¿Por qué las personas creen en teorías conspirativas?

La creencia en teorías conspirativas, aun ante evidencia que las contradice, puede obedecer a una necesidad psicológica de control ante la incertidumbre y el caos.

En un mundo hiperconectado, las teorías conspirativas han encontrado un terreno fértil para expandirse. Desde hipótesis absurdas sobre el origen de la pandemia de COVID-19, hasta supuestos fraudes electorales o intervenciones extraterrestres, estas narrativas no son un fenómeno nuevo, pero su alcance y velocidad de propagación sí lo son. De acuerdo a diversas investigaciones, entre el 20% y el 50% de la población en países occidentales acepta alguna teoría conspirativa, dependiendo del contexto sociohistórico (Douglas et al., 2019). Esto plantea una pregunta crucial: ¿Por qué las personas creen en conspiraciones, incluso cuando la evidencia las contradice?

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La respuesta no reside únicamente en la desinformación, sino en mecanismos psicológicos profundos. Algunos estudios señalan que las conspiraciones satisfacen necesidades emocionales y cognitivas, como reducir la incertidumbre o restaurar una sensación de control. En lugar de ser un simple reflejo de ignorancia, estas creencias operan como herramientas para manejar la ‘ansiedad existencial’ que genera un mundo complejo e impredecible (Douglas et al., 2019). Además, plataformas digitales como Facebook o Twitter amplifican este efecto mediante algoritmos que priorizan contenido emocionalmente cargado, creando cámaras de eco donde las conspiraciones se retroalimentan (Cinelli et al., 2021).

Las teorías conspirativas como respuesta a la incertidumbre

Las teorías conspirativas no surgen en el vacío, sino como respuesta a una necesidad psicológica profunda: manejar la ‘ansiedad existencial’. Investigaciones en psicología social, basadas en la teoría del manejo del terror (TMT), demuestran que los seres humanos, al ser conscientes de su propia mortalidad, buscan estructuras de significado que les permitan afrontar la incertidumbre y el caos. Cuando eventos disruptivos (como una pandemia, una crisis económica o un desastre natural) irrumpen en la vida cotidiana, las conspiraciones ofrecen una narrativa ordenada, aunque falsa, que restaura una ilusión de control (Solomon, Greenberg, Pyszczynski, 2015).

En este sentido, un estudio experimental reveló que las personas expuestas a situaciones de incertidumbre o amenaza mostraban una mayor tendencia a creer en explicaciones conspirativas. Por ejemplo, ante la pregunta ‘¿Por qué ocurrió esta crisis?’, quienes se sentían más vulnerables preferían respuestas que involucraban ‘grupos poderosos ocultos’ en lugar de aceptar explicaciones basadas en el azar o la multicausalidad (Van Prooijen, Douglas, 2017). Esto se debe a que el cerebro humano está programado para detectar patrones, incluso donde no los hay, un fenómeno conocido como apofenia (Brotherton et al., 2013). La idea de que ‘alguien está detrás de todo’ resulta más reconfortante que la fría aleatoriedad del universo.

Además, las conspiraciones no solo simplifican la realidad, sino que también otorgan una sensación de superioridad moral o intelectual. Quienes las adoptan suelen percibirse como ‘despiertos’ frente a una mayoría ‘manipulada’, lo que refuerza su identidad individual y grupal (Jolley, Meleady, Douglas, 2020). Este mecanismo es particularmente evidente en movimientos como el anti-vacunas o el terraplanismo, donde la adhesión a la teoría funciona como un marcador de pertenencia a una comunidad con valores compartidos.

Sesgos cognitivos que alimentan las conspiraciones

El pensamiento conspirativo no es solo producto de la ansiedad, sino también de errores sistemáticos en el procesamiento de la información, conocidos como sesgos cognitivos. Uno de los más relevantes es el sesgo de confirmación, la tendencia a buscar, interpretar y recordar datos que coincidan con las propias creencias previas. En relación con esto, un meta-análisis mostró que quienes creen en conspiraciones suelen descartar pruebas contradictorias y sobrevalorar anécdotas o fuentes marginales que apoyan su postura (Dyer, Hall, 2019). Por ejemplo, un terraplanista podría ignorar imágenes satelitales de la NASA, mientras cita un vídeo de YouTube como ‘prueba irrefutable’.

