Romper con la familia: el tabú de cortar las relaciones

En casos irreconciliables, no queda otra opción que romper con la familia; sin embargo, por cuestiones socioculturales, no será tarea fácil.

La familia ocupa un papel muy importante en el desarrollo de todo individuo; el tipo de interacciones que se viven dentro de ella, determinan en gran medida quienes somos y qué lugar ocupamos en la sociedad (Craig, Baucum, 2009). Sin embargo, el entorno familiar puede ser una fuente conflictos que lejos de favorecer, entorpece nuestra evolución como individuos. Cuando somos niños, es muy poco lo que podemos hacer al respecto; sin embargo, al crecer nos enfrentamos a dos alternativas: mantener de una u otra forma nuestra interacción con aquellos familiares que nos dañan; o bien, romper relaciones con dichos miembros de la familia.

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La familia como agente de conflicto

El tipo de familia a la que pertenecemos afecta nuestro desarrollo cognoscitivo, emocional, social y físico. Este es un proceso particularmente importante durante la niñez; sin embargo, su influencia no cesa al crecer (Craig, Baucum, 2009). Los roles pueden cambiar o evolucionar, pero seguimos siendo parte de un sistema, y nuestra interacción con los demás miembros tiene un impacto intrincado y dinámico en el desarrollo de todos los agentes del grupo familiar. De esta forma, la existencia de uno o más miembros conflictivos, afecta a toda la estructura (Pote, et.al 2008). Situación que nos coloca frente al dilema de continuar siendo parte de una interacción aversiva o violenta; buscar ayuda terapéutica; o bien, romper las relaciones con los miembros de la familia que nos dañan directa o indirectamente.

El tabú de romper con la familia

En casi todas las culturas del mundo la familia tiene un gran valor a nivel social, por lo que se nos educa para procurarla y mantenerla por encima de todo -como una institución sagrada-. Nadie escoge a su padre, madre, hermano o hermana; sin embargo, se nos exige que les brindemos respeto y apoyo en sus necesidades, aun cuando ya somos personas adultas. La misma situación aplica para los hijos e hijas que -independientemente de si se trata de una relación respetuosa y basada o no en el afecto- cuentan con el apoyo vitalicio – y en ocasiones incondicional- por parte de sus padres y madres. (Igarashi, et.al 2013). Por otro lado, en la mayoría de las sociedades occidentales se suele escoger de manera voluntaria a la pareja; razón por la que la sociedad espera cierta disposición a resolver los conflictos que surjan en dicha unión de manera interna, antes de considerar una separación.

La enorme importancia que tienen la familia en nuestra vida y los lazos afectivos que nos unen a sus miembros, hacen que valga la pena el esfuerzo de adaptarnos a ciertas fallas y conflictos, o incluso buscar ayuda para subsanar los problemas de interacción existentes (Pote, et.al 2008). No obstante, la falta de control que tenemos en las decisiones de los demás provoca que estas dos alternativas no siempre sean viables; por lo que romper relaciones a tiempo con el miembro de la familia que nos está afectando puede ser la mejor solución posible.

Desafortunadamente, gracias a nuestra educación, solemos percibir el hecho de cortar los lazos, ya sea con nuestro padre, madre, hermanos, hermanas, e incluso hijos e hijas, como un acto de ingratitud o mezquindad por nuestra parte; y el separarnos de nuestra pareja, como un fracaso personal ante el mundo. Sentimientos que frenan, o incluso nos impiden considerar, una ruptura oportuna.

Por qué romper con la familia

Cada familia es distinta y la forma en que sus miembros interactúan entre sí es igualmente única (Craig, Baucum, 2009). Por lo tanto, no es posible generalizar en torno a las razones que llevarían a una persona a romper con su familia. Sin embargo, existen situaciones disfuncionales típicas en la organización familiar que ameritan algún tipo de respuesta por parte de sus miembros (LaMar, 1992).

Cuando existe la voluntad de cambio en los participantes de un vínculo conflictivo, es posible hablar de algún tipo de intervención terapéutica. No obstante, si no existe cooperación por parte de alguno de los involucrados, el distanciamiento puede ser una alternativa conveniente.

Algunas situaciones disfuncionales en la familia que demandan una respuesta de las personas involucradas son:

Adicciones

El superar una adicción requiere del apoyo de las personas cercanas, por lo que la presencia de la familia es muy importante para este proceso (Zapata, 2009). No obstante, si la persona enferma no acepta su condición o no tiene la voluntad de cambiar, puede afectar de forma emocional, física y económica a quienes le rodean.

Los y las menores de edad son más susceptibles a esta influencia, repercutiendo en su desarrollo y siendo más vulnerables de asumir también hábitos adictivos (Ruiz, 2014).

Control

Algunos miembros de la familia, o la propia pareja, pueden querer controlar la vida de otro integrante a partir de prohibiciones, evitando el desarrollo de actividades sociales, oportunidades o la expresión de ideas (LaMar, 1992). Un ejemplo de ello, son los hombres y mujeres que no permiten que su pareja hable con personas del sexo opuesto.

