Por qué mentimos: origen y función de la mentira

Aunque existen multitud de motivos para mentir; conviene profundizar en los procesos psicológicos subyacentes para tratar de entender por qué mentimos.

La honestidad juega un rol muy importante en la interacción personal, laboral y económica y es crucial en el funcionamiento social. Sin embargo, todo el mundo recurre a la mentira de manera cotidiana y muchas veces sin reflexionar sobre ello. Asimismo, aunque ya desde niños y niñas nos enseñan que mentir es algo negativo, peligroso y reprobable, poco a poco aprendemos que hay mentiras que son socialmente aceptables, incluso imprescindibles. Básicamente, se nos exige un equilibrio de sinceridad, desde moderada hasta alta, en función del contexto; pero pocas veces completa. La sinceridad plena puede ser considerada incluso una falta de respeto o de sensibilidad. No obstante, hasta la persona más sincera, mejor educada y bien intencionada miente de alguna u otra forma -automática, o premeditadamente-. Ante esta contradicción, es importante profundizar en por qué mentimos, atendiendo al origen, la naturaleza y la función de mentir, según las distintas investigaciones y trabajos disponibles sobre esta conducta tan compleja.

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El componente biológico de la mentira

Algunos autores sugieren que la mentira es una entidad inherente a la condición humana. Sin embargo, su presencia en cada uno de los aspectos y momentos de la vida personal y social de cada individuo ha hecho que diversos teóricos se pregunten si esta relación es mucho más profunda; llegando a investigar la posible existencia de algún elemento innato o biológico que nos haga susceptibles al engaño, esbozando al ser humano como una especie ‘intrínsecamente mentirosa’.

Los trabajos que han estudiado los mecanismos biológicos que subyacen a la propensión de mentir, se han servido de una aproximación frecuentemente utilizada en la investigación clínica en salud mental. Esto implica estudiar el terreno de la patología, para identificar manifestaciones que, en su expresión común, son más difíciles de investigar.

Sustancia blanca y tálamo

De esta forma, en una serie de estudios realizados sobre pacientes diagnosticados con mitomanía o pseudología fantástica -trastorno caracterizado por mentir de manera compulsiva-, se ha encontrado que hasta un 40% de los sujetos presentan algún tipo de anormalidad en el sistema nervioso central. Esta correlación se detectó por antecedentes médicos de traumatismo o epilepsia, así como a través de técnicas como el EEG. Diversos trabajos han mostrado evidencias que sugieren que el cerebro de los ‘mentirosos patológicos’ tiene mayor proporción de sustancia blanca, comparado con las personas que no mienten; observándose además algún tipo de disfunción en el tálamo, órgano del sistema nervioso cuya función es regular la actividad de los sentidos (Ferrero, Pérez, 2011). Estas diferencias a nivel anatómico sugieren la existencia de un componente biológico que, a modo de hipótesis, brinda cierta luz hacia el conocimiento de los mecanismos orgánicos involucrados en esta conducta, acercándonos a poder hallar una explicación sobre por qué mentimos.

Frente a estos datos, si nos preguntamos por qué mentimos, sería fácil caer en la tentación de atribuir la tendencia de todo individuo a mentir como resultado de un diseño innato que nos impulsa a ocultar la verdad de manera refleja. De esta forma, la mentira quedaría fuera de nuestro control inmediato y proactivo. Sin embargo, más allá del componente biológico, y de la correlación que se puedan extraer los diversos trabajos que estudian disfunciones en el sistema nervioso; no podemos pasar por alto el historial de aprendizajes para explicar por qué mentimos y cómo el proceso de aprendizaje interfiere en los procesos y estructuras cerebrales.