Otro sesgo clave es el pensamiento dicotómico, que divide la realidad en categorías simplistas: ‘buenos contra malos’, o ‘nosotros contra ellos’. Algunas investigaciones vinculan este maniqueísmo con la desconfianza en las instituciones. Cuando alguien asume que ‘todos los políticos mienten’, cualquier explicación alternativa (por inverosímil que sea) gana credibilidad. Este fenómeno se agrava en contextos de polarización social, donde las conspiraciones se convierten en armas ideológicas (Swami et al., 2014).

La ilusión de patrón también juega un papel crucial. Algunos estudios demuestran que el cerebro humano tiene una aversión al caos y, en su lugar, impone conexiones ficticias. Esto, porque evolutivamente, era más seguro detectar falsos positivos (creer que una rama rota es señal de un depredador) que ignorar señales reales (Whitson, Galinsky, 2008). Algunas y algunos investigadores concluyen que esto se puede traducir, en la actualidad, en ver mensajes ocultos en logotipos o fechas simbólicas.

El papel de las emociones en las teorías conspirativas

Las teorías conspirativas no solo se alimentan de errores cognitivos, sino también de respuestas emocionales profundamente arraigadas. El miedo actúa como un disparador clave. En relación con esto, algunas investigaciones demuestran que las personas que experimentan ansiedad o inseguridad son significativamente más propensas a creer en narrativas conspirativas. Este fenómeno se explica por la necesidad de reducir la incertidumbre, incluso si la explicación alternativa es ilógica (Van Prooijen, Acker, 2015). Por ejemplo, durante la pandemia de COVID-19, la idea de que el virus fue creado en un laboratorio resultó más tolerable para muchos que aceptar que surgió de forma natural, porque implicaba la existencia de un agente controlable (aunque malintencionado) en lugar del caos aleatorio de la naturaleza.

Además del miedo, la pertenencia grupal juega un papel fundamental. Las conspiraciones suelen funcionar como señales de identidad dentro de comunidades cerradas. Un estudio encontró que quienes se sienten marginados o desencantados con el sistema son más receptivos a estas ideas, ya que les proporcionan un sentido de propósito y camaradería (Biddlestone, Green, Douglas, 2020). Esto es evidente en movimientos como QAnon, donde los seguidores no solo comparten creencias, sino también rituales, lenguaje y enemigos comunes. La adhesión a la teoría se convierte en un marcador de identidad tan poderoso como la religión o la ideología política.

Finalmente, la superioridad moral refuerza la adhesión a estas creencias. Quienes creen en conspiraciones a menudo se perciben a sí mismos o mismas como más informados o éticos que el ‘rebaño’ engañado. Esta dinámica, crea un círculo vicioso: la convicción de poseer un conocimiento oculto hace que los individuos desechen cualquier evidencia contradictoria, interpretándola como parte del ‘engaño’ (Lantian et al., 2016).

Neurociencia de la conspiración

Los avances en neuroimagen han permitido explorar los sustratos biológicos del pensamiento conspirativo. Estudios con resonancia magnética funcional (fMRI) revelan que cuando las personas evalúan información conspirativa, se activan regiones cerebrales asociadas al procesamiento emocional (amígdala) y a la búsqueda de patrones (corteza prefrontal dorsolateral). Esta coactivación, sugiere que el cerebro trata las conspiraciones como un problema que requiere resolver, pero con un fuerte componente afectivo que distorsiona el razonamiento objetivo (Imhoff, Dieterle, Lamberty, 2021).

Otro hallazgo crucial es el papel del sistema de recompensa dopaminérgico. Algunas investigaciones muestran que descubrir lo que se percibe como ‘verdades ocultas’ genera una descarga de dopamina similar a la que produce resolver un puzzle (Robbins, Everitt, 2018). Esto explica por qué las y los conspiranoicos experimentan placer al compartir sus teorías; ya que no solo están convencidos de su veracidad, sino que obtienen gratificación neuroquímica al hacerlo.

Curiosamente, la susceptibilidad a estas ideas también puede relacionarse con diferencias estructurales en el cerebro. En conexión con esto, un estudio encontró que quienes creen en conspiraciones tienden a tener un giro temporal superior menos desarrollado, área vinculada al escepticismo y al pensamiento crítico (Bruder et al., 2013). Esto no implica determinismo biológico, pero sí revela cómo factores neuroanatómicos pueden interactuar con predisposiciones psicológicas.

