Conductismos, los mitos populares más extendidos

¿El conductismo murió? ¿El conductismo menosprecia las emociones y 'niega' la mente? ¿Todo es E-R? Desmontamos los mitos más frecuentes sobre los conductismos.

Dice el dicho crea fama y échate a dormir a manera de advertencia; lo que hacemos o dejamos de hacer nos crea una reputación duradera. Pero el dicho no siempre se cumple; los chismes corren y es muy fácil que malentendidos y falsedades se conviertan en una reputación indeseada. Es el caso del conductismo, ningún otro programa de investigación en psicología ha sido tan vilipendiado con base en ideas equivocadas y simplificaciones groseras (Pérez, 2004). Es más, el mismo hecho de hablar en singular, como si ‘el conductismo’ fuese una única postura monolítica, es ya un error; lo correcto es hablar de conductismos, en plural, pues existen más de catorce variedades (O’Donohue & Kitchener, 1999). A través de este artículo, desmontamos tres de los mitos más extendidos sobre los conductismos; que han hecho un daño supino, sobre todo, a quienes no han seguido de cerca los conductismos y que, en consecuencia, han dejado de beneficiarse de ellos -por desinformación científica-.

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Algunos de estos mitos provienen de confundir un conductismo con otro -de ignorar precisamente la diversidad entre conductismos-. Otros mitos provienen de comprensiones superficiales y de malas lecturas, o directamente de crear caricaturas más fáciles de refutar de los conductismos. Es cierto; la reputación de los conductismos como duros, simplistas y mecánicos será difícil de vencer, pero muchos conductistas estamos dispuestos a dejar de dormir para cambiar esa fama. Por eso, a continuación, abordamos tres de los mitos más comunes sobre los conductismos -los más generales y extendidos-, aunque por supuesto hay muchos más.

Mito 1 “Los conductismos murieron y fueron superados tras la revolución cognitiva”

Nos gustan las historias sencillas; el bien venciendo al mal, sucesos que se siguen unos a otros como los vagones de un tren, que se suceden sin amontonarse, en perfecta fila india. Pero la vida rara vez avanza como nos gustaría, pasa lo mismo en la ciencia.

La narrativa cuestionable de Kuhn

El físico Thomas S. Kuhn quiso ver vagones de tren en su intento por darle un sentido a los sucesos más importantes en la historia de la ciencia. En su famosísimo libro La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn nos contó cómo la ciencia pasa por largos períodos de normalidad, durante los cuales los científicos resuelven problemas en relativa paz (Kuhn 1962/2013). Al menos hasta que los problemas se acumulan y demuestran que las herramientas y teorías científicas de la época no pueden hacerles frente (Kuhn 1962/2013).

  • Aparece una crisis. Surgen nuevas voces, nuevas herramientas, nuevas teorías, a veces radicalmente diferentes a las anteriores.
  • Inicia la Revolución: los científicos más jóvenes adoptan las nuevas ideas y se enzarzan en una batalla contra los viejos que aún defienden su visión del mundo. Es este duelo de sordos, las diferencias son tan radicales que no hay forma de que jóvenes y viejos se entiendan. Los jóvenes ganan adeptos. Los viejos pierden sus puestos de trabajo.
  • Y de pronto todo acaba: quienes defendían las ideas viejas ya murieron o están fuera de escena, y en la ciencia vuelve a reinar la normalidad. Y así, por toda la eternidad.

La ‘revolución cognitiva’ es uno de los mayores mitos, a consecuencia de una historicidad sesgada e interesada sobre los conductismos

Era –y sigue siendo- una idea muy popular. La historia de la ‘revolución cognitiva‘ es muestra de ello: no son pocos los libros en donde se narra una historia similar dentro de la psicología: entre los mitos más comunes, ocupa un lugar especial la idea de que los conductismos se enfrentaron a problemas que no pudieron resolver después de un período de hegemonía (Goldstein, 2015/2019). El surgimiento de la psicología cognitiva para enfrentar la crisis y resolver esos problemas, y, por supuesto, el triunfo definitivo de la psicología cognitiva, que se queda con el trono de la ciencia normal en psicología mientras, a sus pies, yacía el conductismo, moribundo: nada más lejos de la realidad.

Es cierto que la psicología cognitiva surgió durante los años sesenta, pero la ‘revolución cognitiva‘, tal como la narran los libros de historia, nunca sucedió, es un mito en el tratamiento histórico de los conductismos. Para empezar, las críticas que recibió Kuhn son de una severidad tal que hacen dudar de la capacidad de su teoría para describir el cambio científico. Por ejemplo, algunos filósofos criticaron la distinción entre ‘ciencia normal’ y ‘ciencia revolucionaria’ (ver, por ejemplo: Lakatos & Musgrave, 1975/1979), debido a que todo el tiempo hay debates sobre los principios y conceptos fundamentales, que Kuhn consideraba solo aparecían en la etapa de revolución (Kuhn 1962/2013). Esto es sin duda el caso de la psicología, disciplina que no necesita de revoluciones para parecer un campo de batalla.

