Crioterapia en salud mental: ¿Existe suficiente evidencia?

Aunque la crioterapia ha mostrado ser efectiva en el tratamiento de padecimientos fisiológicos, la evidencia sobre su uso en el ámbito de la salud mental es insuficiente.

En años recientes, la crioterapia ha captado el interés tanto de la comunidad científica como del público general debido a su posible impacto en distintos aspectos de la salud física y mental. Este creciente interés se debe, en parte, a la forma en que diversos estudios han comenzado a explorar los efectos fisiológicos y psicológicos asociados con el frío extremo, planteando la posibilidad de que dicha intervención pueda complementar estrategias terapéuticas existentes en ámbitos como el estrés, los trastornos del ánimo y el bienestar general. Sin embargo, aunque la crioterapia ha demostrado con mayor claridad su utilidad en contextos fisiológicos como la recuperación muscular o la reducción de procesos inflamatorios, la evidencia disponible en salud mental aún es variable, dispersa y en muchos casos insuficiente, lo que exige un análisis crítico que permita contextualizar los hallazgos disponibles y evitar interpretaciones prematuras.

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En este sentido, comprender cómo se ha investigado la crioterapia, cuál es la calidad de dicha evidencia y qué limitaciones metodológicas persisten, resulta indispensable para valorar adecuadamente su posible aplicación en la práctica clínica.

¿Qué es la crioterapia y cómo se lleva a cabo?

La crioterapia, en su definición más amplia, se refiere al uso terapéutico del frío con el propósito de producir efectos fisiológicos que favorezcan la recuperación, el tratamiento de síntomas o la mejora del rendimiento físico y mental. De forma tradicional, la crioterapia incluía aplicaciones localizadas de frío mediante compresas, baños de hielo o dispositivos de enfriamiento superficial, pero el desarrollo tecnológico de las últimas décadas dio lugar a modalidades más avanzadas. Entre estos procedimientos, la crioterapia de cuerpo completo en cámaras especializadas y la crioterapia parcial o localizada representan las modalidades más estudiadas y estandarizadas.

En la crioterapia de cuerpo completo, las personas ingresan a cámaras que pueden alcanzar temperaturas entre –110 °C y –160 °C durante periodos breves, generalmente entre dos y cuatro minutos. Este tipo de intervención busca producir respuestas neurofisiológicas y circulatorias asociadas con la vasoconstricción inicial seguida de una vasodilatación reactiva, lo que implica cambios en la perfusión, la sensación de analgesia y la modulación de distintos marcadores inflamatorios. Los dispositivos utilizados en esta modalidad pueden funcionar mediante refrigeración por aire o mediante nitrógeno líquido, y la elección de cada sistema genera variaciones en la intensidad y distribución del frío.

En lo referente a la crioterapia parcial, su aplicación suele dirigirse a segmentos corporales específicos mediante dispositivos de aire frío, hielo o inmersión en agua a baja temperatura. Aunque esta técnica no produce los mismos efectos sistémicos que la crioterapia de cuerpo completo, también puede inducir cambios importantes en mecanismos de dolor, inflamación o circulación.

Ambas modalidades requieren supervisión técnica, evaluación previa del estado físico del individuo y una adecuada calibración de los tiempos de exposición para minimizar riesgos (Bouzigon et al., 2016).

Crioterapia en padecimientos fisiológicos: un ámbito con evidencia sólida

El campo en el que la crioterapia ha mostrado mayor respaldo científico es el de la recuperación física y el tratamiento de diversas afecciones fisiológicas. La mayoría de los estudios coinciden en que las aplicaciones de frío extremo pueden generar efectos beneficiosos para la reducción del dolor musculoesquelético, la disminución de la inflamación y la mejora en la recuperación deportiva. Este consenso se fundamenta en investigaciones que, mediante diferentes métodos de evaluación fisiológica, han mostrado resultados consistentes respecto al impacto del frío en marcadores inflamatorios, en la percepción del dolor y en la velocidad de recuperación tras el esfuerzo físico intenso (Tokarczyk et al., 2025).

