¿Integración o inclusión social? Diferencias y ejemplos

Los conceptos de integración e inclusión social suelen confundirse habitualmente, aunque existen diferencias significativas en sus formulaciones.

En las últimas décadas, la actitud de la sociedad frente a los colectivos más desfavorecidos ha cambiado sustancialmente. Desde la creación de planes educativos que permitan el acceso de personas con algún tipo de discapacidad a una formación académica reglada; hasta la redacción y revisión de políticas públicas y privadas que prevengan la discriminación de grupos marginados por su origen, etnia, religión o bien, su orientación e identidad sexual. Durante este proceso, aún imperfecto y en proceso de desarrollo, han surgido términos como integración o inclusión, los cuales son utilizados por muchas instituciones e individuos, sin realmente comprender las diferencias que los distinguen entre sí. Esta situación no es extraña y puede considerarse incluso comprensible, ya que el significado exacto de estas palabras depende, muchas veces, del uso que se les dé, el marco teórico del que surjan y del contexto en que se producen (Sinisi, 2010).

Por esta razón, es importante señalar algunas de las diferencias más notables que existen entre las nociones de integración e inclusión social, tomando en cuenta el uso práctico de estos términos. Esto significa, no perder de vista la función que cumplen dentro del marco institucional; constituyendo, en algunos contextos, la separación entre dos enfoques distintos hacia un mismo problema; mientras que, en otros, actúan como dos partes de un mismo proceso.

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Diferencias conceptuales entre integración e inclusión social

Los conceptos de integración e inclusión dependen mucho del contexto en que estos sean utilizados. Razón por la que, en muchas situaciones, sus diferencias no son evidentes. No obstante, esto no quiere decir que estos términos signifiquen lo mismo; situación que es más clara cuando estos son utilizados como parte de un proceso de transformación social.

El concepto de integración social

En términos generales, la integración implicaría la incorporación, por derecho propio, de un individuo a un determinado grupo (Rubio, 2009). Pensemos, por ejemplo, en la integración de un alumno o alumna con alguna discapacidad motora a un grupo de preparatoria regular. Esto involucraría concesiones a nivel político, normativo e incluso estructural, que permitieran a esta persona tener las mismas oportunidades que el resto, así como su preparación para integrarse en un ámbito ‘normal’ o ‘regular’.

El principio de integración pugna por la reivindicación de los derechos legítimos de los individuos, buscando que estos sean reconocidos y actuando en consecuencia para que se adapten a una norma (Unesco, 2021).

El concepto de inclusión social

Por otro lado, la inclusión busca la valorización de la diversidad humana y la aceptación de las diferencias individuales. Esto implica la construcción de un ámbito donde existan oportunidades reales, más no obligatoriamente iguales, para todos los individuos.

El principio de inclusión implica conseguir que todos los miembros de un grupo alcancen el máximo desarrollo posible de sus capacidades individuales y sociales (Rubio, 2009). Lo que significa que se produzcan cambios sistemáticos a nivel estructural y político que permitan responder a las necesidades de todos (Unesco, 2021). Pensemos, por ejemplo, en la organización de una actividad donde cada individuo realice las actividades que mejor correspondan a sus habilidades e intereses; sin ser objeto de ningún tipo de discriminación, y dónde los espacios permitan la interacción libre de los participantes.

De la integración a la inclusión: un cambio en el discurso

Tal vez las diferencias entre integración e inclusión son más evidentes en el contexto de la educación; ámbito en el cual se habla de una ‘transformación en el discurso‘. En este sentido, el enfoque adoptado por las políticas educativas ha sufrido un cambio importante.

En décadas pasadas, el paradigma de la integración se centraba en las personas con necesidades especiales, desarrollando estrategias alrededor de sus supuestos déficits. Esto significaba preparar a los estudiantes en relativa desventaja para incorporarse a una situación académica regular (Sinisi, 2010). Trasladando esta visión a un contexto social más amplio, esta acepción de integración implicaría la normalización de lo que se considera anormal; calificando a los individuos marginados como sujetos desadaptados que deben acomodarse a un orden establecido.

Consideremos, por ejemplo, los programas especiales educativos en los que se identificaba al alumnado con deficiencias en el aprendizaje dentro de los grupos, para ser separados o segregados, e inscritos en un programa de ‘regularización’. Con el fin de ponerlos al corriente con los objetivos del programa escolar.

Con el paso del tiempo, las políticas en educación centradas en las necesidades especiales, dieron paso a un enfoque de inclusión, el cual se interesa por el derecho que tienen las personas para acceder a una buena educación que considere sus diferencias (Sinisi, 2010). Esto significa responder no solo a las necesidades particulares de personas con discapacidad, sino enfocarse en brindar el mayor número de oportunidades de desarrollo a cada uno de sus miembros. En el ámbito social, este modelo implica la creación de una sociedad que acepte las diferencias en lugar de moldearlas bajo un principio de normalidad; existiendo en ella, un lugar para cada uno de sus integrantes.