Otro ejemplo de control, son los padres y madres que toman decisiones por sus hijos o hijas con la justificación de protegerles de cometer errores en su vida, frenando con ello su desarrollo individual (De Acevedo, Nelsen, Erwin, 2016).

Imprevisibilidad

Esto puede observarse en casos de personas que constantemente arriesgan la estabilidad física, emocional o económica de sus familiares o de ellas mismas, sometiéndoles a un estado de constante incertidumbre (LaMar, 1992). Por ejemplo, individuos que se involucran en actividades de riesgo o ilegales que ponen en peligro a las personas que les rodean.

Conflictos

Más allá de los desacuerdos cotidianos, se presentan conflictos constantes producidos por el rencor o el odio. Esta condición afecta la armonía familiar y somete a las personas involucradas en un círculo vicioso de resentimiento, venganzas y culpa, que deteriora el desarrollo de los miembros implicados siendo capaz de afectar otras áreas de su vida (LaMar, 1992).

Abuso

El abuso puede presentarse en muchas formas, desde la agresión física y sexual hacia la pareja, hasta la violencia económica hacia padres y madres (LaMar, 1992). Estas condiciones requieren una respuesta inmediata por parte del agredido que rompa los ciclos de maltrato, ya que su integridad se encuentra en peligro (Ahmadabadi, et.al 2020). Aunque existen aproximaciones terapéuticas especializadas, el romper con el miembro de la familia, autor de la violencia, puede considerarse una buena estrategia.

Perfeccionismo

Se caracteriza por expectativas poco realistas hacia un miembro de la familia que conducen a que ninguna de sus conductas parezca suficiente o adecuada (LaMar, 1992). Esta situación puede llevar al desarrollo de síntomas depresivos, debido a que condiciona el cariño de una figura familiar importante al cumplimiento de exigencias demasiado altas (De Acevedo, Nelsen, Erwin, 2016).

¿Es viable es romper con la familia?

Es importante señalar que la decisión de romper con la familia no solo se enfrenta a la crítica social. Actualmente, las familias tienen menos oportunidades de estar separadas, debido a aspectos mucho más prácticos.

Por un lado, problemas como el desempleo o la falta de oportunidades económicas viables ha provocado que los hijos e hijas se independicen más tarde o vuelvan al hogar familiar. Mientras tanto, la población de personas de la tercera edad que requieren del cuidado de terceros ha aumentado de manera importante (Igarashi, 2013). Ante esta situación, la familia se ha transformado en apoyo muy valioso para subsistencia diaria, desplazando a un segundo plano el bienestar individual de sus integrantes.

El dilema de romper con la familia

Como se ha observado hasta aquí, existen muchos prejuicios en torno a la decisión de romper con la familia como una forma de restablecer o conservar la propia salud mental. No existen parámetros generales que nos ayuden a tomar una decisión de esta magnitud; por lo que sería irresponsable citar situaciones específicas en este sentido, ya que cada caso es distinto. Sin embargo, es necesario considerarla como una alternativa viable más para la resolución de algunos conflictos familiares y relaciones desagradables o violentas que minan nuestros recursos y frenan nuestro desarrollo. En este sentido, es importante recordar que nadie es capaz de ayudar a alguien que no quiere ser ayudado. Si la relación con algún familiar significa nuestro propio deterioro psicológico, físico o económico, tal vez cortar los lazos con esa persona implique un trance doloroso pero absolutamente necesario.

Referencias:

  • Ahmadabadi, Z., Najman, J., Williams, G., Clavarino, A., D’Abbs, P., Tran, N. (2020) Intimate partner violence and subsequent depression and anxiety disorders. Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, Recuperado de: link.springer.com
  • Craig, G., Baucum, D. (2009) Desarrollo Psicológico, México, Prentice Hall. [Documeto PDF].
  • De Acevedo, A., Nelsen, J., Erwin, C. (2016) Padres que aman demasiado. Cali, Colombia, Grupo Editorial Norma [Documento PDF].
  • Igarashi, H., Hooker, K., Coehlo, D., Manoogian, M. (2013) “My nest is full:” Intergenerational relationships at midlife. Journal of Aging Studies. Volumen (27), número (2) Recuperado de: www.sciencedirect.com
  • La Mar, D. (1992) Transcending Turmoil: Dysfunctional Family Characteristics. Springer, Recuperado de:  doi.org
  • Pote H., Stratton, P., Cottrell, D., Boston, M., Shapiro, D., Hanks, H. (2008) Manual de Terapia Familiar Sistémica. Leeds Family Therapy and Research Centre. [Documento de PDF].
  • Ruiz, H., Herrera, A., Martínez, A., Supervielle, M. (2014) Comportamiento adictivo de la familia como factor de riesgo de consumo de drogas en jóvenes y adolescentes adictos. Revista Cubana de Investigaciones Biomédicas. volumen (33), número (4), pp. 402-409. Recuperado de: www.medigraphic.com
  • Zapata, M. (2009) La Familia, soporte para la recuperación de la adicción a las drogas. CES Psicología, volumen (2) número (2, pp. 86-94 Recuperado de: www.redalyc.org
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

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R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.