Estas investigaciones destacan que el frío inducido por crioterapia provoca respuestas autonómicas y vasculares que contribuyen a disminuir la excitabilidad neuromuscular y a incrementar la sensación de analgesia, lo que permite que atletas y personas con dolor crónico experimenten alivio temporal. Asimismo, los estudios que analizan el uso de esta técnica en condiciones médicas crónicas han señalado posibles beneficios en el manejo del dolor asociado con enfermedades como artritis reumatoide o fibromialgia; aunque estos hallazgos suelen restringirse a poblaciones específicas y dependen de protocolos bien definidos (Tabisz et al., 2023).

En el ámbito deportivo, la evidencia científica es particularmente robusta, y revisiones críticas han destacado que la crioterapia, aunque no es una intervención milagrosa, sí constituye una herramienta eficaz para complementar estrategias de recuperación, especialmente cuando se incorpora dentro de programas de entrenamiento diseñados con rigor (Tokarczyk et al., 2025). Esta solidez en los resultados contrasta con la evidencia disponible en salud mental, donde los estudios son más heterogéneos y presentan mayor variabilidad metodológica.

¿Hay evidencia sobre la efectividad de la crioterapia en trastornos del ánimo?

La investigación sobre crioterapia aplicada al tratamiento de trastornos del ánimo es un área emergente en la que la evidencia continúa siendo limitada y heterogénea. Algunos estudios han sugerido que la exposición repetida al frío extremo podría inducir cambios neurobiológicos relacionados con la modulación de neurotransmisores asociados con el estado de ánimo, como la norepinefrina, y con la reducción de marcadores inflamatorios vinculados con la depresión (Doets, Topper, Nugter, 2021). No obstante, aunque estos resultados son prometedores, la cantidad de ensayos controlados es escasa, y muchos presentan muestras reducidas, ausencia de grupos comparativos o falta de seguimiento longitudinal, lo cual limita la solidez de las conclusiones.

Aunado a esto, aunque algunos estudios pequeños han reportado mejoras en síntomas depresivos y ansiosos, la variabilidad metodológica impide establecer con firmeza la eficacia de la crioterapia como tratamiento de primera línea. Además, se observa que muchos protocolos carecen de estandarización en cuanto a la temperatura utilizada, el número de sesiones o la duración de la intervención, lo que profundiza la dificultad de comparar resultados y evaluar la calidad global de la evidencia (Doets, Topper, Nugter, 2021).

Otro aspecto relevante es que, si bien algunos modelos teóricos proponen que el estímulo térmico podría influir en las redes neuronales asociadas con la regulación emocional, estos mecanismos siguen siendo hipotéticos y requieren estudios neurofisiológicos más complejos para ser validados. De manera complementaria, revisiones recientes han indicado que, aunque las personas reportan mejoras subjetivas en bienestar después de sesiones de crioterapia, estas percepciones no siempre se corresponden con cambios clínicos medibles, lo que sugiere la posible influencia de factores placebo o de expectativas del tratamiento (Wiedermann et al., 2025).

La evidencia sobre el uso de crioterapia en el manejo del estrés es insuficiente

El uso de la crioterapia para la reducción del estrés ha sido un aspecto significativamente estudiado; no obstante, la evidencia en este campo sigue siendo variable y presenta limitaciones. En este sentido, revisiones recientes sugieren que la exposición al frío puede producir sensaciones subjetivas de relajación, disminución de tensión emocional y mejoría en el estado general de bienestar. Estos efectos parecen explicarse parcialmente por la liberación de endorfinas y por mecanismos fisiológicos relacionados con la activación del sistema nervioso autónomo, lo cual podría modular la respuesta al estrés. Sin embargo, a pesar de estos hallazgos, la mayoría de los estudios se basan en muestras pequeñas, evaluaciones subjetivas del estado emocional o diseños no controlados (Wiedermann, Piccoliori, Engl, 2025).

