Universalidad de las emociones, teoría y crítica

La teoría de la universalidad de las emociones propone que las emociones son comunes e inherentes a la naturaleza de todo individuo.

La posible universalidad de las emociones, esto es, que las emociones sean comunes a todos los sujetos en todas las culturas; ha sido objeto de estudio de una gran variedad de disciplinas científicas desde muy diversos enfoques. Sin embargo, es posible distinguir claramente dos posturas claramente opuestas entre ellas:

Contenidos relacionados:

Primeramente, nos encontramos aquellas posturas que consideran que las emociones son inherentes a la naturaleza de todo individuo, por lo que se manifiestan de forma universal en todos los miembros de nuestra especie. Por otro lado, otras posturas defienden que las emociones se forjan y moldean por efecto del ambiente, por lo que su expresión es diferente en cada cultura.

El papel central que estas dimensiones tienen tanto para profesionales de la salud mental, como para investigadores del comportamiento, hace necesario ofrecer una mirada que pueda arrojar luz a este dilema; ya que gran parte de las consideraciones teóricas, estrategias prácticas y trabajo de campo realizado por la psicología surgen de una de estas dos posturas dicotómicas.

Universalidad de las emociones: Visión naturalista-universalista

Como una consideración que parte de un planteamiento general, existen muchos matices entre las distintas teorías y enfoques que sostienen esta visión. Sin embargo, es posible resumirla en algunos argumentos que son aceptados en diferente grado por quienes se adhieren a esta visión:

  • Nuestras emociones son innatas y son un rasgo heredado común a nuestra especie.
  • Existen emociones básicas o primarias inherentes a la experiencia humana -alegría, miedo, tristeza, ira, entre otras- a las que las distintas lenguas dan nombre.
  • Las emociones son las mismas en todos los pueblos y culturas.

(Bourdin, 2016).

Investigaciones sobre la universidad de las emociones

Las conclusiones de Darwin

La investigación en torno a la universalidad de las emociones se remonta a los estudios de Charles Darwin. En su obra ‘La expresión de las emociones en el hombre y en los animales’ de 1872; se plantea una teoría de la continuidad de los comportamientos expresivos humanos respecto a los de nuestros ancestros evolutivos. A través de una serie de cuestionarios aplicados en diversas regiones del mundo, analizó el origen y las funciones de las expresiones faciales, llegando a la conclusión de que las expresiones emocionales más importantes manifestadas por las personas son las mismas en todo el mundo.

Los hallazgos de Paul Ekman

En 1980, Paul Ekman, destacado investigador de las expresiones faciales y el lenguaje no verbal, realizó un estudio en cinco países de ‘culturas letradas’ donde empleó un juego de 30 fotografías de rostros que expresaban alegría, miedo, sorpresa, colera, tristeza y repugnancia. Los resultados mostraron gran concordancia en las interpretaciones de los sujetos encuestados, sin que se observaran discrepancias importantes al respecto. Posteriormente, realizó un experimento similar en el pueblo de los fore, una comunidad en Nueva Guinea que había permanecido aislada de cualquier contacto con la cultura occidental. Esta vez, narró historias de carácter emotivo y pidió a sus informantes que eligieran entre las fotos que representaban las expresiones faciales. También en esta ocasión, las imágenes seleccionadas por los sujetos y las emociones evocadas coincidieron, dando sustento empírico a su teoría (Bourdin, 2016).

El experimento de Disa Suter

En la actualidad, el estudio de la universalidad de las emociones no ha perdido fuerza. Es incluso posible observar que las metodologías empleadas por los investigadores actuales no han cambiado demasiado.

En un trabajo realizado en 2010 por la Doctora Disa Sauter y financiado por la organización Wellcome Trust, se exploró la compatibilidad de las expresiones sonoras atribuidas a las emociones de ira, miedo, disgusto, diversión, tristeza y sorpresa en diferentes grupos sociales y culturas. Para ello se requirió de la participación de un grupo de alrededor de 20.000 personas británicas y de la tribu himba. Estas últimas pertenecían a pequeños poblados en el norte de Namibia donde no existe electricidad, agua corriente, educación formal o contacto alguno con gente de otros grupos.

El experimento consistió en relatar una historia que evocara una emoción en particular, como la tristeza o la alegría. Al final del cuento, los participantes escucharon dos sonidos -llanto o risas-, preguntándoles al final, cuál de las dos emisiones correspondía mejor a la emoción expresada en la historia. El grupo del Reino Unido escuchó sonidos de los Himba y viceversa. La gente de ambos grupos pudo empatar fácilmente las emociones con los sonidos. Lo anterior sugiere que al menos estas dimensiones básicas son similares en todas las culturas humanas (Wellcome Trust, 2010).

Crítica a la teoría de la universalidad de las emociones

La teoría naturalista-universalista ha recibido distintas críticas, entre las más importantes se encuentran los siguientes argumentos:

  • Muchas de sus investigaciones limitan las emociones a su expresión física, concretamente a la expresión facial.
  • A pesar de que esta teoría declara la existencia de emociones primarias básicas, no existe un consenso claro de cuáles serían.
  • Las explicaciones puramente naturalistas y evolucionistas de las emociones son insuficientes, sobre todo cuando se alejan del dominio de las emociones ‘básicas’ para interpretar procesos más complejos.

Oposición a la universalidad de las emociones: Visión culturalista-construccionista

En oposición a los postulados y trabajos que sostienen que las emociones son un atributo innato que se manifiesta de manera uniforme en todos los grupos humanos, se encuentran las investigaciones que sugieren que las emociones son producto de la interacción de los sujetos con su medio; por lo que se manifestarían de forma diferente en cada cultura.  