Aprendiendo a mentir

En contraposición a las investigaciones que extraen un componente biológico en la conducta de mentir; existen trabajos que destacan el origen adquirido de la conducta mentirosa. Como gran parte de los hábitos que ponemos en práctica en la vida diaria, mentir es una conducta que se presenta dentro de un contexto de convivencia, social o interpersonal. No mentimos por mentir, sino que esta acción implica obtener un objetivo concreto, es decir, se miente por un motivo o necesidad (Sirvent, et.al, 2011). Entendido como un recurso de interacción, presentar información falsa como verdadera es una práctica que adquirimos al interactuar con los demás, y como muchos de los repertorios conductuales básicos que adquirimos a lo largo de la vida, podemos rastrear su origen en nuestras relaciones más tempranas.

Como un ejemplo de la enorme influencia que las primeras relaciones familiares tiene en esta dimensión, tenemos el trabajo realizado en la Nanyang Technological University, en Singapur, dónde un grupo de investigación analizó el efecto que el mentirles a los hijos e hijas tiene en su desarrollo posterior. Para ello, entrevistaron a 379 adultos jóvenes a quienes sus padres les mintieron cuando eran niños. Estas mentiras incluían engaños comunes utilizados para salir rápidamente de situaciones difíciles de entender o para no cumplir deseos espontáneos. Este estudio encontró que, aquellos a quienes se les mentía de manera más frecuente, eran más propensos a mentir a sus padres y madres cuando eran mayores. Además, estos sujetos reportaron un ajuste psicosocial más bajo y una tendencia a ser más egoístas e impulsivos (Setoh, et.al. 2019).

¿Por qué mentimos comúnmente?

La mentira común se distingue de la ‘mentira patológica’ en que la mentira habitual es una falsificación voluntaria de la realidad con el objeto de obtener un fin o huir de una situación desagradable (Ferrero, 2011). Este aspecto práctico de la mentira común es una distinción clave para entender por qué mentimos, y sitúa precisamente la mentira común, como un recurso adaptativo utilizado a la discreción de la persona, es decir; se miente esencialmente por necesidad.

El investigador Timothy Levine, profesor en la Universidad de Alabama y colaborador del FBI, publicó en 2016 en el Diario de investigación de Comunicación Cultural, los principales motivos por los que las personas mienten:

Mentimos para protegernos

  • Transgresión personal (22%): Mentimos para cubrir errores que hemos cometido o fechorías varias.
  • Evasión (14%): Mentimos para escapar de otras personas.

Mentimos para extraer un beneficio

  • Ventaja económica (16%): Mentimos para obtener beneficios o ventajas financieras.
  • Ventaja personal (15%): Mentimos para atraer beneficios personales, más allá del dinero.
  • Mejorar la impresión de uno/a mismo/a (8%): Mentimos para crear una imagen positiva.
  • Humor (5%): Mentimos para hacer a otras personas reír.

Mentimos para impactar a otras personas

  • Altruista (5%): Mentimos para ayudar de algún modo a otras personas.
  • Malicia (4%): Mentimos proactivamente para herir a terceras personas.
  • Ser políticamente correctos o educados (2%): Mentimos para mantener un rol social o evitar ser grosero/a.

Mentimos por motivos desconocidos

  • Motivos desconocidos aún para nosotros o nosotras mismas (7%). Mentimos, por inercia, sin saber por qué hemos mentido.
  • Patológicos (2%): Mentimos para eludir la realidad.

(Levine, 2016).

Como podemos apreciar, solo un 2% de las mentiras analizadas en este estudio son clasificadas como mentiras patológicas.

La función de la mentira

Las investigaciones que exploran el aspecto biológico de la mentira y aquellas que estudian su aprendizaje, lejos de negarse, se complementan; brindando en conjunto un panorama mucho más completo de un fenómeno tan fascinante y complejo. Tal vez el elemento en común más valioso a nivel científico es el que dejan de lado el aspecto moral detrás de la mentira para limitarse a buscar una respuesta a su origen. Es a partir de esta postura que es posible preguntarnos sobre el valor potencial que la mentira tiene para el individuo y si esta cumple una función, ya sea a nivel personal o social.