Por otro lado, investigaciones adicionales que examinan variables fisiológicas, como cambios en cortisol o frecuencia cardiaca, han demostrado resultados inconsistentes debido a diferencias metodológicas entre estudios y a la falta de estandarización en los protocolos de crioterapia. Esto significa que, aunque la intervención podría tener efectos positivos en algunos usuarios, la evidencia no permite aún establecer conclusiones firmes acerca de su eficacia clínica para el tratamiento del estrés crónico o para poblaciones con trastornos relacionados con la ansiedad. Asimismo, los estudios que han encontrado mejoras suelen incluir individuos físicamente activos o jóvenes, lo cual limita la posibilidad de generalizar sus resultados a poblaciones más diversas (Arc-Chagnaud et al., 2024).

Por tanto, aunque la crioterapia podría constituir una herramienta complementaria en el manejo del estrés, la literatura científica actual no ofrece suficiente robustez metodológica como para recomendarla como tratamiento independiente. Se requieren estudios con muestras representativas, controles adecuados y mediciones fisiológicas y psicológicas estandarizadas que permitan aumentar la validez de la evidencia disponible.

Crioterapia y trastornos del sueño: revisión de la evidencia científica

El interés por la relación entre crioterapia y sueño ha aumentado en años recientes, especialmente a partir de investigaciones que sugieren que la exposición repetida al frío podría influir en procesos reguladores del descanso nocturno. Estudios con jóvenes sanos han observado que la crioterapia puede generar una sensación de relajación y una ligera mejoría en la calidad percibida del sueño tras varias sesiones (Arc-Chagnaud et al., 2024). Estos hallazgos son relevantes, ya que indican que la intervención podría afectar ciertos marcadores subjetivos de bienestar, aunque la evidencia continúa siendo limitada respecto a su impacto en trastornos formales del sueño como insomnio o parasomnias.

En relación con esto, algunos investigadores han señalado que los cambios observados tras crioterapia repetida no necesariamente implican mejorías objetivas en arquitectura del sueño, eficiencia del descanso o parámetros poligráficos, ya que la mayoría de las investigaciones no han empleado mediciones instrumentales sino autoreportes de los participantes. Esto dificulta la afirmación de que el frío extremo genere cambios fisiológicos sustanciales en los mecanismos de regulación circadiana. Además, la duración de los estudios suele ser breve, generalmente limitada a unas cuantas sesiones o a protocolos que no superan pocas semanas, lo cual reduce la posibilidad de comprender los efectos a largo plazo (Arc-Chagnaud et al., 2024).

Por otro lado, aunque algunos mecanismos teóricos proponen que la disminución temporal de la temperatura corporal central podría facilitar la inducción del sueño, estos planteamientos requieren investigaciones más profundas que incluyan biomarcadores relacionados con la regulación térmica nocturna. Así mismo, la evidencia disponible tampoco permite establecer si la crioterapia tendría efectos diferenciados entre poblaciones con trastornos del sueño y personas sanas.

¿La crioterapia tiene un efecto positivo en la calidad de vida?

La aplicación de crioterapia con el propósito de mejorar la calidad de vida ha sido explorada en diversos estudios que evalúan variables como bienestar general, energía, vitalidad, percepción de salud y satisfacción subjetiva. En este campo, la evidencia es mixta: por un lado, revisiones narrativas señalan que algunas personas experimentan sensaciones de revitalización, disminución de dolor corporal y mejoras generales en la percepción de bienestar tras sesiones de crioterapia (Wiedermann et al., 2025). Por otro lado, la solidez de estos hallazgos es limitada debido a que muchos estudios carecen de controles adecuados o se basan en mediciones subjetivas.

Investigaciones con poblaciones sanas muestran que la crioterapia puede generar cambios temporales relacionados con el humor y el nivel percibido de energía. Esto podría deberse a la activación del sistema simpático, a la modulación transitoria de neurotransmisores o al impacto del frío sobre procesos inflamatorios leves, aunque estos mecanismos siguen siendo parcialmente hipotéticos. Sin embargo, la evidencia científica aún no permite determinar si estas mejorías subjetivas se sostienen a largo plazo o si pueden generalizarse a diferentes grupos poblacionales, incluyendo personas con enfermedades crónicas.