En parte, podemos entender el aparente declive conductista porque Skinner no respondió de inmediato a la crítica que Noam Chomsky hizo de su Conducta verbal, y como bien dicen por ahí, el que calla otorga. Quién sabe. Skinner pensó que una crítica tan equivocada y falaz nunca trascendería, y que no tenía necesidad de esclarecer puntos que ya estaban aclarados en otros libros. La realidad es que los conductismos han desarrollado avances teóricos y aplicados envidiables desde los años de la supuesta revolución cognitiva: la teoría de los marcos relacionales (Hayes, Barnes-Holmes & Roche, 2001), la teoría de la conducta ribesiana (Ribes & López, 1985), la terapia de activación conductual (Ekers, Richards & Gilbody, 2008), el éxito del análisis conductual aplicado con el autismo (Makrygianni, Gena, Katoudi & Galanis, 2018). Si los conductismos han muerto, ¿cómo explicamos sus éxitos y su inminente vigencia?

Mito 2 “Los conductismos son simplistas y reducen todo al modelo estímulo-respuesta” 

En el ámbito académico hay una tendencia general a tildar de ‘conductista’ a alguna descripción de lo humano que parezca simple y tosca. El término conductismo ha adquirido tintes peyorativos, como sinónimo de ingenuo, poco abarcador, simplón, reduccionista o mecánico (ver, por ejemplo: González, Cabrera, Mendoza & Arzate, 2020). Pero, si bien los términos estímulo y respuesta son empleados por casi todos los autores y autoras conductistas, esto no significa que se reduzca la conducta humana a este modelo.

Modelo ‘estímulo-respuesta’ frente a modelo de la ‘triple contingencia’

Para empezar, tendríamos que definir de qué conductismos estamos hablando. Quien sí usaba el modelo E-R era John B. Watson, el fundador del conductismo clásico, quien a su vez importó los términos estímulo y respuesta de la fisiología que tanto le gustaba estudiar (Watson, 1919/1924). En cambio, el conductismo radical de Skinner -y por extensión el moderno contextualismo funcional de Steven C. Hayes- usa el modelo de la triple contingencia (Morris, 1992); tres elementos enzarzados en una interacción fluida y constante antes que en una relación linear simplona: antecedente-conducta-consecuencia. Cada uno de los tres eslabones de esta cadena determina al otro: “un evento puede ser llamado ‘estímulo’ solo si lleva a cambios en una respuesta; un evento puede ser llamado una ‘respuesta’ solo si produce una consecuencia medible y si cambia cuando algún aspecto del ambiente cambia; una consecuencia puede ser llamada reforzante solo si produce un cambio subsecuente en la respuesta precedente” (Sidman, 2008), nos dice Murray Sidman, revelándonos la profunda interconexión entre los tres nodos de la triple relación de contingencia.

Pero, si bien podríamos pensar que los nodos de antecedente y consecuencia se refieren al contexto inmediato, en realidad la cosa es más complicada. Edward K. Morris sostiene que el modelo de la triple contingencia se puede complejizar hasta dar forma a la monstruosidad que ven en la imagen (Morris, 1992).

Imagen 1. Las variables que se pueden considerar en el modelo de la triple relación de contingencia (extraído de Morris, 1992)
  • Las flechas de abajo representan factores de la historia biológica de la especie y del organismo -como la forma y estructura de nuestros cuerpos o la carga genética-, así como la historia psicológica del individuo. Esas flechas influyen tanto en la relación entre antecedente (S) y respuesta (R), como entre respuesta y consecuencia (S).
  • Las flechas que apuntan hacia arriba representan las consecuencias a futuro de la conducta presente, y también incluyen factores biológicos y psicológicos: envejecemos, como todo animal, y también adquirimos nuevas habilidades mientras perdemos otras. No podemos enseñarle a una persona a volar si no tiene alas, ya que la estructura de nuestros cuerpos y nuestra historia evolutiva nos lo impiden. Podemos enseñarle a conducir en un auto normal, a menos que tenga alguna malformación o haya sufrido un accidente en el pasado que le haya inhabilitado las piernas… o podemos modificar el coche para que lo controle usando solamente las manos. La cantidad de variables que caben en un análisis funcional de este tipo son muchísimas; el límite está simplemente en las necesidades de nuestra investigación o intervención.