Existen diferentes corrientes dentro de esta postura que sostienen y justifican este principio desde diferentes enfoques. Aun así, es posible encontrar puntos en común que definen esta visión:

  • Las emociones surgen como una respuesta a la influencia del medio sobre el individuo.
  • Las experiencias y significados emocionales no son necesariamente universales y, por el contrario, en muchos casos pueden ser estrictamente locales.
  • Las emociones son juicios subjetivos que reflejan la visión personal del sujeto sobre el mundo.
  • Las emociones son fenómenos esencialmente culturales.
  • Existe una estrecha relación entre la expresión de las emociones y el lenguaje que las codifica.

(Bourdin, 2016).

Investigaciones de corte construccionista

Gran parte de la evidencia que sustenta esta postura proviene de estudios de carácter etnográfico en poblaciones y culturas específicas. Un ejemplo de esto es el dirigido por Briggs en 1970 en los esquimales utku, quienes no producen manifestaciones de ira, no reconocen esta emoción e incluso carecen de un vocablo para designarlo. En esta sociedad, las expresiones de disgusto son atribuidas a los niños, pero en los adultos son inconcebibles.

De igual forma, otras investigaciones han destacado la existencia de emociones que no corresponden al listado de emociones primarias comúnmente consideradas por los naturalistas, que forman parte de la cultura y vocabulario de pueblos específicos. Tal es el caso del ‘fago’ en Micronesia, que corresponde a una vivencia producto de la combinación de tristeza, compasión y amor y que es manifestada por un agente de jerarquía superior hacia un subordinado, como una madre a un hijo (Bourdin, 2016).

Crítica a la concepción construccionista de las emociones

Entre las objeciones más claras a las que se enfrenta la corriente construccionista se encuentran las siguientes:

  • Gran parte de las investigaciones efectuadas por esta postura se centran en las excepciones culturales, ignorando las similitudes y posibles coincidencias.
  • Este enfoque muchas veces considera un dualismo mente y cuerpo en el individuo que no es compatible con la experiencia normal cotidiana.
  • Sus teorías reducen el dominio emocional a la esfera estrictamente ideológica y restan importancia a los factores corporales.

El lenguaje y la universalidad de las emociones

En un reciente estudio llevado a cabo en 2019, por la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, se estudiaron diversos lenguajes alrededor del mundo y la forma en que estos conceptualizaban las emociones. Este trabajo fue el más grande de su tipo, considerando cerca de 2.500 idiomas. Para abordar el tema, los investigadores construyeron y analizaron una gran red ‘colexificación’ usando una muestra global de lenguajes. La colexificación se presenta cuando en un idioma, una palabra tiene más de un significado, asociando dos conceptos similares. De esta forma, se pudo explorar qué idiomas colexificaban emociones, y si lo hacían, qué emociones eran vistas como similares o distintas. Al analizar los datos, el equipo encontró lo siguiente:

  • Los idiomas describen de forma diferente las emociones. Por ejemplo, algunos asociaban el sentimiento de pérdida con el miedo y la ansiedad, mientras que otros lo hacían con el arrepentimiento.
  • La forma en que las diferentes culturas expresaban emociones estaba ligada a su posición geográfica. Por lo que grupos localizados más cerca unos de otros compartían visiones similares de una emoción, comparados con los que estaban asentados más lejos de ellos.
  • Sin importar la geografía, todos los idiomas distinguían emociones principalmente basados en el placer o displacer de la experiencia o el alto o bajo nivel de excitación.

(Jackson, et.al 2019).

Los resultados de esta investigación destacan de una forma muy especial, ya que confirman en cierta medida ambas posturas. Por un lado, la influencia que la cercanía de las distintas culturas tiene en la simbolización de las emociones comprueba el claro efecto que el ambiente tiene en el desarrollo de la expresión de las mismas. Sin embargo, el que la gran mayoría de los idiomas hayan dividido y los términos en placenteros y desagradables sin importar la relación que existiera entre los hablantes, nos sugiere la universalidad de las emociones que responderían a un elemento visceral presente en todos los individuos.

Conclusiones

Al final, nos damos cuenta de que cada una de estas visiones aporta evidencias válidas que respaldan su postura. No obstante, un análisis más detallado de los diferentes trabajos revela que, por lo general, amabas corrientes optan por metodologías que exploran solo un aspecto de un fenómeno tan complejo como lo son las emociones.

Es prudente tener cuenta que la contraposición de elementos que aquí se presenta es de pertinencia metodológica, pero carece absolutamente de realidad en la esfera vital humana, síntesis de ambos aspectos. Es necesario el desarrollo de investigaciones que partan de un punto medio que, como el trabajo presentado por la Universidad de Carolina del Norte, logren desarrollar un enfoque integrador que arroje información en favor de la verdad y no en beneficio de una corriente en particular.

Referencias:

  • Bourdin, G. (2016) Antropología de las emociones: conceptos y tendencias, Ciudad de México, México, Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas, volumen 23, número 67, pp. 55-74. Recuperado de: www.sciencedaily.com
  • (2019). Emotion semantics show both cultural variation and universal structure. Science DOI: 10.1126/science.aaw8160
  • Everybody laughs, everybody cries: Researchers identify universal emotions, ScienceDaily, Recuperado de: www.sciencedaily.com

R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

Artículos diarios sobre psicología, neurociencias y salud para profesionales, estudiantes y mentes inquietas

CONTENIDO RELACIONADO

R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.