En el caso de individuos con padecimientos médicos, algunos estudios han encontrado mejoras en dolor, movilidad y bienestar funcional, lo cual podría repercutir positivamente en la calidad de vida, pero estos resultados deben interpretarse con cautela porque suelen provenir de intervenciones integradas que incluyen fisioterapia u otras estrategias complementarias (Tabisz et al., 2023).

En conclusión, aunque la crioterapia podría tener efectos positivos en la percepción de bienestar y calidad de vida, la verdadera magnitud de estos beneficios aún requiere evidencia más robusta que permita inferencias causales claras.

Riesgos asociados con la crioterapia

Aunque la crioterapia suele promocionarse como un procedimiento seguro, la literatura científica señala riesgos que deben considerarse con seriedad. Una revisión amplia identificó diversos eventos adversos asociados con la exposición a frío extremo, entre los que se incluyen quemaduras por frío, lesiones cutáneas, irritación respiratoria, hipertensión transitoria y, en casos muy inusuales, complicaciones más graves relacionadas con la vasoconstricción extrema. Estos riesgos tienden a incrementarse cuando los protocolos no se aplican con supervisión adecuada o cuando las cámaras de crioterapia no cumplen con los estándares técnicos pertinentes.

En este sentido, uno de los principales problemas radica en la falta de estandarización en los dispositivos utilizados, ya que las variaciones tecnológicas entre cámaras refrigeradas por nitrógeno y cámaras de aire frío pueden producir exposiciones térmicas no uniformes. Además, la escasa regulación internacional del sector contribuye a que existan instalaciones sin controles suficientes, lo cual aumenta la posibilidad de incidentes. Esto es especialmente relevante porque, a pesar de la creciente demanda de crioterapia, la evidencia sobre la seguridad a largo plazo continúa siendo limitada.

Otro riesgo importante es la ausencia de evaluaciones médicas previas que permitan identificar condiciones que contraindican la crioterapia, como enfermedades cardiovasculares, hipertensión no controlada, neuropatías, alteraciones circulatorias periféricas o sensibilidad extrema al frío. De esta manera, el desconocimiento de las y los usuarios sobre estos factores incrementa la probabilidad de que la intervención genere complicaciones (Legrand et al., 2023).

En suma, aunque la crioterapia puede considerarse relativamente segura cuando se lleva a cabo bajo protocolos rigurosos, la literatura científica insiste en la importancia de reconocer que existen riesgos reales y que deben evaluarse en relación con la solidez de la evidencia sobre los supuestos beneficios, especialmente en el campo de la salud mental.

Limitaciones generales de la investigación sobre crioterapia en salud mental

Las investigaciones sobre crioterapia en el ámbito de la salud mental presentan varias limitaciones metodológicas que obstaculizan la interpretación precisa de la evidencia disponible. Una de las restricciones más recurrentes es el tamaño reducido de las muestras, lo cual evita generalizar los resultados y limita la potencia estadística de los análisis. Muchos estudios incluyen solo un pequeño número de participantes, lo que es insuficiente para detectar cambios clínicamente significativos o para comprender la variabilidad individual en la respuesta al frío (Doets, Topper, Nugter, 2021).

Otra limitación importante es la gran heterogeneidad entre los protocolos utilizados. Las diferencias en temperatura, duración de las exposiciones, número de sesiones y tipo de tecnología empleada hacen que la comparación directa entre estudios sea extremadamente difícil. Esta falta de estandarización genera un cuerpo de literatura fragmentado y poco homogéneo, lo que afecta negativamente la calidad de la evidencia. Además, gran parte de los estudios se centran en poblaciones jóvenes y físicamente activas, lo que limita la representatividad de los resultados para grupos más amplios, como personas mayores o pacientes con condiciones clínicas complejas (Wiedermann et al., 2025).