El interconductismo de Jacob R. Kantor

Mención aparte merece el interconductismo desarrollado por Jacob R. Kantor, que introduce la noción de campo a la psicología (Kantor & Smith, 1975/2015); la idea de que el análisis causa-efecto no capta de manera apropiada los fenómenos psicológicos, y de que lo mejor es considerar la influencia recíproca de varios elementos -la interacción– como el objeto de estudio de la psicología (Varela, 2008). Esto comprende desde los eventos y objetos físicos y químicos con los que la persona entra en contacto, pasando por los sistemas biológicos, hasta llegar a la historia misma de la persona y cómo esa historia ha configurado las formas en que ocurre la interacción (Varela, 2008). La propuesta de Kantor ha dado origen a al menos tres programas de investigación diferentes: el de Emilio Ribes, en México, el de Josep Roca i Balasch y el de José Santacreu, ambos en España; cada uno con sus particularidades pero siempre guiados bajo la compleja noción del campo psicológico.

Mito 3 “Los conductismos estudian conductas motoras, ignorando emociones, expectativas, pensamientos o memoria”

Otro de los grandes mitos acerca de los conductismos, es tan extendido que incluso aparece en manuales introductorios y en libros de historia y filosofía de la psicología (ver, por ejemplo: Bunge & Ardila, 2002; Griggs, 2017; Kalat, 2017; Weiskopf & Adams, 2015; Wertheimer & Puente, 2020). Por fortuna, es un mito que se cae a poco que se lea a los autores originales sobre conductismos. Si revisamos el índice de obras tan importantes para los conductismos como Psicología desde el punto de vista conductista de Watson (1919/1924), Ciencia y conducta humana de Skinner (1953), La ciencia de la psicología de Kantor y Smith (1975/2015) o Relational Frame Theory de Hayes, Barnes-Holes y Roche, encontramos capítulos dedicados a las emociones, al pensamiento, a la imaginación y a la memoria, a los sueños, a la solución de problemas y a la educación.

¿Los conductismos ‘niegan’ la mente?

Para entender las posturas conductistas respecto de lo mental, debemos entender que ninguno de los conductismos niega la existencia de una rica vida privada, es un mito. La corriente conductista, sea cual sea su apellido, sabe perfectamente que debajo de la piel de cada persona hay un hervidero de actividad, ya sea que lo llamemos alma, psique, mente o cognición. Lo que niega es la existencia de un alma o una mente inmaterial; no hay duendecillos mágicos pertenecientes a otro mundo dentro de la cabeza de la gente controlando sus deseos, sus acciones y sentimientos. En su lugar, la cognición es también conducta, y como tal, no es una cosa, sino un proceso. Cuando un conductista radical o un contextualista dice conducta, no solo se refiere a un movimiento corporal como abrir una puerta; se refiere también a acciones como recordar una fecha, solucionar un problema de ajedrez, imaginarse al lado de la persona amada, etcétera. Y como lo mental es conducta, el medio ambiente juega un papel importante en su mantenimiento, frecuencia y/o extinción.

Esta puede ser una idea rara para quienes no estén familiarizados con los conductismos, pero tiene bastante evidencia a su favor; por ejemplo, la activación conductual, una psicoterapia de estirpe conductista, tiene como meta principal cambiar lo que una persona hace, y este cambio tiene un efecto sobre los pensamientos depresivos; sin necesidad de confrontarlos o intentar refutarlos, desaparecen conforme el cliente o clienta aprende a transformar su medio inmediato y a dirigirse hacia un camino que es valioso para él (Kanter, Busch & Rusch, 2011).

Los conductismos no consideran que los pensamientos o las emociones sean causa del comportamiento, sino que son comportamiento, y como tal, el deber del psicólogo o psicóloga es explicarlos (Nuñez, Abalo, Estal & Froxán, 2020; Hayes, Barnes-Holmes & Roche, 2001; Skinner, 1953). Por cierto, de todos los conductismos, el más fuerte es el interconductismo; sus defensores afirman que incluso la distinción entre conducta pública y privada que hacía Skinner es un ejemplo más del indeseado dualismo (Rodríguez, 2002), y a toda la actividad de un organismo la llaman interconducta, sin importar si es pública o no.