Diferencias entre las prácticas de integración y de inclusión

En la práctica, la integración y la inclusión social se desarrollan de manera distinta, existiendo diferencias notables entre las estrategias diseñadas a partir de estos enfoques.

Como ya se ha discutido, las políticas y programas que buscan la integración, se centran en la inserción de los individuos diferentes o marginados en un contexto normalizado. Para ello, buscan crear concesiones y transformaciones superficiales para realizar ajustes al sistema ya establecido (Rubio, 2009).

Un ejemplo de una estrategia de integración en un contexto social, es la política “Don’t ask, don’t tell” puesta en marcha por el ejército de los Estados Unidos de América, frente a la homosexualidad y bisexualidad dentro de sus filas. En ella, se prohibía a cualquier soldado gay hablar sobre su orientación sexual; y a los mandos superiores, iniciar cualquier averiguación sobre este tema. El objetivo de esto, era permitir que cualquier persona pudiera servir en las fuerzas armadas. Desafortunadamente, esta medida no significaba un cambio real a nivel legislativo, ya que no despenalizaba la homosexualidad, y prevenía el acoso solo a cambio de guardar la vida privada en secreto.

Por su parte, las estrategias de inclusión valoran la individualidad y no disfrazan las limitaciones, considerándolas algo real. Buscan crear cambios profundos en el sistema establecido, y no solo ajustes superficiales. Su objetivo es ampliar las oportunidades que la sociedad brinda a todos los individuos, haciéndola más atenta a sus necesidades (Rubio, 2009).

Un ejemplo simple, pero ilustrativo de este enfoque, puede ser el de una universidad que decide incluir distintas alternativas en el menú de sus cafeterías. De esta forma, las personas con algún tipo de restricción especial en su dieta, personas con preferencias alimenticias específicas o incluso aquellas que quieran mantener hábitos más saludables, podrán almorzar en ellas.

¿Existen diferencias reales entre la integración e inclusión, dentro de la práctica cotidiana?

Como se ha podido observar hasta aquí, existen diferencias claras entre la integración y la inclusión social, tanto a nivel conceptual como práctico. No obstante, en el contexto de la vida cotidiana esta distinción no parece ser muy evidente. En este sentido, muchos profesionales encargados del diseño de estrategias orientadas a la inclusión, suelen considerar la integración como un paso más dentro de este proceso (Rubio, 2017). De esta forma, ponen en marcha acciones que buscan realizar concesiones desde un orden establecido en lugar de romper con un sistema excluyente. Es posible apreciar un ejemplo de ello en las políticas de urbanización de zonas rurales e indígenas, donde se intenta crear fuentes de empleo y otro tipo de oportunidades económicas, a través de la industria y el turismo; sin preocuparse por analizar las competencias tradicionales y la cultura de la población que se pretende ayudar.

Este tipo de acciones ponen en evidencia que el supuesto cambio de paradigma, de un enfoque basado en la integración a uno que parte de la inclusión, puede manifestarse como una simple sustitución de términos, donde realmente no existe una evolución de tipo práctico (Sinisi, 2010). Esto, debido a que no se tiene claro el significado real de los mismos.

Por esta razón, es importante que, como miembros de una sociedad que camina hacia una postura más abierta y tolerante frente a las diferencias; seamos conscientes de lo que significa seguir un modelo basado en la inclusión. Solo a partir de este conocimiento, seremos capaces de construir un mundo plural y diverso, donde todos tengamos un propósito y una oportunidad para desarrollar nuestros proyectos vitales.

Referencias:

  • Rubio, F. (2009) Principios de normalización, integración e inclusión. Innovación y experiencias educativas, número (19). Recuperado de: archivos.csif.es
  • Rubio, V. (2017) Inclusión de Personas en Situación de Discapacidad en Educación Superior, desde el Enfoque de la Responsabilidad Social, en un Contexto de Transiciones Discursivas respecto del Binomio Integración/Inclusión. Revista latinoamericana de educación inclusiva, volumen (11), número (2). Recuperado de: scielo.conicyt.cl
  • Sinisi, L. (2010) Integración o inclusión escolar: ¿Un cambio de paradigma? Boletín de Antropología y Educación, número (1). Recuperado de: antropologia.institutos.filo.uba.ar
  • UNESCO (2021) Inclusión en la Educación. Unesco.org. Recuperado de: es.unesco.org
R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.

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R. Mauricio Sánchez
Licenciado en Psicología por la Facultad de Ciencias de la Conducta de la UAEMex (México). Experiencia docente y en atención clínica en entidades privadas y públicas, como el Instituto de la Seguridad Social. Editor adjunto y redactor especializado en Psicología en Mente y Ciencia.