoplásticos también puede alterar los niveles de neurotransmisores. La inhibición de neurotransmisores como la dopamina y la acetilcolina podría generar disfunción neurológica y neuromuscular, afectando tanto el control del movimiento como procesos cognitivos esenciales (Mastache, 2022).

Otro aspecto preocupante es el papel de los aditivos químicos presentes en los plásticos. Sustancias como el bisfenol A (BPA) y los ftalatos, utilizados para mejorar la flexibilidad y resistencia de los plásticos, son conocidos disruptores hormonales y neurotóxicos ambientales. Además, los microplásticos y nanoplásticos pueden adsorber contaminantes orgánicos persistentes y metales pesados a medida que circulan en el medio ambiente, aumentando su potencial tóxico (Quezada, 2021).

¿Es posible prevenir nuestra exposición a microplásticos y nanoplásticos?

La creciente evidencia sugiere que es prudente adoptar medidas preventivas para minimizar nuestra exposición a los microplásticos y nanoplásticos. Sin embargo, esta no es una tarea sencilla, pues el plástico es ya un material indispensable en la vida moderna.

De esta manera, la solución no radica en la erradicación total del plástico, sino en replantear su uso, reducir su producción en masa y cambiar nuestra relación con los plásticos de un solo uso. Esto implica acciones tanto individuales como colectivas. A nivel personal, algunas estrategias efectivas incluyen optar por envases reutilizables que no sean de plástico, preferir alimentos a granel en lugar de aquellos empaquetados en plástico, ventilar bien los espacios cerrados, aspirar con frecuencia para eliminar microplásticos presentes en el polvo y evitar productos cosméticos que contienen estos materiales, como ciertos exfoliantes con microesferas plásticas.

Sin embargo, las acciones individuales tienen un impacto limitado si no van acompañadas de cambios estructurales. Es fundamental exigir mejoras en la gestión y reciclaje de plásticos a nivel gubernamental, así como promover políticas que regulen su producción y fomenten el desarrollo de alternativas más seguras y sostenibles. En este sentido, la investigación en la ciencia de materiales juega un papel clave, al buscar desarrollar plásticos biodegradables más eficientes o innovar con materiales que conserven las ventajas del plástico sin sus efectos adversos.

También se están explorando soluciones tecnológicas para reducir la presencia de microplásticos en el medio ambiente. Por ejemplo, se han identificado gusanos capaces de degradar poliestireno, así como hongos y microbios que pueden descomponer ciertos plásticos. Además, se están diseñando filtros avanzados para eliminar estos contaminantes del agua potable. Sin embargo, estas soluciones aún están en fases experimentales y no representan una respuesta inmediata al problema (Ferrari, 2025).

Referencias:

  • Ferrari, O. (2025). Un estudio descubre niveles alarmantes de microplásticos en el cerebro. Revista National Geographic. nationalgeographic.es 
  • Mastache, M. (2022). Cerebro invadido por microplásticos. Un nuevo reto para nuestro sistema nervioso. Ciencia UNAM. ciencia.unam.mx 
  • Neiro, L. (2022). Problemas de los microplásticos en los seres vivos. Escuela Universitaria de Enfermería, Universidade de Santiago de Campostela. minerva.usc.es
  • Nihart, A., García, M., Hayek, E., Liu, R., Olewine, M., Kingston, J., Castillo, E., Gullapalli, R., Howard, T., Bleske, B., Scott, J., González, J., Gross, J., Spilde, M., Adolphi, N., Gallego, D., Jarrell, H., Dvorscak, G., Zuluaga, M., West, A., Campen, M. (2025). Bioaccumulation of microplastics in decedent human brains. Nature Medicine. nature.com
  • Quezada, F. (2021). Enfermedades neurodegenerativas, ¿una consecuencia de la contaminación por microplásticos? Facultad de Ciencias de la Salud, Escuela De Tecnología Médica, Universidad TALCA. dspace.utalca.cl
  • Villegas, C. (2025). Toxicidad de plásticos en el cerebro. Producción + Limpia, volumen (19), número (2). revistas.unilasallista.edu.co
R. Mauricio Sánchez
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

Artículos diarios sobre psicología, neurociencias y salud para profesionales, estudiantes y mentes inquietas

CONTENIDO RELACIONADO

R. Mauricio Sánchez
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.