La mentira es una estrategia útil y adaptativa

Es innegable el valor utilitario que tiene la mentira; esta es una conducta cotidiana del ser humano y se considera como uno de los recursos más útiles y deseables para conseguir lo que uno o una se propone (Ferrero, Pérez, 2011). Por otro lado, mentir implica arriesgarse a ser condenado por los demás, si se es descubierto. Aun cuando la mayoría justifica el proferir una ‘mentira piadosa’, por un bien superior; pocas personas ofrecen la misma indulgencia a los demás, ya que a nadie le gusta ser engañado (Sirvent, et.al, 2011). Con todo y esto, comúnmente asumimos el riesgo y nos servimos del engaño diariamente, nos comunicamos a través de él y construimos una realidad distinta en torno a nuestras personas a partir de pequeñas mentiras y omisiones. Es aquí donde podemos observar la modalidad en la que la mentira cumple una función reguladora y de protección psicológica. Es en este momento en el que el engaño se vuelve autoengaño.

¿Por qué nos mentimos a nosotros o nosotras mismas?

En un inicio, el autoengaño puede surgir como un intento de hacer más fácil el acto de mentir: El sujeto se engaña a sí mismo para automatizar el acto de mentir. Sin embargo, pronto el beneficio adquiere un nivel mucho más íntimo. La falsa imagen sobre su persona se vuelve creencia. El engaño surge de nuevo de una necesidad, pero esta vez es una necesidad de creer que se es lo que se pretende.

El Doctor Carlos Sirvent analiza las aportaciones de varios autores al respecto de este mecanismo, concluyendo que el autoengaño cumple un papel muy importante en el mantenimiento de la salud mental, así como en nuestra capacidad de cuidar las relaciones interpersonales y la creación de una sensación de bienestar. Tener una imagen sobrevalorada de sí mismo y un optimismo poco realista sobre nuestro futuro puede brindarnos el equilibrio necesario para poder continuar e incluso puede salvarnos la vida.

En un estudio realizado por el psicólogo Richard Lazarus de la Universidad de Berkeley, en pacientes que se sometieron a distintos procedimientos quirúrgicos, este demostró que aquellos que conseguían engañarse a sí mismos olvidando la gravedad de su intervención, sufrieron menos complicaciones postoperatorias que los pacientes que hicieron hincapié en los peligros de la cirugía (Sirvent, et.al, 2011). Este tipo de estudios muestras el poder que tiene el creer en algo, aun cuando ese algo se a una mentira.

Conclusión

Reflexionando sobre por qué mentimos nos damos cuenta de que la mentira es una dimensión compleja que sobrepasa las categorizaciones morales. Es un fenómeno arraigado a nuestras personas, tanto a nivel biológico, como cultural y por supuesto comportamental, formando parte de nuestra vida diaria como algo más que un recurso oportunista. Mentir nos brinda una ilusión de control sobre nuestra realidad, que otorga beneficios más allá del cumplimiento de nuestros propósitos inmediatos. Al ocultar la verdad, adquirimos el poder de presentar la nuestra en su lugar.

Referencias:

  • Ferrero T., Pérez, L. (2011) Pseudología fantástica o Mitomanía, España, FEA Psiquiatría. Complejo Hospitalario Universitario A Coruña.
  • Setoh, P., Zhao, S., Santos, R., Heyman, G., Lee, K. (2019) Parenting by lying in childhood is associated with negative developmental outcomes in adulthood. Journal of Experimental Child Psychology, DOI: 10.1016/j.jecp.2019.104680
  • Sirvent, C., Moral, M., Blanco, P., Rivas, C., Quintana, L., Campomanes, G. (2011) Vivir en el engaño. Revista Psicología.com, [documento PDF].
  • Levine, T. (2016) Why Lie? Journal of Intercultural Communication Research. Recuperado de: www.tandfonline.com
  • José Luis Catalán Bitrián (2005) Mentira y autoestima. Recuperado de: www.cop.es
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

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R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.