A esto se suma que muchos estudios dependen en gran medida de medidas subjetivas, como autorreportes de bienestar o percepción del estado de ánimo, sin incluir instrumentos clínicos validados o mediciones fisiológicas complementarias. Finalmente, la ausencia de seguimientos longitudinales hace difícil determinar si los posibles beneficios de la crioterapia se mantienen en el tiempo o si corresponden a respuestas transitorias.

En conjunto, estas limitaciones explican por qué la evidencia actual sigue siendo insuficiente para establecer conclusiones firmes sobre la eficacia de la crioterapia en salud mental, y destacan la necesidad de desarrollar investigaciones más rigurosas y estandarizadas.

Importancia de comprender el estado de la evidencia sobre crioterapia en salud mental

Comprender con precisión el estado actual de la evidencia sobre la crioterapia en salud mental es fundamental para evitar interpretaciones erróneas y para orientar adecuadamente tanto la práctica clínica como la toma de decisiones informada por parte de los usuarios.

La popularidad creciente de esta intervención ha llevado a que muchas personas la perciban como un tratamiento eficaz para el estrés, los trastornos del ánimo o los problemas de sueño, aunque la evidencia científica aún no respalda de manera sólida estos usos terapéuticos. En consecuencia, conocer la investigación disponible permite evaluar críticamente qué beneficios son reales, cuáles son especulativos y qué áreas requieren un desarrollo metodológico más robusto antes de realizar recomendaciones clínicas.

Además, entender las limitaciones de la literatura científica ayuda a situar los hallazgos dentro de un marco responsable que reconoce tanto los posibles efectos beneficiosos como los riesgos asociados con la exposición al frío extremo. En este sentido, resulta esencial comprender que el entusiasmo popular por la crioterapia no debe sustituir los criterios basados en la evidencia, especialmente en campos sensibles como el de la salud mental, donde las intervenciones deben fundamentarse en estudios rigurosos que demuestren eficacia, seguridad y replicabilidad.

Finalmente, comprender el estado actual de la evidencia también contribuye a evitar el uso inapropiado de la crioterapia como sustituto de tratamientos psicológicos o psiquiátricos validados, como la terapia cognitivo-conductual o la farmacoterapia cuando es necesaria. Informar adecuadamente a profesionales y usuarios sobre los alcances y limitaciones de esta intervención permite promover un uso más seguro, ético y contextualizado dentro del marco general de la salud mental contemporánea.

Referencias:

  • Arc-Chagnaud, C. et al. (2024). Effects of repeated cryostimulation exposures on sleep and wellness in healthy young adults. Cryobiology, volumen (117). sciencedirect.com
  • Bouzigon, R., Grappe, F., Ravier, G., Dugue, B. (2016). Whole- and partial-body cryostimulation/cryotherapy: Current technologies and practical applications. Journal of Thermal Biology, volumen (61), pp. 67-81. researchgate.net  
  • Doets, J., Topper, M., Nugter, A. (2021). A systematic review and meta-analysis of the effect of whole body cryotherapy on mental health problems. Complementary Therapies in Medicine, volumen (63). sciencedirect.com
  • Legrand, F. et al. (2023). Evaluating safety risks of whole-body cryotherapy/cryostimulation (WBC): a scoping review from an international consortium. European Journal of Medical Research, volumen (28), número (387). link.springer.com
  • Tabisz, H. et al. (2023). Whole-body cryotherapy as a treatment for chronic medical conditions? British Medical Bulletin: volumen (146), número (1), pp. 43–72. academic.oup.com
  • Tokarczyk, W. et al. (2025). Cryotherapy and Whole Body Cooling: A Critical Review of Physiological Impacts on Elite Athletes. Quality in Sport, volumen (39). apcz.umk.pl
  • Wiedermann, C., Piccoliori, G., Engl, A. (2025). Whole-body cryotherapy for stress, sleep, and wellbeing: a narrative review. Academia Mental Health and Well-Being, volumen (2), número (4). academia.edu

Créditos de imagen de portada: Foto de CryoBuilt  Everest

R. Mauricio Sánchez
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

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