Peligros de las pseudoterapias conspirativas

En los últimos años, han proliferado las llamadas pseudoterapias conspirativas, intervenciones sin base científica que se promueven como alternativas a tratamientos médicos establecidos, frecuentemente respaldadas por narrativas de encubrimiento por parte de la ‘medicina oficial’. Un ejemplo paradigmático es el movimiento anti-vacunas, que ha encontrado en las redes sociales un amplificador para sus afirmaciones, vinculando inmunizaciones con condiciones como el autismo, a pesar de la abrumadora evidencia en contra (College of Physicians of Philadelphia, 2020).

Estas pseudoterapias no solo carecen de eficacia, sino que pueden tener consecuencias graves para la salud pública. Durante la pandemia de COVID-19, por ejemplo, la difusión de teorías que vinculaban las vacunas con microchips o alteraciones del ADN llevó a muchas personas a rechazar la inmunización, aumentando los riesgos de contagio y mortalidad. Además, algunas de estas prácticas, como el uso de dióxido de cloro para ‘desintoxicar’ el organismo, han resultado en intoxicaciones y muertes documentadas (Lardieri et al., 2021).

Aunado a esto, se ha encontrado que las personas que creen en conspiraciones médicas tienden a presentar mayores niveles de desconfianza institucional y ansiedad, lo que las hace más vulnerables a charlatanes que ofrecen soluciones simples a problemas complejos (Ferreira et al., 2022). Esta dinámica es especialmente peligrosa en casos de enfermedades graves como el cáncer, donde pacientes han abandonado tratamientos convencionales en favor de ‘terapias alternativas’ sin evidencia, con resultados frecuentemente fatales (Johnson et al., 2018).

El auge de estas prácticas también refleja un fenómeno más amplio: la medicalización de las teorías conspirativas. Plataformas como Telegram o TikTok han permitido la creación de ecosistemas, donde se difunden desde recetas ‘naturales’ para curar enfermedades, hasta afirmaciones sobre supuestas tecnologías secretas de curación ocultadas por las farmacéuticas (Borgues do Nascimento et al., 2022).

Estrategias para abordar las teorías conspirativas

Combatir el pensamiento conspirativo en el ámbito de la salud requiere enfoques multifacéticos que consideren tanto los aspectos cognitivos como emocionales del problema. Investigaciones en psicología de la persuasión sugieren que la confrontación directa con hechos puede ser contraproducente, activando lo que se conoce como ‘efecto backfire’ (Nyhan, Reifler, 2015). Este fenómeno ocurre cuando las personas, al enfrentarse a información que contradice sus creencias profundas, no solo las rechazan, sino que las fortalecen como mecanismo de defensa psicológica.

Una estrategia más efectiva es la inoculación psicológica, que busca preparar a las personas para reconocer y resistir mensajes engañosos antes de que los encuentren (McGuire, 1964). En este sentido, se ha encontrado que exponer a individuos a versiones debilitadas de argumentos conspirativos, junto con herramientas para identificarlos, reduce significativamente su susceptibilidad (Van der Linden et al., 2020). Por ejemplo, enseñar cómo funcionan los sesgos cognitivos o mostrar cómo se construyen narrativas de desinformación puede crear resistencia sin generar reactancia.

Otro enfoque prometedor es el marco de valores compartidos. Algunos estudios han demostrado que enmarcar mensajes científicos en términos que resuenen con los valores de la audiencia (por ejemplo, libertad personal en lugar de obligación) aumenta su aceptación. Esto es particularmente relevante en comunidades donde la desconfianza en las instituciones es alta (Feinberg, Willer, 2019).

Finalmente, promover la alfabetización digital crítica desde edades tempranas emerge como una posible solución a largo plazo. En este sentido, programas educativos que enseñan a evaluar fuentes, reconocer sesgos y entender los algoritmos de redes sociales pueden formar ciudadanos y ciudadanas menos vulnerables a la desinformación (Breakstone et al., 2022).

Referencias:

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Créditos de imagen de portada: Foto de cottonbro studio

R. Mauricio Sánchez
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

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