Conclusión

Estos tres mitos, en particular, han hecho un daño bastante fuerte, no solo a los conductismos, sino también a la psicología, al privarla de conocer con más detalle las propuestas de corte conductista y las enormes aportaciones que podrían hacer al estudio del quehacer humano. Deshacer estos mitos sobre los conductismos es una labor ardua, sobre todo teniendo en cuenta que se transmiten en las mismas facultades de psicología, docente -> alumnado -> docente. Sin embargo, en redes sociales hay montones de perseverantes estudiantes y docentes dedicados a difundir la verdadera cara de los conductismos, desmontando falsos mitos y desinformación científica. Invitamos a leer fuentes primarias, y a que se animen a meter -aunque sea el pie- en el mar de estas escuelas de pensamiento. Porque, como dice la científica cognitiva Louise Barrett, el conductismo no es satanismo.

Referencias:

  • Bunge, M. & Ardila, R. (2002). Filosofía de la psicología. Siglo XXI Editores.
  • Ekers, D., Richards, D., & Gilbody, S. (2008). A meta-analysis of randomized trials of behavioural treatment of depression. Psychological Medicine, 38(5), 611–623. doi.org
  • Goldstein, E.B. (2015/2019). Cognitive psychology. Connecting mind, research, and everyday experience. CENGAGE Learning, Inc.
  • González, R., Cabrera, N.L., Mendoza, H. & Arzate, R. (2020). El método filosófico de la diferencia y la psicología científica. Alternativas en Psicología, 45(2), 8-22.
  • Griggs, R.A. (2017). Psychology. A concise introduction. Macmillan Learning.
  • Hayes, S.C., Barnes-Holmes, D. & Roche, B. (2001). Relational Frame Theory: a post-Skinnerian account of human language and cognition. Plenum Press.
  • Kantor, J.R. & Smith, N.W. (1975/2015). La ciencia de la psicología. Un estudio interconductual. University Press of the South.
  • Kanter, J.W., Busch, A.M. & Rusch, L.C. (2011). Activación conductual. Refuerzos positivos ante la depresión. Alianza Editorial.
  • Kalat, J.W. (2017). Introducion to psychology. CENGAGE Learning.
  • Kuhn, T.S. (1962/2013). La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica.
  • Lakatos, I. & Musgrave, A. (1975/1979). La crítica y el desarrollo del conocimiento. Grijalbo.
  • Leahey, T.H. (1992). The mythical revolutions of American psychology. American Psychologist, 47(2), 308-318.
  • Makrygianni, M. K., Gena, A., Katoudi, S., & Galanis, P. (2018). The effectiveness of applied behavior analytic interventions for children with Autism Spectrum Disorder: A meta-analytic study. Research in Autism Spectrum Disorders, 51, 18-31. doi.org
  • Morris, E.K. (1992). The aim, progress, and evolution of behavior analysis. The Behavior Analyst, 15(1), 3-29.
  • Nuñez, M., Abalo-Rodríguez, I., Estal, V. & Froxán, M.X. (2020). Cuestiones filosóficas en torno al análisis de la conducta. En M.X. Froxán (coord.): Análisis funcional de la conducta humana. Concepto, metodología y aplicaciones (pp. 53-96). Pirámide.
  • O’Donohue, W. & Kitchener, R. (1999). Handbook of behaviorism. Academic Press.
  • Pérez, M. (2004). Contingencia y drama. La psicología según el conductismo. Minerva Ediciones.
  • Ribes, E. & López, F. (1985). Teoría de la conducta: un análisis de campo y paramétrico. Trillas.
  • Rodríguez, M.L. (2002). Análisis contingencial. Un sistema psicológico interconductual para el campo aplicado. Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Sidman, M. (2008). Reflections on stimulus control. The Behavior Analyst, 31(2), 127–135. doi.org
  • Skinner, B.F. (1953). Science and human behavior. The Free Press.
  • Varela, J. (2008). Conceptos básicos del interconductismo. Universidad de Guadalajara.
  • Watson, J.B. (1919/1924). Psychology from the standpoint of a behaviorist. J.B. Lippincott Company.
  • Weiskopf, D. & Adams, F. (2015). An introduction to the philosophy of psychology. Cambridge University Press.
  • Wertheimer, M. & Puente, A.E. (2020). A brief history of psychology. Routledge.
Jesús Ramírez Gamboa
Jesús Ramírez Gamboa
Licenciado en Psicología (FES-I, UNAM) y diplomado en Divulgación de la Ciencia (DGDC, UNAM). Fundador del proyecto La Rata & El Perro (Red Iberoamericana de Analistas Conductuales). Interesado en la filosofía de la ciencia, la evolución y las ciencias sociales.

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Jesús Ramírez Gamboa
Licenciado en Psicología (FES-I, UNAM) y diplomado en Divulgación de la Ciencia (DGDC, UNAM). Fundador del proyecto La Rata & El Perro (Red Iberoamericana de Analistas Conductuales). Interesado en la filosofía de la ciencia, la evolución y las ciencias sociales.